Hechos 29 – La comodidad y el oscurantismo.
Dios nos perdona de nuestro pasado; pero no lo borra. De esta forma nos permite que entendamos, aprendamos y así no volvamos a cometer los mismos errores. Por eso, a través de esta enseñanza, se busca que meditemos los errores que nosotros, como cuerpo e iglesia de Cristo, hemos cometido en el pasado y de esta forma, evitemos volver a cometerlos.
Esta serie llamada “Hechos 29”, nos da continuidad de lo que pasó después de los apóstoles, recordándonos que Dios nos llamó a desmarcarnos de nuestra identidad pasada, con la cual habíamos ido a la cruz y así, comprados a precio de sangre, fuimos resucitados en Cristo y sellados por el Espíritu Santo, dándonos finalmente una nueva identidad. En aquel entonces, la iglesia tenía el primer llamado de desmarcarse de las culturas romana y judía e iniciar a vivir con esa nueva identidad de “santidad” que le fue dada a los creyentes; a través de esa “obra progresiva” que realiza el Espíritu Santo en cada uno de nosotros.
Dentro de este marco cronológico de nueva identidad en santidad, tomamos la frase expresada por Policarpo (discípulo de Juan) quien a sus 86 años fue capturado por el imperio romano y llevado al Coliseo para darle muerte si no rechazaba su fe en Cristo, a lo que él respondió: “Ochenta y seis años le he servido… ¿Cómo podría negar a mi Rey?” Esta respuesta nos hace meditar que: siempre que tengamos vida vamos a tener propósito de Dios y una responsabilidad. Por eso, usemos nuestras fuerzas para el Reino y así podamos algún día llegar a decir: “caminé fiel al Señor, aunque tal vez no perfecto, pero fiel”, porque Dios nunca dejó de ser fiel con nosotros; vivimos para servirle y caminar en integridad por la obra de la cruz.
También, tomando la frase del teólogo Tertuliano donde dice: “La sangre de los mártires es la semilla de la iglesia” confirmamos que, a través de la historia la iglesia nunca ha dejado de crecer y más bien, sus mayores tiempos de gloria van íntimamente relacionados con los tiempos de mayor persecución. Aún en nuestros días, existen iglesias en Irán, Afganistán o China donde los cristianos son perseguidos y arrestados.
Entonces, la sangre de los mártires siempre ha sido el combustible que enciende a las iglesias y es en medio de las persecuciones cuando nos damos cuenta si somos reales. En esos difíciles momentos es cuando confirmamos si el título de “cristiano” tiene el peso suficiente para permitirnos poner todos nuestros principios en la línea y decir “esto somos verdaderamente nosotros honrando a Dios”, aun sabiendo que mi trabajo y familia están en riesgo. Ahí es cuando nos damos cuenta si el Señor es genuinamente nuestro Dios.
Juan 15:18-20 (RVR 1960) nos dice “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.”. El pasaje nos enseña que ser cristiano no significa vivir una vida sin dificultades ni ver todos nuestros sueños cumplidos. Al contrario, cuando caminamos en integridad y reflejamos a Cristo, podemos enfrentar rechazo, porque nuestra vida evidencia lo que está mal y recuerda que hay un Dios que ve todo. Si hemos venido verdaderamente a Él, esto puede manifestarse incluso en el trabajo y en la familia.
Retomando el orden cronológico de los hechos, vemos que durante los años 200 a 250 la grandeza del imperio romano y sus conflictos políticos internos permitió a la iglesia disfrutar de una aparente paz. Sin embargo, en el año 250 inicia la inestabilidad del imperio y de la mano de su espiritualidad politeísta y pagana provocó que el emperador Decio lanzara un edicto diciendo: “nosotros le hemos fallado a nuestros dioses y están enojados, así que la única forma de apaciguar su ira es que todos vayamos al templo, presentemos una ofrenda de incienso a los ídolos y comamos de la comida ofrecida a ellos. A todo aquel que lo haga, se le dará un certificado llamado libellus, por medio del cual no padecerá y vivirá”.
Los judíos quedaron eximidos de este castigo, pero no así los cristianos. De esta forma, los cristianos tenían dos opciones: adorar a los dioses paganos o, negarse a hacerlo y terminar en la cárcel, torturados o muertos. Es a partir de esta situación, por la negativa de los cristianos, que se inicia una gran persecución y matanza de ellos, en muchas formas terribles. Hombres como Orígenes y Fabián, fallecieron bajo estas condiciones.
