Hechos 29 – La Expansión Misionera
La serie de Hechos 29 nació para entender de dónde venimos y cómo llegamos a ser la iglesia de Cristo. Primero vimos la iglesia después de Hechos: los discípulos de los discípulos, una comunidad que buscaba afirmar su identidad al separarse tanto del mundo pagano romano como de la religiosidad y tradición judía.
Luego reflexionamos sobre lo que ocurre cuando los cristianos entramos en una falsa zona de comodidad, enemiga del crecimiento que producen las pruebas. En tiempos de Constantino y Tertuliano, cuando se proclamó que Roma sería cristiana, convivían creyentes verdaderos con otros que no habían nacido de nuevo.
Finalmente, llegamos a la Reforma Protestante, entendida como un regreso a los principios fundamentales: las Escrituras. En medio de la comodidad de la época, la Palabra había sido relegada, y este movimiento marcó el retorno a la verdad que nos hace verdaderamente libres.
Mateo 5:14-16 (RVR1960) resume este mensaje: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.
La verdadera luz es Jesús. Cuando nacemos de nuevo y nuestras obras lo evidencian, esa luz se refleja en nosotros y comienza a alumbrar a otros. Este mensaje nos lleva a hablar de expansión: recorreremos la pos-reforma, los tres grandes avivamientos y cómo, incluso en medio de las guerras mundiales, surgió el avivamiento estudiantil.
La reforma se puede resumir en cuatro grandes grupos: luteranos (Europa central, Alemania, los países escandinavos más al norte), reformados (centro de Europa, Francia, Países Bajos, entre otros), anabaptistas (al sur de Alemania, Suiza, Zúrich, que es donde nacen) y anglicanos (Reino Unido).
Las denominaciones protestantes nacieron en la reforma. El luteranismo nació en Alemania por las 95 tesis de Lutero. Los luteranos eran sus discípulos y compartían sus principios. Rápidamente subió a Finlandia, Suecia, Dinamarca y después a Australia, África y Sudamérica con la colonización.
Lutero no buscaba provocar un cisma en la iglesia, sino exponer principios que ayudaran a abrir los ojos frente a lo que estaba mal; sin embargo, terminó siendo excomulgado y se produjo una gran división. Como sacerdote católico, estaba profundamente influenciado y arraigado a lo que enseñaba, y creía que la iglesia debía formar parte de la dirigencia del Estado. Su pensamiento, marcado por la ortodoxia, la tradición y el uso de la razón propio de la Ilustración, lo llevó a un enfoque analítico de la Palabra y a una fe racionalizada. De este proceso surgieron movimientos como la iglesia luterana, pietista y morava.
El segundo grupo es el de los reformados o calvinistas. Nació en Zúrich, paralelo al de Lutero. Ulrico Zuinglio tenía los mismos principios: solo por fe, gracia, Escritura, en Cristo y la gloria a Dios. Fue su amigo y se separaron por no estar de acuerdo en algunos temas teológicos como el bautismo. Zuinglio delegó el movimiento a Calvino, que creía que la iglesia debía ser parte del Estado y en una transformación moral en la sociedad. John Knox llevó el calvinismo a Gran Bretaña y Escocia. El resultado fue la iglesia reformada, presbiteriana y puritana, enfocadas en la santidad y la moralidad.
El tercer grupo es de los anabaptistas (rebautizados). Nació bajo el concepto de que un bebé no se puede bautizar. Teológicamente, se necesita tener conciencia sobre por qué Jesús es nuestro Salvador, saber que el pecado nos separa de Dios, necesitamos salvación de este y entender la gracia. Eran fundamentalistas de la Biblia, la leían como un libro literal. Nació en Zúrich, se desarrolló en Europa central y su principal expositor fue Menno Simons, fundador de la iglesia menonita. Creían en el pacifismo extremo y fueron perseguidos en Zúrich porque creían que no podían poner oposición.
Eran amigos, se vestían, hablaban y veían igual. A diferencia de Lutero y Calvino, creían en una separación radical entre la iglesia y el Estado, en la hermandad y la comunidad. El resultado fue la iglesia menonita, Amish y huteritas. Los Amish manejan todo en comunidad, son familia y cercanos.
Por último, la iglesia anglicana no nació de buena forma. El rey Enrico VIII fue a la iglesia católica y le dijo al papa, «me quiero divorciar». Él respondió, «no puedes». Entonces, dejó de ser católico, se separó de la iglesia y fundó la anglicana en Inglaterra para ser la autoridad y separarse de su esposa. Así nació la iglesia anglicana, de una forma terrible, pero hay cosas rescatables. Fue una iglesia muy abierta a interpretaciones (no hay una sola forma), escuchar y ver lo que otros enseñan. Su mayor legado fue la Biblia King James que es probablemente la más consumida hoy a nivel mundial.
