Adviento - El Nacimiento del Rey
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Adviento – El Nacimiento del Rey

Si tuviera que describir el nacimiento de Jesús con una sola palabra, diría: impresionante. Y no solo por lo que la Biblia nos enseña, sino también por todo aquello que nos permite comprender cuán extraordinario es el plan de salvación de Dios. Para quienes disfrutan del área de la apologética, quiero compartir también algunos datos que resaltan lo asombroso que es este plan revelado en la Palabra.

Mateo 1:1–17 nos presenta la genealogía de Jesucristo. Antes de profundizar en ella, es importante tomar en cuenta que, según diversas fuentes, en el Antiguo Testamento existen más de 332 profecías mesiánicas que se cumplieron en Jesús. Aunque sería imposible revisarlas todas, mencionaremos algunas de ellas y observar, de manera rápida, cómo a lo largo de la historia se habló del Mesías que habría de venir.

Cumplimiento de profecías:

  • Miqueas capítulo 5 anuncia que el Señor nacería en Belén.
  • Jeremías 31 declara que Jesús traería un nuevo pacto.
  • Oseas 11 nos dice que Él sería llamado de Egipto; la historia relata cómo la familia de Jesús huyó allí debido a la persecución de Herodes.
  • Isaías 9 habla de que se levantaría uno de Galilea, de Nazaret.
  • Isaías 7 anuncia el nacimiento virginal de Cristo.
  • Salmos 16 proclama que el Mesías resucitaría de entre los muertos.
  • Salmos 22 describe que sería abandonado y traspasado.
  • Segunda de Samuel 7 señala que sería descendiente del linaje de David.
  • Salmo 118 presenta al Mesías como la piedra angular redentora.
  • Daniel capítulo 9 habla de las semanas de Daniel, indicando que nacería en un tiempo específico y señalado.
  • Isaías 53 describe al siervo sufriente.
  • Deuteronomio 18 anuncia que sería un profeta como Moisés.
  • Zacarías 9 profetiza que entraría como rey montado en un burro.

Y así podríamos seguir mencionando muchas más.

Hay un libro llamado “Evidencia que demanda un veredicto”, del Dr. Josh McDowell. Esta obra presenta acontecimientos históricos y argumentos que explican por qué la vida de Cristo fue tal como ocurrió. Es especialmente interesante saber que el Dr. McDowell comenzó esta investigación siendo ateo y, al analizar las evidencias, terminó rindiendo su vida a Cristo.

Antes de continuar, hagámonos algunas preguntas.

¿Saben cuál es la probabilidad de que una mujer tenga cuatrillizos de manera completamente natural, sin intervención médica? Aproximadamente una posibilidad entre 700 mil embarazos.

¿Y la probabilidad de que a una persona le caiga un rayo? Una entre un millón.

¿Y la de ganar la lotería en Estados Unidos? Según CNN, una entre 292 millones.

Ahora viene el dato más impactante: si solo ocho de las 332 profecías mesiánicas se cumplieran de manera específica en una sola persona, considerando a todos los seres humanos que han nacido a lo largo de la historia, la probabilidad sería de una entre 10 a la 17. Es decir, un número uno seguido de diecisiete ceros.

¿Para qué mencionamos todo esto? Para afirmar que el nacimiento de Jesús no es un mito ni una casualidad. Es un acontecimiento histórico, científico y comprobable: Jesús nació, Jesús vivió, y su vida confirma de manera poderosa el plan perfecto de salvación de Dios.Principio del formularioFinal del formulario

Quizás uno de los temas más difíciles de comprobar para muchas personas es este: ¿Jesús es Dios? Y hoy queremos dedicar unos minutos a reflexionar justamente sobre eso. Vamos a abordar un tema que demuestra de manera contundente que Jesús era Dios, y para hacerlo vamos a comenzar estudiando la genealogía que encontramos en el evangelio de Mateo.

Si somos sinceros entre nosotros, cuando empezamos a leer la Biblia y llegamos a una genealogía, muchas veces la saltamos. ¿Y por qué sucede esto? Porque, a simple vista, no les encontramos utilidad. Sin embargo, las genealogías son fundamentales dentro de la historia bíblica. Permítannos compartir al menos dos razones importantes.

