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Fe en medio de las pruebas

Fe en medio de las pruebas

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En nuestro caminar en el Señor, las pruebas serán una constante inevitable y no una circunstancia para algunos pocos. La palabra de Dios afirma en Juan 16:33: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.”

Hay muchos tipos de pruebas, y una en particular es aquella donde la respuesta de Dios en determinada situación se desvanece delante de nuestros ojos. Es aquella que ocurre cuando caminamos en rectitud, en santidad, y lo que el Señor hablaba a nuestra vida se va cumpliendo y de repente, viene la prueba.

En ese momento, muchos solemos pensar en qué hicimos o estamos haciendo mal. Porque en vez de ver el fruto de bendición entramos a lugares desiertos, a lugares de prueba donde muchas veces nos enojamos con Dios.

Por ejemplo cuando oramos por sanidad para alguien y esto no ocurre, nuestra fe se ve permeada. Entonces, si la persona es sanada nos gozamos y esto está bien, pero la pregunta es cómo reaccionamos si esto no sucede así. Ese el punto de quiebre donde nuestra fe se viene abajo.

En esta ocasión vamos a compartir sobre Juan el bautista. Lucas 7:28 dice: “Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.” La biblia menciona a este hombre como el superior de todos los hombres, y dicha afirmación la dijo Jesús. Y esto es un punto importante, ya que si leemos sobre otros hombres en la biblia como por ejemplo Moisés vemos que él tenía encuentros con Dios. En el caso de Enoc se habla que era una persona que caminaba con Dios. Pero; Jesús hablaba de Juan como un hombre en un escalón arriba. Fue un hombre elegido por Dios para anunciar al Mesías.

Jesús vino a traernos gracia, salvación, reconciliación, y fue a través de este hombre, Juan; que fue transmitido este anuncio. Él fue la antesala. Definitivamente ocupó un lugar de privilegio.

Lucas 1:5-17 detalla cómo fue el anuncio a Zacarías, el padre de Juan, el nacimiento de su hijo y la importancia de su llamado y su propósito:

Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet.

Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor.

Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril, y ambos eran ya de edad avanzada.

Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase, conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor.

Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso.

Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso.

Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor.

Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.

Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre.

Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos.

E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.”

Entrando en contexto, Zacarías y su esposa Elizabeth, estaban tratando de tener un hijo y no habían podido, un ángel se aparece a este hombre y le hace el anuncio de el nacimiento de Juan. Y aunque la fe de Zacarías flaqueó, al igual que él, ninguno de nosotros necesitamos decir nada para que el Señor cumpla sus promesas. La soberanía de Dios está por encima de usted y de mi.

Lo que el Señor empezó a hacer en Juan lo hizo desde que era muy pequeño. Vemos en Lucas 1:36, que María era pariente de Elizabeth y en el momento que el ángel Gabriel, enviado por Dios le da la noticia a María sobre el nacimiento de Jesús, ella sale de su casa y va donde Elizabeth a contarle la historia:

“En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet. Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo”. Lucas 1:41

¡Solamente con el saludo de María, el bebé saltó en el vientre!. ¡Ya Cristo ministraba sin haber nacido, ya El vivía!. Esto como un punto aparte: nos demuestra que tan solo con un día de gestación ya una persona tiene vida.

La biblia habla de un gran hombre como Juan que empezó a tener encuentros con Jesús desde antes de su nacimiento. Que importante es que nuestros hijos desde pequeños tengan encuentros con Jesús. Necesitamos que nuestros hijos tengan encuentran tiempos con Jesús vívidos. La edad no debe ministrar nuestra adoración a Dios.

Regresando a la historia de Juan, este bebé tenía un don, y discernía espíritus. Lo que iba a ser él en su vida ya lo manifestaba desde el vientre de su madre. El gozo de este niño y el salto ocasionó algo en su mamá.

Lucas 3:15-16 dice: “Como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo, respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.”