Siguiendo hacia adelante, en el año 303, el emperador Dioclesiano expresa que todos los problemas del imperio romano son culpa de los cristianos y a través de jefaturas con soldados de alto rango, pero endurecidos de corazón, inician y ejecutan lo que es llamada la “gran persecución de los cristianos”, en todas sus cuatro regiones (tetrarquía). Bajo este pensamiento, los cristianos llegaron a ser una situación de tanto peligro que Roma decidió llenar las cárceles con ellos, aun soltando a los convictos para generar espacio y cuando ya las cárceles estaban llenas, decidieron llevarlos al coliseo a darles muerte, tanto a hombres como mujeres y niños.
Galerio, uno de los gobernantes al frente de una de las cuatro regiones del Imperio romano, promulgó en el año 313 un edicto en su territorio estableciendo la paz con los cristianos. Reconocía que, a pesar de los muchos que habían sido asesinados, la supuesta ira de los dioses no había cesado y la inestabilidad de Roma continuaba, por lo que cabía la posibilidad de que los cristianos no fueran los responsables de la crisis. Posteriormente, ese mismo año, el emperador Constantino, junto con Licinio, promulgó el Edicto de Milan, concediendo paz a los cristianos y permitiéndoles ejercer su fe sin ser perseguidos ni asesinados.
Durante todos los periodos de persecución, lejos de que la iglesia se escondiera o colapsara, más bien se fortaleció tanto en cantidad como en santidad demostrándonos que, a cualquier costo, una buena iglesia siempre crece en compromiso con el evangelio, la integridad y la verdad. Más bien, año tras año luchaban contra herejías que se levantaban constantemente de falsos predicadores y maestros, que traían sus ideas absurdas sin bases bíblicas del cristianismo.
En esos períodos, la Iglesia decidió reunirse para fortalecer la unidad y establecer una base doctrinal sólida. Se reconocían como una sola familia en Cristo y, viéndose como hermanos, se alegraban al crecer juntos espiritualmente. Esta unidad de iglesia dio paso a la creación de diferentes reuniones llamadas concilios, credos o sínodos; dependiendo del tamaño de la reunión. Así podemos mencionar los concilios de Jerusalem (libro de Hechos), Roma (155 y 193 d.C), Éfeso (193 d.C), Cartago (251 y 311 d.C), Iconio (258 d.C), Antioquía (264 d.C), Arabia (246-247 d.C) y los sínodos de Elvira (306 d.C), Neo Cesarea (314 d.C), Ancira (314 d.C) y Arles (314 d.C).
En estas reuniones se establecieron bases doctrinales o principios de fundamentos bíblicos, que fueran contra aquellas herejías que emergieron y se oponían a los principios que los apóstoles habían enseñado en las iglesias. Esto nos demuestra que, el enemigo no utiliza elementos modernos para volvernos a atacar y llenar nuestra mente con mentiras, más bien siempre usa las mismas estrategias que la iglesia conocía, pero que lamentablemente olvidó cuando entró en periodos de comodidad.
Como ejemplo de lo mencionado en el párrafo anterior podemos citar la “Profecía estática o Montanismo” mencionada por Eusebio de Cesarea y que dice “Fue un movimiento centrado en las profecías de sus fundadores (Montano), que se creía transmitían la revelación del Espíritu Santo para la era actual. La profecía en sí no fue controvertida en las comunidades cristianas del siglo II. Sin embargo, la nueva profecía, como la describe Eusebio de Cesarea, se apartó de la naciente tradición cristiana: y él (Montano) se volvió loco, y estando repentinamente en una especie de frenesí y éxtasis, deliró y comenzó a balbucear y a pronunciar cosas extrañas, profetizando de una manera contraria a la costumbre constante de la iglesia transmitida por la tradición desde el principio” haciéndonos caer en entendimiento que en la actualidad hay muchas iglesias que intentan seguir herejías y principios que no tienen ningún tipo de sustento bíblico.
Es válido en estos momentos, hacer visible dos dogmas o pensares completamente erróneos respecto al emperador Constantino. Estos son:
1) No es cierto que él armó la biblia porque no tuvo ningún tipo de relación con ella.
2) Tampoco es cierto que él fue el que generalizó el concepto de religión en el imperio romano. Constantino fue la cabeza de la parte occidental del imperio y previo de su batalla del puente Milvio, en guerra civil contra Majencio (Maxentius), tuvo un sueño en donde dice que Dios le reveló dos letras griegas Xi y Ro, para colocarlas juntas ⳨ en los escudos de su ejército y así obtener la victoria que le permitió llegar a ser emperador de Roma. Este símbolo ⳨ se usa actualmente.