En primer lugar, la genealogía comprueba la historicidad de un acontecimiento. Cuando se mencionan nombres reales, personas reales y momentos históricos específicos, se está afirmando: esto ocurrió. No es una idea abstracta ni un mito, es historia con evidencia.

Pero cuando leemos la genealogía de Jesús en el evangelio de Mateo, hay algo aún más profundo ocurriendo. Mateo era judío y escribió principalmente para judíos. Su evangelio está enfocado en presentar los acontecimientos que demuestran que Jesús es el Mesías prometido. Por eso, al comenzar su libro, Mateo nos presenta lo que podríamos llamar las credenciales mesiánicas de Jesús.

Es como cuando vamos al banco y nos piden la cédula para verificar quiénes somos. Mateo inicia su evangelio mostrando la “cédula” de Jesús, diciendo: Este es Aquel de quien les voy a hablar, y Él cumple con todos los requisitos que el Mesías debía cumplir. Ese es el propósito central del evangelio de Mateo.

En la genealogía de Jesús vemos claramente la promesa hecha a Abraham, observamos que pertenece a la tribu de Judá y que es descendiente del linaje de David. Todo esto no es casualidad; es intencional y profundamente significativo.

Y aquí hay un dato aún más interesante: los judíos son extremadamente cuidadosos y celosos con sus genealogías. Para ellos, el linaje no es un detalle menor, sino una prueba esencial de identidad, herencia y legitimidad.

Tradicionalmente las genealogías registran únicamente los nombres de los varones; es decir, el linaje se transmite a través de los hombres. Sin embargo, cuando leemos la genealogía presentada por Mateo, encontramos detalles verdaderamente sorprendentes.

En primer lugar, llama la atención que en esta genealogía se mencionen mujeres, algo poco común en ese contexto. Esto es hermoso, porque nos muestra que Dios nunca las dejó de lado. Aunque la cultura era mayormente patriarcal y muchas historias se centran en hombres, Dios no hace distinción de valor: para Él, todos somos igualmente importantes.

Pero hay algo aún más profundo: también se mencionan gentiles. Esto nos nos recuerda que, incluso antes de Cristo y aun antes de que existiera esta nación, Dios ya nos tenía en su plan. En su soberanía, Dios puso sus ojos en cada uno de nosotros, nos llamó por nombre y nos declaró suyos.

Al final de la genealogía, Mateo aclara un detalle clave al decir: “José, esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado el Mesías”. No se dice que Jesús sea hijo de José, porque su nacimiento fue sobrenatural, concebido por el poder del Espíritu Santo. José lo adoptó legalmente, pero no era su padre biológico.

José, un hombre justo, al enterarse del embarazo de María, decidió no exponerla públicamente y optó por actuar con misericordia. Aunque poco se habla de él, vemos en José a un hombre lleno de gracia, amor y perdón. Aun en medio de la confusión, creyó cuando Dios le habló en sueños y obedeció, mostrando una fe y un discernimiento profundos.

La relación de José con Dios era notable. Aunque no participó en el nacimiento de Jesús, recibió una responsabilidad fundamental: ponerle nombre. El nombre Jesús significa “salvación”, porque Él salvaría a su pueblo de sus pecados. Todo esto ocurrió para cumplir lo anunciado por el profeta: la virgen concebiría un hijo llamado Emanuel, “Dios con nosotros”.

José obedeció al ángel del Señor, recibió a María por esposa y no tuvo relaciones con ella hasta el nacimiento de Jesús, confirmando así el nacimiento virginal. Este concepto, aunque muchas veces repetido, no siempre es comprendido. Incluso hoy, muchos dudan de su veracidad. Sin embargo, José discernió, creyó y actuó con fe. En la cultura hebrea, los nombres expresaban identidad y misión: Jesús revela salvación, y Emanuel afirma que Dios mismo vino a estar con nosotros.

Entonces, ¿qué celebramos? Celebramos salvación. Jesús vino al mundo para salvarnos de la peor condición humana: el pecado y la muerte. El pecado nos separa de Dios, y Cristo vino a restaurar nuestra relación con el Padre, logrando lo que nosotros no podíamos alcanzar por nuestros propios medios.

