Testigos de la Cruz - El Centurión Romano
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Testigos de la Cruz – El Centurión Romano

A través de esta serie titulada Testigos de la Cruz, hemos observado los sufrimientos y el proceso de la crucifixión de Jesús desde la perspectiva de distintos testigos.

Al estudiar con mayor profundidad la crucifixión de Jesús, nuestro corazón debe ser avivado. Cuando contemplamos con atención lo que Cristo hizo en la cruz, esto debe despertar en nosotros un deseo renovado de honrarle, conocerle más, acercarnos a Él y dar un mejor testimonio de Su nombre.

Hemos visto a Poncio Pilato, a Barrabás, a las mujeres que estaban al pie de la cruz y a Juan, el discípulo amado. Y ahora llegamos al último testigo de esta serie: el centurión romano

Leemos en Mateo 27:45-54 (RVR1960) lo siguiente:

“y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. 46 cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: A Elías llama este. 48 y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber.  pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle.  Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos. el centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente este era Hijo de Dios.” 

Marcos lo expresa de la siguiente manera:

 “y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de DiosMarcos 15:39 (RVR1960)

Allí estaba este hombre, frente a Jesús, observando Sus últimos momentos, escuchando su clamor y contemplando su muerte.

Para comprender la magnitud de esta declaración, necesitamos entender quién era este centurión, podríamos pensar que es un personaje insignificante, pero Dios hace cosas sorprendentes con lo que podría parecer insignificante.

¿Quién era un centurión romano?

Probablemente este hombre estuvo presente durante todo el proceso de Jesús, desde la flagelación hasta la crucifixión y la muerte.

Los centuriones eran los responsables de las ejecuciones por crucifixión. Cuando el gobernador emitía la orden, ellos se encargaban de todo el procedimiento. Un centurión dirigía entre ochenta y cien soldados romanos. Su función era mantener el orden público, supervisar a los soldados y ejecutar los castigos ordenados por Roma.

Durante una crucifixión, el centurión tenía la responsabilidad de custodiar al condenado, llevarlo al lugar de ejecución, supervisar su crucifixión y permanecer vigilando hasta su muerte.

Los historiadores describen a los centuriones como la columna vertebral del ejército romano. No eran elegidos al azar. Para alcanzar esa posición debían servir entre diez y veinte años como soldados, demostrando valentía, disciplina, estabilidad emocional, liderazgo y absoluta lealtad a Roma.

No eran personas impresionables. Estaban entrenados para enfrentar la violencia, la guerra y la muerte con firmeza, estaban acostumbrados a tomar decisiones bajo presión, habían visto innumerables ejecuciones.

Por eso resulta tan extraordinario que un hombre con esas características terminara pronunciando una de las declaraciones más profundas de todo el relato de la crucifixión.

¿Qué fue lo que quebrantó el corazón de un hombre tan endurecido?

Primero: Vio la manera en que Jesús murió,

Durante las últimas horas en la cruz, Jesús fue objeto de burlas, insultos y desprecio. Los soldados romanos lo golpearon, le colocaron una corona de espinas, lo escupieron y se burlaron de Él.

Sin embargo, Jesús no respondió con odio, no lanzó insultos, no maldijo a quienes lo ejecutaban. Mientras otros condenados probablemente blasfemaban contra Roma o maldecían a sus verdugos, Jesús pronunció palabras completamente diferentes:

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»

El centurión escuchó estas palabras y vio compasión donde normalmente encontraba odio, vio ternura donde esperaba resentimiento, vio misericordia en medio del sufrimiento. Nunca había visto algo semejante.

Segundo: Vio la valentía de Jesús:

Hubo algo más que impactó profundamente a este hombre: el centurión vio una valentía que jamás había presenciado.

Marcos 15:23 (RVR 1690) nos dice “y le dieron a beber vino mezclado con mirra; más él no lo tomó”

Marcos relata que ofrecieron a Jesús vino mezclado con mirra, una sustancia utilizada para aliviar el dolor de quienes iban a ser ejecutados, sin embargo, Jesús lo rechazó.

No buscó alivio, no buscó escapar del sufrimiento, no tomó atajos, decidió soportar plenamente el dolor que debía cargar por nosotros. Isaías había profetizado que Él llevaría nuestras enfermedades y cargaría nuestros dolores. Por amor a nosotros, Jesús decidió enfrentar completamente el sufrimiento.

El centurión observó todo esto y comprendió que no estaba viendo a una víctima indefensa. Estaba viendo a alguien que enfrentaba la cruz con propósito, autoridad y amor.

Nuestro Señor jamás enfrentó la cruz como una víctima, la enfrentó como el Salvador que había venido a cumplir una misión.