De esta manera, autodenominado primer emperador cristiano, una de las primeras acciones de Constantino fue buscar unidad en su imperio y por eso convocó el primer concilio de Nicea, en el sur de Turquía y en el año 325 d.C. Bajo financiamiento del imperio romano y durante dos meses, se reunieron todos los pastores para traer principios y fundamentos y así generar los credos que fueran las bases de una iglesia que tenía que caminar en unidad. El tema principal de dicho concilio fue el de atender la “divinidad de Cristo”, aun en contra del arrianismo o modelismo existente y quienes no estaban de acuerdo con la doctrina de “la trinidad” (Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, con diferentes funciones, pero un solo Dios).
Partiendo de Juan 10:27-30 (RVR1960), donde dice “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos.” en el concilio de Nicea brotó el concepto de Homoousios (misma esencia) y vinieron a decir “Jesús era Dios”. Jesús es la misma esencia de Dios, el Espíritu Santo es la misma esencia de Jesús y el Padre es la misma esencia del Espíritu, los tres son el único Dios verdadero al cual nosotros hoy respaldamos.
Después de Constantino, llegó Teodosio I, quien proclamó un edicto declarando que, desde ese momento, el imperio sería cristiano. Esto generó un gran desafío para la Iglesia de aquel tiempo, una situación que incluso se repite hoy: nadie crece en la comodidad. Todo lo que valoramos y atesoramos ha tenido un costo para alcanzarlo.
Fue en esta etapa de aparente estabilidad, cuando Teodosio y Constantino, con la intención de fortalecer la Iglesia, dieron paso también a un período de decadencia. Aunque sus acciones pudieran parecer bien intencionadas, respondían en gran medida a intereses políticos: necesitaban consolidar la estabilidad del imperio, y una de las formas más efectivas de lograrlo era promoviendo la unidad espiritual.
De esta forma, el viejo músculo de control por temor del imperio romano fue cambiado por uno de unificación de la religión y así, mezclando los principios cristianos con los otros que ellos tenían, generaron una nueva unidad religiosa a la cual le podían ejercer un nuevo músculo de control, poder y de dinero. No fue fácil, ni lo es hoy en día, caminar en integridad bajo el poder y el dinero, tal y como lo expresa 1 Timoteo 6:10 (RVR1960) “porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores”, y esto generó que la iglesia cayera en un sincretismo, donde los dioses romanos se convierten en los santos cristianos.
En el año 590, siendo Juan IV obispo de Constantinopla, expresó la necesidad de establecer unidad en el imperio y, para lograrlo, consideró necesario designar una sola cabeza para la Iglesia. Ante esto, Gregorio I, obispo de Roma, respondió por escrito: “Ahora bien, digo con confianza que quien se llama o desea ser llamado sacerdote universal, en su exaltación es precursor del anticristo, porque orgullosamente se coloca por encima de los demás”. Esta postura concordaba con lo enseñado en la carta a los Efesios, capítulo 5, donde se establece que la Iglesia tiene una sola cabeza, Jesucristo, y que todos los demás son servidores en las iglesias locales.
Esta acción, resultó ser la primera vez donde los hombres empezaron a decir “hay que poner a hombres en la cabeza de la iglesia” y Gregorio I se tuvo que comer sus propias palabras ya que fue nombrado primer Papa, llegando a establecer la “infalibilidad papal” (“todo lo que dice el Papa es verdad”) y la iglesia empezó a girar su visión hacia el poder, el dinero y el estado, involucrándose y mezclándose con temas del estado político. Al “usurparse” la cabeza universal establecida en Cristo, la fe empezó a dejar de ser “por gracia y fe en Jesús” y fue transformada a una por “obras”, llegando a tener “la historia de la iglesia” el mismo peso que la Biblia.
Posteriormente vinieron las cruzadas y la práctica de las indulgencias. Finalmente, la Biblia fue establecida en latín, lo que representó uno de los mayores errores, ya que solo unos pocos tenían acceso a ese idioma. En la práctica, fue como “cerrar la Biblia” y, con ello, limitar el acceso a la verdad. A partir de ese momento, la mayoría ya no tuvo libre acceso al entendimiento de las Escrituras y dependía únicamente de lo que unos pocos interpretaban y enseñaban.
Todos somos falibles, pero como iglesia debemos conocer la historia para así evitar caer en los mismos errores que caímos en el pasado. Tenemos que preservar el entendimiento de lo que costó que la fe llegara a nosotros, porque muchos que levantaron su voz contra la persecución, terminaron en la hoguera. Sin embargo, también tengamos claro algo maravilloso; que aun en medio de esos tiempos tan difíciles de persecución, Dios siempre preservó un remanente santo. Hombres como Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Francisco de Asís, Anselmo de Canterbury y muchos otros más, que amaban al Señor y a la sana doctrina.