Las primeras palabras de Jesús en la cruz lo confirman: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Él sabía para qué había venido. Vino a perdonarnos y a proveer nuestra mayor necesidad. La mayor necesidad del ser humano no es material, sino espiritual: la gracia y la salvación, sin las cuales no hay libertad ni vida eterna.

Todos necesitamos gracia. Es el mayor regalo que hemos recibido y la razón misma de nuestra celebración. Todo nuestro enfoque debería estar en esto, porque un día cada uno de nosotros se presentará delante del trono de gracia. Esa cita es segura. Todas las personas que vemos a diario, una por una, estarán algún día delante del Señor, y la gran pregunta será qué ocurrirá con nuestra eternidad.

Para comprender la salvación y apelar a la gracia, primero debemos entender nuestra condición. Por eso la salvación demanda arrepentimiento. Si no hay arrepentimiento, no hay necesidad de un Salvador. Nos arrepentimos porque reconocemos que el pecado nos condena y que solo al cambiar nuestra manera de vivir aceptamos que necesitamos salvación. No es casualidad que, al dialogar con un ateo, el debate no sea sobre la historia de Cristo, sino sobre la existencia del pecado. Si no hay pecado, no hay necesidad de salvación; pero si el pecado existe, también existe un destino eterno para el pecador.

Jesús mismo lo dijo: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” Lucas 5:31-32 (RVR 1960). Y el apóstol Pablo lo reafirma: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”. 1 Timoteo 1:15 (RVR 1960) Estamos aquí porque un día, siendo pecadores, abrimos los brazos a la gracia cuando Cristo llamó a nuestra puerta. Nosotros no lo buscamos primero; Él nos buscó a nosotros.

Celebramos la salvación del mundo y al Hijo de Dios. Esto nos lleva al pasaje de Isaías, donde Dios le ofrece al rey Acaz una señal. En medio de una crisis política y militar, cuando el reino estaba dividido y amenazado por enemigos, el profeta le anuncia que el Señor mismo daría una señal sobrenatural: “La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”. Isaías 7:14 (RVR 1960)

Una señal es un evento sobrenatural que irrumpe en una situación natural. Así ocurrió cuando Dios abrió el mar y liberó a Israel, cuando la nube protegió a su pueblo, o cuando Jesús habló al mar y este se calmó. Cada señal confirma que Dios está presente, que Él interviene y que Él es quien trae salvación.

La primera reacción de quienes escucharon a Jesús fue clara: hablaba con una autoridad diferente. Esto marcó un antes y un después en la comprensión de quién era Él. La señal que Dios había dado era imposible desde cualquier perspectiva humana: un nacimiento virginal. Esa sería la confirmación de que Dios estaba con su pueblo.

Desde el punto de vista científico, existe un fenómeno llamado partenogénesis, presente solo en algunas especies, donde puede haber reproducción sin intervención masculina. Sin embargo, incluso en esos casos, el resultado siempre mantiene la misma composición genética: una hembra solo puede producir hembras. Si algo así hubiera ocurrido en María, Jesús no habría nacido varón. Esto refuerza que su nacimiento no fue un fenómeno natural, sino completamente sobrenatural.

Esta verdad ya estaba anunciada desde Génesis, cuando Dios habló de la “simiente de la mujer”. En hebreo, la palabra zera significa semilla, y normalmente la semilla proviene del hombre. Sin embargo, el texto anuncia algo extraordinario: una semilla puesta sobrenaturalmente en la mujer, de la cual vendría aquel que vencería a la serpiente.

Entonces surge la pregunta: ¿por qué muchos judíos no reconocieron a Jesús como el Mesías? Mateo escribe a un público judío que conocía bien las profecías. Los propios textos judíos, como el Talmud y otros escritos anteriores a Cristo, reconocen que Isaías habla del Mesías, el descendiente de David, el Rey prometido. Sin embargo, cuando Jesús nació y cumplió esas profecías, muchos lo rechazaron.

Uno de los argumentos fue el uso de la palabra almá en Isaías, que puede traducirse como “virgen” o “mujer joven”. Pero el contexto deja claro que se trata de una señal sobrenatural; un nacimiento común no sería una señal. Además, la Septuaginta —la traducción griega del Antiguo Testamento realizada siglos antes de Cristo— traduce almá como parthenos, que significa exclusivamente “virgen”. Los traductores entendían que no había otra interpretación posible.