La gente le preguntaba a Juan si él era ese Mesías que habían estado esperando. Cada persona que empieza a testificar y se somete a Dios refleja aroma de santidad. Juan era tan entregado a su obra que la gente empezó a pensar que él era el Mesías. Pero él dijo que su obra era otra, él dijo: “viene algo que es MUY superior a mi”. Que ni siquiera él que había sido apartado desde el vientre era digno de desatar el calzado de sus sandalias. Esto le fue revelado por la obra del Espíritu Santo. Juan hablaba de una obra radical, Juan esperaba mucho. El era muy entendido de su rol, el cual era estar antes de Cristo.

Debemos entender que si tenemos una batalla constante, es porque vamos abriendo trecho al que viene detrás. Quizás empezamos a frustrarnos de no ver cumplimientos de Dios nuestra vida. Sin embargo; lo que hacemos hoy está abriendo brecha para nuestros hijos, nuestros nietos y nuestras futuras generaciones. No debemos desfallecer, aunque no estemos viendo la promesa cumplida, nuestros hijos sí la van a ver. Esa prueba, esa lucha, es por ellos. Debemos levantarnos y decirle al Señor: “hoy peleo mi batalla, aunque no vea ese ministerio ellos lo verán, lo que he vivido ellos no lo pasarán, las pruebas de persecución que he tenido ellos no las tendrán”. Unos cosechan y otros siegan. Nuestras generaciones son la cosecha de lo que hemos sembrado con lágrimas.

Continuando con la historia de Juan, este bautizó al Señor y vio como el Espíritu Santo descendió a la vida de Jesús, y proclamó: “este es mi hijo amado en el que tengo complacencia”. Juan siendo el profeta que era y viendo esto, ya no tenía más dudas, ya no tenía conflictos de quien era el Señor.

La biblia enseña en Lucas 7:18-19, que después de que Juan había sido tomado preso hizo llamar a dos de los discípulos de Jesús para hacerle una pregunta:  “Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas estas cosas. Y llamó Juan a dos de sus discípulos, y los envió a Jesús, para preguntarle: ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?”. Esto demuestra que la cárcel empezó a hacer estragos en la vida de Juan. La cárcel física empezó a crear conflicto en él. Y Juan entró en un tipo de prisión espiritual también.

Esto es lo mismo que nos sucede cuando hemos estado siendo obedientes, haciendo las cosas de forma correcta, pero viene la prueba y no vemos la manifestación del espíritu santo, no vemos nada en medio de “la cárcel”; y muchas veces nuestra forma predefinida de pensar nos ciega para ver lo que Dios puede hacer.

Cuando estamos cegados en nuestra forma de pensar empezamos a encasillar a Dios, y cuando eso sucede no podemos verlo actuar en medio de la cárcel. Debemos aprender a quitarnos las vendas del orgullo, en medio de la dificultad, quizás Dios no va a cancelar ese juicio, quizás vamos a pasar por el quirófano, quizás hay un aguijón que cargamos donde Dios se quiere manifestar. Nosotros no somos Dios. Por eso nos sujetamos a su proceso.

Lucas 7: 20-22 dice:

“Cuando, pues, los hombres vinieron a él, dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a ti, para preguntarte: ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?. En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista.

Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio”

Jesús sanó a muchas personas de enfermedades y dolencias y expulsó espíritus y le devolvió vista a los ciegos. Y dijo: “cuéntale a Juan lo que han visto”. El Señor siempre responde lo que sabe que necesitamos.

Jesús no le responde identidad, no le contesta su pregunta. No le contesta el porqué está en la cárcel ni el porqué está en la prueba. Jesús le respondió lo que Él necesitaba saber: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio”.

Así es como en medio de esa prueba en la que entramos en conflictos mentales, Dios siempre nos va a responder con la respuesta correcta.

Juan sabía que había un fuego y había visto reposar el espíritu santo sobre Jesús; y ese fuego estaba actuando en sanidades en cada cosa donde Jesús llegaba y llega; Él manifiesta el fuego y el espíritu para que empecemos a ver que nuestras preguntas siempre van a ser respondidas.

El propósito del Señor, siempre es cumplido.