Hechos 29 - La Reforma
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Hechos 29 – La Reforma

Dando continuidad a la serie de prédicas, comenzaremos después de la muerte del último apóstol, Juan. Para ello, es útil repasar brevemente algunos acontecimientos históricos que nos ayudan a entender en qué punto nos encontramos.

Podemos recordar primero Pentecostés, que ocurrió alrededor del año 33. A partir de ese momento transcurrieron algunos años —aproximadamente dos o tres, dependiendo de las investigaciones históricas— en los que sucedieron distintos acontecimientos importantes para la Iglesia. Entre ellos se encuentra la destrucción del templo en el año 70 y, posteriormente, la muerte del apóstol Juan. Recordemos que Juan estuvo en Patmos; sin embargo, más adelante salió de allí y se trasladó a la iglesia de Éfeso, donde pastoreó durante un tiempo. Finalmente murió cerca del año 100, cuando tenía aproximadamente cien años.

Después de este período surgieron los llamados padres apostólicos, que fue el primer tema que estudiamos en esta serie. Allí vimos personajes como Ireneo, Policarpo y también Tertuliano, grandes hombres de Dios que comenzaron a marcar el desarrollo de la historia de la Iglesia posterior a los acontecimientos narrados en Hechos 28.

El periodo que estamos considerando abarca aproximadamente desde el año 90 hasta el año 200. Durante ese tiempo hubo un corto período de relativa paz para la Iglesia. Sin embargo, alrededor del año 250, con el Edicto de Decio, comenzó una persecución fuerte y sistemática contra los cristianos. Muchos creyentes murieron martirizados durante esta etapa. Entre ellos se encuentran grandes hombres de Dios, como Orígenes, quien también sufrió el martirio como parte de estas persecuciones.

Más adelante llegamos al año 312, cuando ocurrió la batalla del Puente Milvio. En ese momento, Constantino afirmó haber tenido una visión del símbolo del Quiró, el cual mandó a colocar en los escudos de sus soldados. Según su relato, esta experiencia marcó un encuentro con Dios y, después de su victoria, comenzó a identificarse como cristiano.

Sin embargo, antes de este acontecimiento ocurrió lo que se conoce como la Gran Persecución, aproximadamente entre los años 303 y 313. Este fue uno de los períodos más intensos de persecución contra los cristianos, en el que muchos creyentes sufrieron y murieron por su fe. A pesar de este contexto de oposición y sufrimiento, la Iglesia continuó creciendo. El evangelio siguió extendiéndose y los creyentes perseveraron en su misión. Aunque muchas veces debieron reunirse en secreto, la Iglesia permaneció firme y activa.

Posteriormente llegó el Edicto de Milán, mediante el cual Constantino decretó el fin de la persecución contra los cristianos. Aunque para nosotros puede parecer una gran bendición que los creyentes dejaran de ser perseguidos, este cambio también dio inicio a una etapa compleja para la Iglesia.

En la primera prédica hablamos sobre cómo los cristianos debían desmarcarse de la cultura romana. De la misma manera, en la actualidad el llamado sigue siendo a no conformarnos a la cultura dominante. En aquel tiempo también existía la presión de identificarse con la cultura judía, pero el llamado para los creyentes era claro: nuestra identidad debía ser primeramente cristiana. Debemos vivir bajo una identidad bíblica y una identidad verdaderamente cristiana.

Se analizó lo que ocurre cuando la Iglesia entra en un estado de comodidad. Hablamos de aquellos que verdaderamente habían nacido de nuevo y llevaban el título de cristianos con autenticidad. Sin embargo, también comenzaban a surgir muchas personas que adoptaban el título de cristianos sin haber experimentado un nuevo nacimiento. Era solo una etiqueta.

Con el tiempo, esta mezcla comenzó a generar confusión. La presencia de personas que llevaban el nombre de cristianos, pero que no habían sido transformadas, empezó a distorsionar el verdadero significado de ser cristiano. Como resultado, la Iglesia entró en un período difícil: una etapa oscura y compleja en la que, poco a poco, fue mezclándose con la cultura romana y pagana.

