Testigos de la Cruz - Los dos Ladrones
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Testigos de la Cruz – Los dos Ladrones

Nunca es tarde. Hemos visto personas que vivieron lejos de Dios, que se enojaban o decían que nunca lo buscarían, y abrieron su corazón en un momento y dijeron: “Yo necesito a Jesús”. Ese es un milagro enorme que solo lo puede hacer el Espíritu de Dios.

Los testigos de la cruz son esos personajes que aparecen en pocos versículos, pero que nos enseñan mucho sobre lo que Dios hace cuando una persona tiene un encuentro con Jesús.

Es interesante que los cuatro autores de los evangelios hablan sobre la cruz, pero uno de ellos nos da un detalle que los otros tres no mencionan.

Mateo no estaba al pie de la cruz. Había huido junto con los demás discípulos. Por eso, lo que escribió sobre aquel día tuvo que surgir de los testimonios de quienes sí estuvieron presentes. Mateo no fue un testigo directo de lo que ocurrió, así que debió recopilar información, escuchar a otros y sacar sus conclusiones a partir de esos relatos.

Juan Marcos tampoco estuvo presente en la crucifixión. Aunque tradicionalmente se entiende que escribió su evangelio muy influenciado por el testimonio de Pedro, Pedro también había huido y no estuvo al pie de la cruz.

De hecho, de los doce discípulos, el único que estuvo presente durante la crucifixión fue Juan. Sin embargo, por alguna razón, Juan no registra este detalle en su evangelio. No describe esta escena ni nos comparte estas palabras. Es Mateo quien, a pesar de no haber sido testigo presencial de aquel momento, nos deja este dato tan particular.

Y también está Lucas, el historiador que probablemente investigó, preguntó y escuchó a testigos oculares. Por eso nos deja registrada esta escena tan importante.

Lucas 23: 32-34 (RVR1960) nos dice: «Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos. Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes

Uno de estos hombres experimentó lo que es verdaderamente el milagro más grande que puede experimentar una persona en su vida, la transformación completa a través de la obra del Espíritu Santo.
Ninguno de los evangelios describe cómo fue el sufrimiento de la cruz. Teológicamente hablando, concluimos que no era necesario para ellos comunicarlo, porque en aquella cultura todos sabían lo que significaba. La cruz representaba sufrimiento, humillación y vergüenza. Era uno de los castigos más crueles y deshonrosos de ese tiempo.

Detengámonos en la escena de dolor de lo que la crucifixión produce en la vida de una persona, Imaginémonos la sangre y la espalda de un hombre en carne viva, tocando un poste de madera sin ningún tipo de tratamiento, completamente rústico, donde el movimiento de fricción lacera cada punto de su cuerpo, hecho una llaga andante.

¿Para quién era la Cruz?

La cruz no era para cualquier persona, estaba hecha para dos tipos de personas:

La crucifixión no estaba hecha para Romanos, estaba hecha para traidores.  Normalmente no se aplicaba a ciudadanos romanos. Era usada para esclavos, rebeldes, traidores o personas consideradas peligrosas para el poder de Roma. La crucifixión era también un mensaje público: Roma quería decir que nadie podía estar por encima de su autoridad.

Los dos hombres que estaban al lado de Jesús no eran simples personas con errores pequeños. Eran malhechores condenados. Ellos estaban allí porque habían cometido hechos graves. La Biblia no nos da todos los detalles de sus vidas, pero sí nos muestra que estaban pagando una condena real.

Y en medio de esa escena, Jesús estaba con ellos. Jesús, el inocente, estaba contado entre culpables. Jesús, el justo, estaba en medio de dos hombres condenados. Y la respuesta de Jesús fue: «Padre, perdónalos porque ellos no saben lo que hacen” Es una frase profunda de Jesús mostrando su corazón lleno de gracia en medio del dolor.

Y eso es lo que brota de su corazón: amor, gracia y perdón hacia quienes no entendían lo que Él estaba haciendo. Por amor a aquellos que se burlaban de Él, que lo injuriaban y lo blasfemaban, Jesús estaba allí. Por amor a esas mismas personas que lo rechazaban, estaba entregando su vida.

Esto nos recuerda que Jesús vino a buscar a los perdidos. Él no se alejó de los pecadores; Él se puso en medio de ellos para salvar.

Lucas dice: “Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros” Lucas 23:39 (RVR1960).

Este hombre estaba sufriendo, pero aun así usó sus fuerzas para burlarse de Jesús. Él no estaba buscando arrepentimiento. No estaba reconociendo su pecado. Solo quería una salida. Él le decía a Jesús: “Si tú eres el Cristo, sálvate y sálvanos también”.  Él estaba cerca de Jesús, podía escuchar a Jesús, podía ver la actitud de Jesús, pero seguía burlándose.