El resultado de la iglesia anglicana fueron los bautistas, los cuáqueros y los episcopales. Más adelante, del movimiento bautista surgió el metodista y de este los de santidad, pentecostal y carismático. Todo esto lo mencionamos para entender por qué hay varias denominaciones.
La Biblia fue dada por Dios, aunque existen distintas interpretaciones de los textos originales. En este contexto surgen dos conceptos: puño cerrado y mano abierta. El primero define la doctrina esencial que identifica a un hermano en la fe: quienes comparten estos principios, de donde nacen las cinco solas de la Reforma.
Si alguien cree que puede alcanzar el cielo por obras y no por la gracia y la fe en Jesús, o niega que Cristo es Dios, su nacimiento virginal, su vida perfecta, su muerte en la cruz por nuestros pecados y su resurrección, entonces no comparte esta fe. Jesús vivió entre nosotros, ascendió al cielo y regresará; estas verdades nos definen como hermanos.
No todo el que se llama cristiano o iglesia lo es. Aun dentro de una denominación, podemos caer en error, apartarnos o vivir en engaño. Por eso, doctrinas como la gracia, la cruz, el pecado y la naturaleza del hombre son fundamentales para reconocer quién es parte de la familia en Cristo y de la iglesia universal que cree en estas verdades.
Por otro lado, hay interpretaciones de los conceptos de mano abierta que se han discutido por siglos: la predestinación, los dones, el rol de la mujer en la iglesia… De interpretaciones personales, con teología incorrecta surgen las sectas “cristianas”. Si hay revelación nueva, probablemente es un error.
Tendría que ser algo verdaderamente extraordinario, porque todo ya fue revelado en el canon bíblico, que nos guía y nos permite discernir a través de la interpretación que Dios nos dejó. Las diferencias, lejos de dividirnos, pueden enriquecernos. Por eso, estamos llamados a reconocer las virtudes no solo en nuestro entorno cercano, sino también en la iglesia hermana y en todos aquellos que temen a Dios.
Generalmente, nos enfocamos en el 1% de diferencias y no en el 99% que nos hace estar juntos. Esto es preocupante. Salmos 133:1 (RVR1960) dice: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!” Compartamos y disfrutemos la riqueza de lo que Dios nos dio.
Juan 17:22-23 (RVR1960) dice: “La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.”
Vamos a ser luz, ver un despertar en la sociedad y un cambio profundo en nuestras naciones cuando aprendamos a ser uno. Unidad no es hablar, pensar lo mismo y ser iguales, sino amarnos a pesar de las diferencias. Dios nos puso juntos para que aprendamos a amarnos, aunque seamos distintos.
Los grandes avivamientos no fueron una ocurrencia, sino hechos históricos reales, documentados por fuentes cristianas y seculares. Surgieron principalmente —aunque no exclusivamente— en el contexto de la colonización, cuando muchos llegaron a América huyendo de la persecución religiosa. El movimiento se extendió a Francia y Alemania, desde donde se enviaron personas para expandir colonias. Sin embargo, algunos entendieron que ese no era el fin, sino una oportunidad para llevar la luz de Cristo y transformar los ambientes.
Grandes hombres de Dios asumieron el llamado de predicar el evangelio a quienes aún no lo conocían. Aunque estaban influenciados por la Ilustración, que tendía a racionalizar la fe, también despertaron una búsqueda espiritual más profunda. J.I. Packer estudió estos avivamientos y nos ofrece una comprensión más clara de su significado. Él afirmó:
«El avivamiento consiste en que Dios toca las mentes y los corazones de una manera arrebatadora, devastadora y exaltadora para traerlos hacia sí obrando desde adentro hacia afuera y no de afuera hacia adentro. Es Dios acelerando, intensificando y extendiendo la obra de la gracia que tiene lugar en la vida de cada cristiano, pero que a veces se ve ensombrecida por el impacto de otras fuerzas. Es la presencia cercana de Dios dando nuevo poder al evangelio del pecado y la gracia».
Un avivamiento suele surgir en medio de la degradación social. En la película Pandillas de Nueva York se refleja ese contexto: corrupción, prostitución, una sociedad gobernada por el dinero y la ley del más fuerte. Sin embargo, el avivamiento no nace como un objetivo en sí mismo, sino como resultado de una búsqueda genuina de Dios, marcada por hambre, pasión, santidad y arrepentimiento; es ahí donde el Señor produce un verdadero despertar espiritual.
Así ocurrió el primer gran avivamiento (1734–1750), en medio de una profunda crisis social. Comenzó en las colonias británicas y se extendió a las americanas, donde hombres como George Whitefield, Charles y John Wesley, y Jonathan Edwards predicaron de manera distinta a la de su tiempo. Frente a una iglesia más formal y litúrgica, llevaron el mensaje a las plazas, anunciando a un Dios que perdona, ama y recibe como Padre a quien se arrepiente.