La conclusión es clara: el nacimiento de Jesús fue una obra sobrenatural del Espíritu de Dios en una mujer virgen. Era la única forma y la única explicación teológica coherente. Y si algo de esto parece difícil de comprender, quédese con esta verdad esencial: Dios intervino de manera sobrenatural para cumplir su promesa y mostrarnos que Él verdaderamente está con nosotros.

Celebramos la salvación en Cristo, la venida del Hijo de Dios y también la perfecta provisión de Dios. Solo un hijo nacido de una virgen podía cumplir las promesas y profecías divinas. Si Jesús no hubiera nacido de una virgen, no sería Dios; y si no fuera Dios, no podría salvarnos. Nuestra salvación depende de esta verdad.

Visto desde el otro ángulo, el nacimiento virginal es la solución perfecta de Dios para la condición humana. Para que hubiera redención, el pecado del hombre debía ser pagado por la sangre de un hombre; por eso Jesús tenía que nacer de mujer. Pero el sacrificio debía ser santo y perfecto, y solo Dios podía cumplir esa condición. Así, Jesús es plenamente hombre y plenamente Dios. De esta manera, Él nos reconcilia con el Padre y nos abre el acceso a Su presencia: podemos orar, llorar delante de Él, escuchar Su voz en la Palabra y recibir poder para vencer el pecado y vivir en abundancia, gozo y paz.

La virginidad de María no fue un detalle menor, sino la solución perfecta de Dios. Esto también resolvía una dificultad importante en el linaje de David. En Jeremías se declara una maldición sobre el rey Jeconías: ninguno de sus descendientes se sentaría en el trono de David. Entonces, ¿cómo podía venir el Mesías de ese linaje?

Aquí cobran sentido las genealogías del Nuevo Testamento. Mateo presenta la genealogía legal de Jesús a través de José, descendiente de David por la línea de Salomón y de Jeconías. Aunque José no fue el padre biológico de Jesús, sí fue su padre legal, y por medio de él Jesús recibe legítimamente el derecho al trono de David.

Lucas, en cambio, presenta una genealogía distinta que conecta a Jesús con David por otra línea, a través de Natán, no de Salomón. Así, Jesús cumple las profecías sin estar sujeto a la maldición de Jeconías. Dios, en su perfecta provisión, resolvió lo imposible: Jesús es heredero legal del trono y, al mismo tiempo, libre de toda maldición.

La genealogía que encontramos en Lucas corresponde a María, no a José. María también era descendiente de David, pero a través de Natán, no de Salomón. De esta manera, Jesús recibe por su madre la bendición del linaje de David, sin estar ligado a la maldición que pesaba sobre Jeconías. Nada quedó al azar.

Mateo presenta la genealogía de José y aclara: “Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo”. En cambio, Lucas dice que Jesús era “hijo, según se creía, de José”, y menciona a Elí como su padre. Al estudiar el texto original, se entiende que Elí no era el padre de José, sino su suegro. José aparece porque las genealogías se registraban por línea masculina, pero Lucas está trazando el linaje de María.

Dios diseñó un plan perfecto, detallado y minucioso desde antes de la fundación del mundo. Nada fue improvisado. Todo fue pensado con amor, con cuidado y con un propósito eterno: salvarnos. Dios se esmeró en cada detalle para que un día pudiéramos ver Su diseño y reconocer cuánto nos ama.

A veces tratamos la gracia como si no costara nada. Como cuando un niño prepara con esfuerzo un regalo y alguien lo desprecia. Pero la gracia fue el plan perfecto del Dios perfecto para rescatarnos de la peor condición del ser humano: el pecado y la muerte.

Por eso, hoy no se trata solo de información, sino de un encuentro. “De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna”.  Juan 3:16 (NTV) Así fue diseñado este plan: para que no te pierdas.

¿Conoces realmente este amor? ¿Te has rendido a la gracia de Jesús? Esa paz no la da una iglesia, una prédica ni el dinero. La gracia solo se experimenta por la fe, cuando reconocemos nuestra condición y decimos: “Señor, te necesito”.

No estamos para juzgar a nadie. Todos necesitamos redención. Hoy te invito a extender tu corazón y encontrarte con Jesús.

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