Tercero: Vio una muerte diferente a todas las demás

Mateo registra que Jesús clamó a gran voz y entregó Su espíritu.

“Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu” Mateo 27:50 (RVR1960)

Los demás evangelios nos muestran que en ese momento declaró: “Consumado es”

Y también: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”

Incluso en sus últimos momentos, Jesús continuó confiando plenamente en el Padre.

Cuando las Escrituras dicen que entregó Su espíritu, muestran que su muerte no fue simplemente el resultado del sufrimiento físico. Jesús entregó voluntariamente su vida. Él mismo había declarado en Juan 10:18 (RVR1960): «Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo”

Jesús permaneció en la cruz hasta completar totalmente la obra de salvación, no murió antes, tampoco descendió de la cruz, no abandonó su misión, pagó completamente el precio por nuestros pecados.

Para un hombre acostumbrado a observar innumerables muertes, aquello era algo completamente distinto y junto a todo esto ocurrieron señales extraordinarias: hubo tinieblas sobre la tierra, un terremoto, las rocas se partieron y el velo del templo se rasgó. Entonces el centurión comprendió que estaba presenciando algo que iba mucho más allá de una simple ejecución.

Cuarto: Vio que verdaderamente Jesús era el Hijo de Dios.

Frente a todo lo que vio, el centurión hizo una declaración extraordinaria:

«Verdaderamente este era Hijo de Dios.» Mateo 27:54 (RVR196)

Debemos comprender la magnitud de estas palabras, este hombre era un oficial romano, había jurado lealtad al César, toda su formación, identidad y carrera estaban construidas sobre la autoridad de Roma, sin embargo, al contemplar a Jesús en la cruz, reconoció una autoridad superior.

Lo más sorprendente es que no reconoció esa autoridad a través de la fuerza militar, la dominación o la violencia, la reconoció a través del sufrimiento, la mansedumbre, la entrega y el amor.

Lo que Roma consideraba debilidad, terminó revelándole la verdadera grandeza de Cristo: La gracia de Dios alumbró su corazón.

Aquel hombre reconoció lo que muchos otros no pudieron ver: que el crucificado era verdaderamente el Hijo de Dios.

El significado para nosotros

La confesión del centurión nos enseña algo fundamental acerca del evangelio. Creer en Jesús como el Hijo de Dios implica rendir todas nuestras antiguas lealtades. Implica abandonar aquello en lo que hemos confiado durante toda nuestra vida para depositar nuestra fe en Cristo: Eso fue exactamente lo que ocurrió con este hombre.

Y eso sigue ocurriendo hoy, la salvación nos llama a reconocer que Jesús es el Señor y a confiar plenamente en su sacrificio.

Una tradición sobre el centurión

La tradición cristiana identifica a este centurión con el nombre de Longinos.

Aunque este relato no forma parte de las Escrituras, la tradición sostiene que después de presenciar la crucifixión abandonó el ejército romano y dedicó el resto de su vida a predicar el evangelio.

Según esta tradición, dejó atrás su antigua identidad y comenzó a vivir como testigo de aquello que había visto en la cruz, aquel que una vez vigiló una ejecución terminó dispuesto a entregar su propia vida por Cristo. El hombre que había servido al imperio terminó sirviendo al Reino de Dios.

Todo esto nos recuerda el poder transformador de la cruz.

La cruz nos muestra, en primer lugar, quién es realmente Jesús.

Jesús no fue simplemente un profeta. No fue solamente un maestro.

No fue únicamente un mártir. Es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo.

Solo el Hijo de Dios podía enfrentar una muerte así.

Solo el Hijo de Dios podía manifestar un amor tan perfecto.

Solo el Hijo de Dios podía transformar el corazón de un hombre tan endurecido.

Cuando contemplamos la cruz entendemos que tenemos un Salvador valiente, poderoso y lleno de amor.

Un Salvador que nos amó hasta el final.

Como dice Juan 13:1 (RVR11960)

“Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”

El evangelio es para todos.

Jesús no está limitado a un grupo específico de personas, el evangelio no depende de nuestro trasfondo, cultura, conocimiento religioso, o de nuestros errores pasados.

Tal vez algunos nos acercamos a Cristo con muchas preguntas, tal vez otros hemos pasado años alejados de Dios o algunos sentimos que no somos dignos.

La cruz sigue proclamando el mismo mensaje: Cristo entregó Su vida por nosotros y Él nos ama. No importa cuántas veces le hayamos rechazado o cuán lejos pensemos estar: La gracia de Dios sigue siendo suficiente.

El amor de Cristo sigue siendo suficiente para transformar cualquier corazón.

Porque el mismo amor que alcanzó al centurión romano sigue alcanzando vidas hoy. Y cuando contemplamos ese amor, descubrimos que no necesitamos una prueba más: la cruz es suficiente.

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