Esto nos enseña que estar cerca de Jesús no siempre significa rendirse a Jesús, podemos estar cerca de la iglesia, de la Palabra, de personas creyentes, y aun así tener un corazón lejos de Dios.

Este ladrón pensaba solo en sí mismo. Quería que Jesús lo sacara del problema, pero no quería reconocerlo como Señor. Quería alivio, pero no transformación. Quería escapar de la cruz, pero no quería entregar su corazón.

La Biblia advierte que en los postreros días habrá hombres amadores de sí mismos (2 Timoteo 3:1-2, RVR1960). Podemos ver la actitud en este hombre. Él solo pensaba: “Sálvate y sálvame. No pensaba en arrepentirse. No pensaba en la gloria de Dios. No pensaba en su pecado. Solo pensaba en su propia conveniencia.

La Biblia dice “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado Salmo 1:1 (RVR1960). El escarnecedor es el burlón. Cuando nos sentamos con burlones, terminamos pensando como ellos. En la cruz había burlas alrededor, y uno de los ladrones se unió a esa burla.

Mateo nos da otro detalle: “Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él” Mateo 27:44 (RVR1960). Esto significa que al principio los dos ladrones se burlaban de Jesús. Los dos comenzaron en la misma actitud. Los dos atacaron. Los dos hablaron mal.

Pero en algún momento algo pasó en el corazón de uno de ellos. Uno siguió burlándose, pero el otro despertó. Uno permaneció endurecido, pero el otro entró en conciencia. Uno siguió rechazando, pero el otro miró a Jesús de otra manera.

Lucas 23:40-41 (RVR1960).“Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo” 

Este hombre reconoció varias cosas: que debía temer a Dios, que él era culpable y reconoció que Jesús era inocente. Él dijo: “Nosotros recibimos lo que merecemos, pero este no ha hecho ningún mal”.

Este es el inicio del arrepentimiento verdadero. Este ladrón ya no se justificó. No culpó a otros. No dijo: “La vida me hizo así”. No dijo: “No fue mi culpa”. Él aceptó: “Yo merezco estar aquí”.

No podemos ir a Cristo con orgullo, Necesitamos reconocer nuestro pecado, aceptar que hemos fallado. Necesitamos entender que no somos salvo por nuestros méritos, sino por la gracia de Dios

¿Qué hizo cambiar al ladrón?

Podríamos pensar en varias razones por las que este hombre cambió:

Tal vez él había escuchado de Jesús antes, tal vez sabía que Jesús había sanado enfermos, enseñado con autoridad y vivido sin pecado y por eso pudo decir: “Este ningún mal hizo”.

También es posible que las palabras de Jesús tocaran su corazón. Imaginemos a este ladrón oyendo a Jesús decir: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Él estaba al lado de Jesús, sufriendo también, y quizá pensó: “Hay algo diferente en este hombre. Él está siendo rechazado, pero está perdonando”.

Pero más allá de eso, lo más importante fue la obra del Espíritu de Dios. En algún momento, el Espíritu abrió su entendimiento. Por eso la salvación es un milagro.

La oración del ladrón – Oración de Salvación

Después de reconocer su culpa y la inocencia de Jesús, el ladrón dijo: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” Lucas 23:42 (RVR1960).

Esa frase es sencilla, pero profunda. Este hombre no tenía nada que ofrecer y reconoció el señorío del Señor.

Cuando él dijo: “Acuérdate de mí”, estaba reconociendo que Jesús tenía un reino, que era Rey y que podía salvarlo. Él no dijo: “Yo merezco entrar”. Solo dijo: “Acuérdate de mí”.

Este ladrón tuvo fe, reconoció su pecado, reconoció a Jesús y pidió gracia. Lo importante fue el corazón que se rindió. Él tuvo temor de Dios, reconoció su culpa, vio a Jesús como inocente y confió en Él como Rey.

Jesús le respondió: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” Lucas 23:43, (RVR1960).

Esta respuesta nos muestra la gracia de Jesús. El ladrón pidió: “Acuérdate de mí”, pero Jesús le dio mucho más, le dio una promesa segura: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

La gracia no es solo que Dios no me dé el castigo que merezco. La gracia también es que Dios me dé lo que no merezco. Este hombre no merecía el paraíso, pero Jesús se lo prometió. No merecía estar con Cristo, pero Jesús le dijo: “Estarás conmigo”.

La palabra paraíso se relaciona con la idea de un jardín. Jesús le estaba dando una esperanza eterna. Le estaba diciendo que el dolor de ese día no sería el final. Le estaba prometiendo estar con Él en la presencia de Dios.