Como reflexión final y a manera de comparación, podemos decir que al llegar a la fe traíamos nuestra vida pasada dentro de una “botella”, donde estaban contenidos nuestros pecados, orgullos, rencores, falta de perdón, envidia y todo aquello que nos apartaba de Dios. Cuando Cristo llegó a nuestras vidas y nacimos de nuevo, nos dio una nueva identidad; con Su sangre tomó esa botella y nos liberó de su contenido, permitiéndonos caminar como Su propiedad.
Sin embargo, aun como creyentes fallamos y, de forma irracional, volvemos a esa vieja botella. Al reconocer nuestra incapacidad y arrepentirnos sinceramente, acudimos otra vez al Señor, quien nos perdona y nos limpia. Así es la vida del verdadero cristiano: alguien que ha nacido de nuevo y pone su fe por encima de todo, porque Dios es lo más importante.
Distinto es el caso de quienes solo recibieron el título de “cristianos” por contexto o imposición. El nombre no quita la botella ni el peso del pecado; solo la sangre del Cordero puede hacerlo.
Hay cristianos que solo tienen el “título”, pero siguen viviendo como antes de entrar a la Iglesia, pues nunca experimentaron la verdadera muerte a sí mismos. No se puede nacer de nuevo sin primero morir a nuestro pasado y a nuestra antigua manera de vivir. Para entrar en la vida nueva de Cristo, debemos reconocer nuestra incapacidad de salvarnos y entregar a Jesús los pecados que nos controlan.
A menudo, bajo el título de cristiano, intentamos luchar contra el pecado por nuestra propia fuerza, pero sin éxito. Solo la obra del Espíritu Santo produce la transformación verdadera y oportuna en nosotros. Esta es la diferencia entre simplemente decir una oración de salvación y realmente creer en nuestro corazón que somos salvos: nuestra manera de vivir cambia, nuestros pensamientos, palabras y acciones se transforman, y ya no cargamos con el peso del pecado. Así podemos caminar en paz y gozo, incluso en medio de las pruebas, porque esa es la vida de quien ha nacido de nuevo.
No podemos crecer en el confort. No podemos nacer de nuevo si antes no morimos. Por eso, nos complementamos con la siguiente cita que se originó hace muchos años, en el Concilio de Nicea, es decir, en uno de los momentos más difíciles de la iglesia, pero que fue escrito por grandes hombres de Dios, que nos describieron cómo debería ser nuestra fe en el cristianismo de hoy.
La cita dice: “Creo en un solo dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor Jesucristo, hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del adre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y a muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del ´Padre y del Hijo, con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas…espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén”
En las iglesias existimos tres tipos de cristianos:
– Hay quienes entendemos nuestra salvación y hemos nacido de nuevo. Sabemos que somos pecadores, pero comprendemos que mientras nos arrepintamos y entreguemos nuestros pecados al Señor, seremos perdonados. Al reconocernos como hijos de Dios, vivimos como tales y disfrutamos de la relación íntima con nuestro Padre.
– Hay quienes, al fallar, se flagelan a sí mismos, creyendo que han perdido su relación con Dios y que serán castigados repetidamente. No comprenden plenamente la obra de la cruz. El día en que el Señor nos hizo nuevos, pasamos a ser hijos, y nadie puede quitarnos ese título. Por eso, si en nuestro corazón hay convicción de pecado, solo debemos acudir al Señor, entregárselo, y seremos sanos, limpios, libres, viviendo como hijos y no como esclavos.
– Hay quienes piensan que pueden permanecer cómodos en el pecado, creyendo que irán al cielo solo por haber pronunciado una oración sin sentido ni transformación. Son “cristianos” que no conocen verdaderamente a Jesús: no oran, no leen la Palabra y viven sin obediencia ni temor a Dios, limitándose a recibir alimento espiritual una vez a la semana. Son “cristianos” cómodos, que consumen inmoralidad en redes sociales, son infieles, miran con lujuria a otras personas, guardan rencor, chismean… en resumen, lo único que tienen es un título, pero nunca nacieron de nuevo.
Es necesario morir para poder vivir en Cristo. Si mañana Jesús viniera de nuevo, ¿Cuántas personas de la iglesia nos quedaríamos?
Muchos en las sinagogas escuchaban predicar a Jesús, pero no decidían seguirlo porque era más importante su título o posición en ella, por eso, procuremos que no sea más importante nuestra reputación, vergüenza o temor, que el Señor mismo.
Pero, si nos damos cuenta de que no vivimos bajo la paz, el gozo, el fruto de Espíritu, ni estamos caminando en integridad ni santidad, o sea, que realmente no tenemos ninguna relación con Jesús, recordemos que hoy el Señor quiere encontrarse con nosotros y que dejemos de vivir un cristianismo de normas y de leyes y empecemos a vivir un cristianismo de relación con nuestro Padre que nos ama.
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