Esto transformó la manera en que muchos recibían el evangelio: multitudes acudieron, y se manifestaron milagros, sanidades y prodigios, fruto de su compromiso con la predicación. Los avivamientos no se quedaron dentro de la iglesia, sino que impactaron la sociedad, impulsando cambios como el inicio de la abolición de la esclavitud y avances en bienestar, salud y educación.
La asistencia a las iglesias creció notablemente, y hombres como Whitefield influyeron incluso en líderes de la nación. La verdadera revolución comenzó en lo espiritual, mostrando que Dios usa a su pueblo para transformar la sociedad. Estamos llamados a ser luz.
Continuamos con el segundo gran avivamiento (1824-1840). Jonathan Edwards dijo: “Cuando Dios se manifiesta de manera gloriosa en su iglesia, entonces es maravillosamente feliz”. Empezó en Bourbon, Kentucky con campañas en tiendas gigantes. Su figura predominante fue Charles Finney.
Aunque no fue tan emocional como el primero, este avivamiento fue igual de poderoso, porque su propósito era traer convicción de que Dios existe en la sociedad. Se estima que el 10% de la población de Kentucky comenzó a participar en estos movimientos, y el ejército incluso supervisaba sus actividades. Desde los pueblos cercanos se escuchaba el rugir de la adoración y la predicación. Miles acudían a los encuentros, y se calcula que hasta 500,000 personas se convirtieron. Entre sus frutos estuvieron el fin de la esclavitud, el impulso a los derechos de las mujeres y la lucha contra el alcoholismo.
Mientras Estados Unidos crecía a un ritmo cuatro veces mayor que antes, las iglesias lo hacían diez veces más rápido. Este avivamiento fue conocido como “donde entran y no vuelven”, porque quienes recibían el poder de Dios salían convencidos y se dedicaban a predicar el evangelio en otros lugares, dando origen al movimiento misionero.
Charles Finney dijo: «Una iglesia que no está dispuesta a agonizar con el corazón por avivamiento, puede tener avivamiento que discuten, pero no un avivamiento que priva al mundo del gozo por salvar a las almas y a la iglesia de sus manos más impías, pero no continuarán en avivamiento.» Básicamente, el verdadero avivamiento busca santidad, integridad y radicalidad por la fe.
Seguimos con el tercer gran avivamiento (1856-1910). Dirigido por Moody, Spurgeon y William Booth. Centrado en enviar misioneros, relación personal con Dios, obra social y predicación de la segunda venida de Cristo. Personas se arrepintieron, hubo santidad y experiencias sobrenaturales.
Spurgeon, conocido como el príncipe de los predicadores, dijo esto: «Sin el Espíritu de Dios no podemos hacer nada. Somos como barco sin viento. Sin el Espíritu de Dios somos inútiles, como camas muertas, como carbón ardiendo que se apaga«.
El tercer avivamiento estuvo conformado por varios. Primero, el avivamiento de los hombres de negocios (1857-1860). Debido a la crisis económica un hombre dijo, «voy a empezar a orar». Comenzó en un cuarto de oración en Nueva York y se convirtió en un movimiento en Estados Unidos. Llegó un punto donde oraban todos los días, se reunían hasta un millón de personas en distintas partes a orar a diario por una nación que necesitaba de Jesús. Pasaron de predicadores al aire libre, en carpas, a un cuarto de oración. Aquí vemos las diferencias, nunca es la misma fórmula.
Luego está el avivamiento pentecostal, a veces llamado “fanático”. William Seymour, un hombre de color en plena época racista, comenzó un pequeño grupo de oración en su casa que creció hasta necesitar un espacio más grande, llegando a la calle Azusa en Los Ángeles. La asistencia diaria fluctuaba entre 300 y 1,500 personas; las reuniones pasaron de semanales a diarias, sin hora de fin, reflejando un hambre por recibir a Dios. Miles aceptaron a Cristo y fueron enviados como misioneros.
A inicios del siglo XX, los cristianos eran apenas un 1% en Latinoamérica, pero el movimiento pentecostal impulsó un crecimiento significativo, especialmente en Brasil. Avivamientos similares se dieron en Corea, Gales y Australia, donde personas fueron ministradas y usadas por el Espíritu.
Durante las guerras mundiales surgieron los avivamientos estudiantiles, dirigidos por jóvenes que buscaban respuestas tras los traumas posguerra. Bill Bright fundó Campus Crusade for Christ, enfocando a la juventud universitaria en Jesús. Más adelante, Billy Graham, un granjero de Carolina del Norte, alcanzó a millones a través de sus cruzadas evangelísticas, reuniendo y predicando a grandes multitudes.