En el siglo VI, vemos el desarrollo de la Biblia hacia la Vulgata latina. Uno de los temas importantes que preparó el escenario para los cambios posteriores fue la venta de indulgencias.  Este fenómeno se hizo especialmente evidente alrededor del año 1517 y, finalmente, se convirtió en uno de los factores que dieron paso a la Reforma Protestante.

Probablemente muchos desconocen el origen de la palabra “protestante”. Nuestra fe está cimentada en Jesús, la única cabeza de la Iglesia, pero también hay valor en recordar de dónde venimos. Con el tiempo, es fácil olvidar el precio que otros pagaron para que hoy podamos sostener una Biblia en nuestras manos y leerla con libertad.

“La Reforma” forma parte de la serie Hechos 29. A lo largo de este recorrido, se explorarán tres momentos clave: los prerreformadores, la Reforma propiamente dicha y la traducción de la Biblia. Para adentrarnos en el primero de ellos, todo comienza con una historia.

En Alemania se encuentra el parque de las Estatuas en Worms. En este lugar, se llevó a cabo una reunión muy importante. Allí se convocó a Martín Lutero para debatir y defender lo que había escrito en sus 95 tesis. Con frecuencia, al leer sobre la Reforma, tendemos a simplificar lo que ocurrió. Imaginamos a Lutero recibiendo una revelación divina, como si Dios mismo le hubiera dictado las 95 tesis, y luego lo vemos yendo directamente a clavarlas en la puerta de la catedral de Wittenberg. En esa versión, todo parece comenzar justo en ese momento.

Sin embargo, la historia es mucho más compleja de lo que solemos pensar. La imagen de las Estatuas en Worms, por ejemplo, ayuda a comprender mejor lo que realmente sucedió. En el centro se alza un monumento dedicado a Lutero, pero a sus pies hay otras figuras que fácilmente podrían pasar desapercibidas. Si se observara desde todos los ángulos, aparecerían cuatro personajes sentados a su alrededor. Cada uno de ellos influyó profundamente en el pensamiento de Lutero. Fueron hombres que, de distintas maneras, encendieron pequeñas llamas que con el tiempo prepararon el terreno para la Reforma.

Por eso vale la pena conocer quiénes eran y qué enseñaban. Hoy comenzamos con uno de ellos: Pedro Baldo. Nacido alrededor del año 1140 en Lyon, Francia, Baldo era un hombre rico, casado y con dos hijos. Según la tradición —ya que no se conocen todos los detalles con certeza— en algún momento de su vida tuvo un encuentro con Jesús que transformó por completo su manera de vivir. Algunas versiones sitúan este cambio tras la muerte repentina de un amigo cercano, lo que lo llevó a reflexionar sobre su condición espiritual. Otras cuentan que escuchó la canción de un trovador en una plaza, cuyas palabras impactaron su corazón. Más allá del momento exacto, lo cierto es que comenzó a buscar a Dios con sinceridad.

Su mayor deseo era conocerlo, y entendió que la única manera de hacerlo era a través de la Biblia. Sin embargo, en ese tiempo la Escritura no estaba al alcance del pueblo: permanecía prácticamente cerrada, en un contexto donde la Iglesia atravesaba problemas de inmoralidad, prácticas alejadas del mensaje bíblico y abusos de autoridad. En medio de esa realidad, Baldo decidió actuar. Gracias a sus recursos, encargó la traducción del Nuevo Testamento a una lengua que pudiera comprender, ya que no hablaba latín. Así comenzó a leer la Biblia por sí mismo y a encontrarse directamente con el mensaje de la Palabra de Dios.

En Marcos 10:17-22 (RVR 1960) podemos leer que cuando Jesús iba camino a Jerusalén, un hombre se acercó corriendo, se arrodilló delante de Él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?”. Jesús le respondió: “¿Por qué me llamas bueno? Solo Dios es verdaderamente bueno”.