Jesús siempre da más de lo que podamos imaginar cuando abrimos nuestro corazón a Él

Si no conocemos a Cristo, no sabemos lo que significa vivir con Él. Por eso: “nunca es tarde”. Podemos haber vivido mal, pensar que ya hicimos demasiado daño, creer que no hay perdón para nosotros. Pero si Cristo llama a nuestro corazón pues todavía hay gracia. Nunca es tarde para un corazón que se rinde delante del Señor.

Esta historia es única. Vemos a una persona entregando su vida a Cristo en sus últimos momentos. Pero también puede ser peligroso si alguien la usa como excusa para decir: “Entonces viviré como quiera y al final me arrepiento”, como si se pudiera tener lo mejor de los dos mundos. Y con esto estaríamos asumiendo que es mejor vivir una vida alejado de Dios que vivirla con Él.

Ese pensamiento tiene dos problemas. El primero es pensar que vivir lejos de Dios es mejor que vivir con Él, y eso no es verdad. Lo mejor que nos puede pasar en esta vida es conocer a Cristo. Aun con pruebas, luchas o persecución, vivir con Jesús es vivir con paz, gozo y propósito.

Y el segundo problema es asumir que tendremos tiempo para arrepentirnos después. Nadie sabe en qué momento se va a morir, y es una actitud arrogante pensar que podemos vivir la vida como queramos y en el último momento arrepentirnos.

Juan cuenta que, los judíos pidieron que se quebraran las piernas de los crucificados para que murieran y fueran quitados de la cruz. La Biblia dice: “Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él” Juan 19:31-32 (RVR1960).

Ese día, los dos ladrones murieron. Uno murió confiando en Jesús. El otro murió rechazándolo.

Por no debemos jugar con la gracia. La gracia es suficiente para perdonar, pero no debemos usarla como excusa para seguir lejos de Dios.

Alguien podría decir: “Qué injusto que un hombre malo sea perdonado al final”. Pero debemos recordar algo: todos hemos pecado. Todos necesitamos gracia. Ninguno puede presentarse delante de Dios diciendo: “Yo merezco ser salvo por mi propia justicia”.

La Biblia enseña: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” Romanos 3:23, (RVR1960). También dice: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” Efesios 2:8-9 (RVR1960).

El ladrón salvo no fue perdonado por sus obras. Fue perdonado por gracia. Nosotros tampoco somos salvos por nuestras obras. Somos salvo porque Cristo murió por nosotros y porque el Espíritu de Dios abrió nuestro corazón para creer.

Ese día murieron tres hombres: Jesús murió siendo justo y perfecto. Un ladrón murió justificado por la gracia. El otro murió apartado de Dios.

Hay una historia que ayuda a entender esta verdad. Imaginemos al ladrón llegando a la presencia de Dios. No fue bautizado. No tomó la comunión. No sirvió en un ministerio. No pudo explicar doctrinas profundas. Si le preguntaran por qué está allí, su única respuesta sería: “Porque el hombre que estaba a mi lado me dijo que podía entrar”.

Solo por gracia. No por mérito. No por historial. No por una vida perfecta. Solo porque Jesús abrió la puerta.

Este hombre pasó del dolor de la cruz a la presencia de Dios. Cerró sus ojos en esta tierra, pero al abrirlos encontró la promesa de Cristo. Para el creyente, la muerte no tiene la última palabra. Para el que está en Cristo, lo mejor está en la eternidad con Él.

Pero el otro ladrón tuvo el mismo acceso físico a Jesús y aun así lo rechazó. Estuvo cerca, escuchó, vio, pero no se rindió. Esto me confronta. No queramos estar cerca de Jesús solo por costumbre. Rindamos nuestra vida totalmente a Él.

Oración

Espíritu de Dios, haz lo que solo Tú sabes hacer. Abre el corazón que solo Tú puedes abrir. Toca ese corazón de piedra, sensibilízalo y abre su entendimiento para que hoy pueda conocer la gracia irresistible y el amor tan hermoso de Jesús.

Jesús quiere perdonarnos, sanarnos, transformarnos y abrazarnos Quiere superar cualquier expectativa que tenga de una relación real con Él. Por eso, si el Espíritu Santo habla a nuestro corazón, Quiero decirte: “Señor, yo necesito eso. Estoy lejos de Ti y quiero reconciliar mi vida contigo”.

No importa lo que otros piensen. Si otros se burlan, también se burlaron de Jesús. Pero Jesús siguió adelante con su obra. Hoy el Padre recibe con amor a todo corazón quebrantado que viene por medio de la sangre preciosa de Jesús.

Nunca es tarde, podemos confiar en su promesa, porque la salvación es solo por gracia, solo por Cristo y solo para la gloria de Dios.

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