Otros avivamientos destacados incluyen Brownsville, Pensacola, donde 4.5 millones conocieron a Cristo a través de reuniones diarias de salvación y sanidad; y en Latinoamérica, el de Almolonga en Guatemala, con un 90% de la población volviendo a la fe, y el de Argentina en los años 80, que marcó un gran crecimiento del cristianismo protestante. Estos movimientos muestran que un avivamiento se mide por sus frutos y su capacidad de transformar vidas y sociedades.
Sin embargo, los mártires cristianos fueron más que en siglos anteriores. Apocalipsis 2:10 (RVR1960): No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. Es mejor preservar el Espíritu que el cuerpo y amar más a Cristo que a la vida.
Los avivamientos son fruto de la obediencia, la santidad y el hambre espiritual. Forman parte de la soberanía de Dios, pero vale preguntarnos: ¿cómo asistimos a la iglesia? ¿Por rutina, por obligación o para cumplir con algún grupo de servicio? El llamado de Dios es a una vida marcada por la obediencia, la santidad y un hambre genuina por Él. Cuando atravesamos temporadas de oración, ayuno y búsqueda de Su presencia, comenzamos a experimentar esta hambre insaciable. Permanecemos en Su presencia y sentimos cómo Él ensancha nuestro espíritu, despertando en nosotros un deseo creciente de buscarle más y más.
Isaías 57:15 (RVR1960) dice: “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.”
A estos hombres los caracterizó la humildad. No empezaron un movimiento para ser conocidos ni para beneficio personal. Querían más de Cristo. Entendían que eran vasos frágiles e inútiles sin el Espíritu Santo. Quien quiere ser usado y entiende que no tiene nada, Dios lo toma, levanta y usa.
Por último, hay dos grandes amigos y hombres de Dios: John McArthur y Sproul. Eran pastores, directores de ministerios diferentes con denominaciones distintas, uno calvinista y otro de la teología del pacto. Pudieron hacer a un lado sus diferencias y abrazar la fe.
Según las denominaciones que vimos, todo el que se ha mantenido íntegro en su moral, en la doctrina de puño cerrado y ha permanecido es nuestro hermano, aunque sea diferente. Dios no nos llamó a cumplir con moldes sino a amarnos a pesar de nuestras diferencias.
Con quien se llama hermano y no es, no deberíamos comer. 1 Corintios 5:11 (RVR1960): “Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis.” Si lo hacemos parecerá hermano. Si alguien afirma que “Jesús no es Dios”, no podemos considerarlo hermano en la fe. Con quienes viven en el mundo sí podemos relacionarnos, para ser luz y mostrar la diferencia. Debemos sanar brechas, en lugar de enfocarnos solo en lo que nos separa de otras denominaciones. Es tiempo de despertar y transmitir un mensaje unificado de Cristo: seamos uno.
De cada tradición cristiana podemos rescatar algo valioso: de la iglesia ortodoxa, aprender a honrar la tradición; de la pentecostal, el poder del evangelismo y la misión de predicar a las naciones; de los carismáticos, el poder del Espíritu; de los luteranos, el evangelio puro de los reformados y la pasión por la Palabra; de los presbiterianos, la glorificación de Dios; de los metodistas, la humildad y las obras de misericordia; y de los bautistas, la pureza y la santidad radical.
Pero no podemos avanzar en amor si no cerramos las heridas. Debemos perdonar a personas e iglesias que nos han lastimado, recordando que todos fallamos. A veces evitamos relacionarnos, nos vamos temprano por miedo a ser dañados, o incluso hemos atacado en lugar de alegrarnos juntos. Quizá figuras como McArthur y Sproul, al ver a alguien nuevo en la iglesia del otro, decían: “Gloria a Dios, ese es mi equipo y está ganando”. Hoy es momento de ponernos a cuentas con el Señor: si estamos heridos, perdonemos y soltemos. Dios nos llama al perdón; dejemos atrás lo que nos duele y sigamos adelante.
Oración
Señor Jesús, solo tú conoces mi corazón y si estoy herido, guardo rencor o no. Sabes si una acción o palabra me dolió tanto que hasta hoy sigo lastimado. Te pido que hoy me dirijas al perdón. Padre, perdono a ese líder, pastor, hermano o movimiento y lo suelto en el nombre de Jesús.
Nos damos cuenta si perdonamos sinceramente cuando podemos bendecir. Señor, bendigo a esa persona, su casa, sus hijos, sus generaciones y todo lo que emprenda. Tú me llamas a bendecir. De mi boca sale bendición que sana la herida más profunda de mi corazón. En el nombre de Jesús. Amén.
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