Jesús no estaba negando su bondad. Más bien quería saber si aquel hombre entendía que Jesús era bueno porque era Dios. Luego le recordó los mandamientos: no cometer asesinato, adulterio, robo, ni dar falso testimonio; también honrar a padre y madre. El hombre respondió que había obedecido todo desde su juventud. Entonces Jesús lo miró con amor y le dijo que le faltaba una cosa: vender sus posesiones, dar el dinero a los pobres y seguirlo. Sin embargo, el hombre se fue triste porque tenía muchas riquezas. Jesús no estaba enseñando que todos deban vender todo lo que tienen, sino confrontando el ídolo en el corazón de aquel hombre: el dinero. No puede coexistir la adoración a Dios con la adoración a un ídolo.

Esta historia impactó profundamente a Pedro Baldo, quien decidió vender todo lo que tenía para seguir a Cristo. De su testimonio surgió un movimiento conocido como los Pobres de Lyon, que más adelante sería llamado los valdenses. Baldo predicaba pureza y santidad, influenciado por los escritos de los padres apostólicos. Debido a sus enseñanzas fue excomulgado, y poco tiempo después murió, aunque su movimiento continuó extendiéndose.

El siguiente personaje es John Wycliffe, un teólogo inglés de la universidad de Oxford, reconocido por su preparación y pensamiento. Al estudiar la Escritura comenzó a criticar las riquezas acumuladas por la iglesia de su época y defendió que los recursos debían usarse para expandir el evangelio y apoyar las misiones. Además, inició la traducción del Nuevo Testamento al inglés, defendiendo un principio que luego marcaría la Reforma: Sola Escritura, es decir, que la autoridad final debía ser la Palabra de Dios.

Después de su muerte, la iglesia prohibió sus escritos. Sin embargo, su influencia creció tanto que, cuarenta y tres años después, desenterraron su cuerpo, lo quemaron y esparcieron sus cenizas para intentar borrar su memoria. Aun así, su legado permaneció. Hace pocas semanas, en el Museo de la Biblia, pudimos ver un Nuevo Testamento traducido por Wycliffe. Esto nos recuerda que, aunque intenten desacreditar o silenciar a alguien, cuando Dios respalda una obra, su legado trasciende el tiempo.

El siguiente personaje que estudiaremos es Jan Hus, nacido en 1369 y muerto en 1415. Fue un teólogo checo, de origen humilde y predicador, profundamente influenciado por las enseñanzas de Wycliffe. Este hombre predicaba con gran autoridad, y multitudes salían a escuchar su mensaje. Denunciaba los abusos de la Iglesia de su tiempo, cuestionaba la idea de que nadie pudiera contradecir al Papa y rechazaba prácticas como las indulgencias, que consistían en cobrar dinero a cambio del perdón de los pecados. También se oponía a las cruzadas y defendía el principio de Sola Escritura, afirmando que la autoridad final debía ser la Palabra de Dios.

Debido a sus enseñanzas fue excomulgado y poco tiempo después murió martirizado, quemado en la hoguera. Su muerte provocó un fuerte impacto, y sus seguidores, conocidos como los husitas, se levantaron en resistencia durante aproximadamente diez años. Este movimiento continuó existiendo incluso hasta nuestros días.

Otro personaje importante fue Girolamo Savonarola, quien nació en 1452 y murió en 1498, apenas diecinueve años antes del inicio de la Reforma Protestante en 1517. Fue un predicador italiano, nacido en Ferrara y posteriormente activo en Florencia, una ciudad considerada el centro del Renacimiento de la época. En medio de ese ambiente cultural, Savonarola comenzó a predicar con valentía en plazas y espacios públicos. Su mensaje era sencillo y directo: la salvación es solo por gracia y solo en Jesús. También denunció la inmoralidad de la Iglesia, las indulgencias y la falta de santidad.

Su predicación tuvo un impacto tan profundo que gran parte de la ciudad de Florencia experimentó un cambio espiritual. Muchas personas se arrepintieron y comenzaron a buscar una vida más alineada con la enseñanza bíblica. Incluso se organizaron hogueras públicas donde la gente voluntariamente quemaba objetos que consideraban obstáculos para su vida espiritual: ropa lujosa, libros, cosméticos y otros artículos. A pesar de su influencia, Savonarola también fue excomulgado y finalmente murió martirizado en la hoguera, siendo aun relativamente joven. Su vida quedó marcada por un fuerte llamado a la santidad y a la fidelidad a Dios.

Todos estos hombres prepararon el camino para la figura más conocida de la Reforma: Martín Lutero.

Según la historia, Lutero estaba estudiando el Nuevo Testamento. En ese tiempo la Biblia circulaba principalmente en la Vulgata latina, pero Lutero también conocía el griego y podía leer la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento difundida en su época por el trabajo de Erasmo. Mientras estudiaba la Escritura, comenzó a cuestionar varias prácticas de la Iglesia. En la región donde vivía, algunos gobernantes y autoridades habían adquirido control sobre ciertos territorios eclesiásticos como si fueran inversiones. Para recuperar el dinero invertido comenzaron a promover con más fuerza la venta de indulgencias.

Estas indulgencias consistían en cobrar a las personas —muchas veces a los más pobres— prometiéndoles que sus pecados serían perdonados o que reducirían el castigo por ellos. Este sistema convirtió la fe en un mecanismo económico, algo que provocó una profunda indignación en Lutero y que finalmente impulsó el inicio de la Reforma. En medio de esta situación, Lutero llegó a una conclusión al estudiar la Escritura: Jesús ya pagó el precio por nuestros pecados. No existe obra, esfuerzo o sacrificio humano capaz de añadir algo a lo que Cristo ya hizo en la cruz.

Cuando comprendemos esto, entendemos que la gracia no puede ganarse. Podemos dedicar toda nuestra vida a servir al Señor, entregar nuestros recursos, nuestro tiempo e incluso aquello que más amamos, y aun así seguiríamos en deuda con Él. La razón es sencilla: el precio por el pecado solo pudo pagarlo Jesucristo.

Esta verdad comenzó a arraigarse profundamente en el corazón de Lutero. Así, influenciado también por los proto reformadores que lo precedieron, el 31 de octubre de 1517 publicó sus 95 tesis en la iglesia de Wittenberg. En ellas cuestionaba varias prácticas de la iglesia de su tiempo. Por ejemplo, hablaba acerca de la confesión, recordando lo que dice Santiago 5:16, que debemos confesar nuestros pecados unos a otros para recibir sanidad. Para Lutero, el perdón no dependía de pagar indulgencias ni de estructuras humanas, sino de la gracia de Dios.

Entre sus frases más conocidas decía algo como esto: “Sé pecador y deja que tus pecados sean grandes, pero que tu confianza en Cristo sea aún mayor. Regocíjate en Cristo, quien ha vencido el pecado, la muerte y el mundo”.

Con esto Lutero no promovía el pecado, sino que recordaba que mientras vivamos en este mundo seguimos luchando con nuestra naturaleza, y nuestra esperanza no está en nuestra perfección, sino en la obra perfecta de Cristo.

Durante el proceso de escribir y defender sus tesis, Lutero experimentó fuertes luchas espirituales. Él mismo utilizaba una palabra alemana: Anfechtung, que puede traducirse como angustia, tentación, asalto espiritual o profunda tribulación. Lutero describía estas experiencias como verdaderas batallas espirituales. Hablaba de ataques de ansiedad, de dudas intensas y de una lucha constante mientras desarrollaba las ideas de la Reforma.

El teólogo R.C. Sproul, de los ministerios Ligonier, describe estas experiencias como un elemento recurrente en la vida de Lutero: una lucha espiritual profunda, que él percibía como enfrentamientos directos con Satanás. Finalmente, en el año 1521, los principales líderes políticos y religiosos de la época convocaron a Lutero a presentarse ante la Dieta de Worms, una asamblea imperial donde debía responder por sus enseñanzas. Lutero fue convocado a Worms para defender lo que enseñaba delante de los emperadores y líderes religiosos de la época.

Para ese momento, su mensaje ya había trascendido Alemania. En apenas dos años había llegado a los países escandinavos y a Francia. Y esto ocurrió en una época donde no existían medios de comunicación rápidos; todo se transmitía de boca en boca. Aun así, el mensaje de la Reforma cruzaba fronteras y muchos creyentes en otros lugares se identificaban con lo que estaba ocurriendo.

Cuando Lutero se preparaba para ir a Worms, sus amigos le advirtieron del peligro. Sabían lo que había pasado con hombres como Jan Hus y Savonarola, quienes habían sido martirizados por defender la verdad. Lutero también lo sabía. Él entendía que, después de publicar las 95 tesis, existía una alta probabilidad de que muriera en la hoguera. Aun así, decidió ir.

Le enviaron un salvoconducto, un documento que prometía que no le harían daño. Pero ese mismo tipo de promesa ya había sido dado antes… y otros hombres de Dios murieron aun con esa garantía. Cuando Lutero llegó a Worms, lo rodearon autoridades y líderes religiosos. Colocaron todos sus escritos delante de él y le hicieron una pregunta directa: “¿Te retractas de lo que has escrito?”

Lutero respondió que había escrito muchas cosas, algunas incluso alineadas con la iglesia, porque él provenía de la tradición romana. Su intención nunca fue causar una división, sino que la iglesia volviera a Cristo. Sin embargo, pidió 24 horas para pensarlo. Esa noche, solo en su habitación, oró profundamente a Dios. En su oración reconocía su debilidad y pedía ayuda al Señor, recordando que la causa no era suya, sino de Dios.

Al día siguiente volvió a presentarse ante ellos. Sabía que podían condenarlo a morir de una de las formas más terribles de la época. Le preguntaron nuevamente: “¿Te retractas?” Y Lutero respondió: “No. Porque mi conciencia está cautiva a la Palabra de Dios.”

Esto nos lleva a una pregunta importante: si alguien nos presionara a negar nuestra fe, ¿Qué haríamos?

Solo podremos enfrentar algo así si estamos saturados de la Palabra de Dios. Porque cuando nuestra mente está llena de la verdad de Dios, tenemos la certeza de lo que nos espera: cerrar nuestros ojos aquí y abrirlos en la presencia del Señor.

Van a venir dudas de si Jesús existe, si es real. La verdadera llenura del espíritu es mantener mi mente saturada, llena, controlada, condicionada por lo que la Palabra de Dios enseña. Cuando Lutero, en medio del caos de lo que Lutero había producido, lo recibió como si él fuera un rey. La gente le aplaudía y lo recibía. Los emperadores empiezan a ver eso como extraño, estar ansiosos, empiezan a discutir entre ellos.

Hoy en día hay alrededor de 40 naciones donde la biblia es completamente prohibida, lo que me hace reflexionar que nada hace mi biblia en un costado donde se derramo sangre de personas sin conocerte para que usted tome esa biblia, leerla y ser libre, muchas veces tiene polvo y desinterés.

Por eso, algo fundamental nos une como protestantes: los cinco principios de la Reforma, conocidos como las cinco solas:

– Sola Escritura: la Biblia es la autoridad final.  (2 Timoteo 3:16)
– Sola Fe: somos justificados únicamente por la fe. (Efesios 2:8)
– Sola la Gracia: la salvación es un regalo inmerecido de Dios.
– Solo Cristo: solo Cristo es el mediador entre Dios y los hombres. (1 Timoteo 2:5)
– Solo a Dios sea la Gloria: toda la gloria pertenece únicamente a Dios. (Romanos 11:36)

Estos principios nos recuerdan que nuestra fe descansa completamente en Dios, en su Palabra y en la obra perfecta de Jesucristo.

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