Situaciones incómodas, Sobre una ruptura emocional.
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Situaciones incómodas, Sobre una ruptura emocional.

Hace unos 10 años o más, previo a un campamento, en el grupo de liderazgo había mucha rencilla. Daniel, el pastor de jóvenes, ya había intentado de todo: nos reunió, nos dio enseñanzas, se sentaba a conversar con nosotros… pero aun así, a solo una semana del campamento, seguían las riñas, la amargura y los conflictos dentro del equipo de liderazgo.

Un domingo antes del campamento nos metió a todos en una oficina y llevó una palangana con agua y tres paños. Nos dijo: “Lávense los pies, pídanse perdón y no salgan hasta que se arreglen.” Duramos ahí como 5 horas; todos nos pedimos perdón, lloramos, y fue un momento muy especial.

¿Cuál es el punto? Que aun dentro de la iglesia seguimos siendo humanos, y van a existir problemas. Me encantaría poder decirles: “Todos somos cristianos, somos buenísimos, nos vamos a amar y siempre nos vamos a llevar bien”, pero no sería cierto. Aunque seamos cristianos, nos amemos y el Señor esté en nosotros, igual vamos a tener roces, discusiones y momentos difíciles.

¿Cómo deberíamos comportarnos cuando atravesamos una ruptura emocional? Ya sea en una amistad o en una relación de noviazgo, especialmente cuando la persona sigue siendo parte de la iglesia, ¿Cómo debemos manejarnos?

También, ¿Qué hacemos cuando esa ruptura ocurre con nuestros hijos? ¿O cuando hay una herida emocional con nuestro pastor?

¿Cómo respondemos y cómo lo procesamos de una manera que honre a Dios?

Vamos a estudiar una historia muy interesante, donde vemos una ruptura emocional profunda. Pero, sobre todo, podemos aprender cómo responder en una situación así conforme al carácter de Cristo.

Porque la manera en que enfrentamos el dolor revela la madurez de nuestra fe.

La forma en la que manejamos el dolor, cuando hemos sido heridos, cuando nuestro corazón es el que está roto, revela que tan madura es nuestra fe.

Empezando en el capítulo 37 de Génesis, vemos quién era José. Jacob, a quien Dios le cambió el nombre a Israel, tuvo doce hijos, de los cuales surgieron las doce tribus de Israel. José era el hijo número once; no era el menor, sino el penúltimo.

José había nacido cuando Israel ya era muy anciano. Desde ese capítulo —e incluso un poco antes— se deja ver que era el hijo favorito. Aunque todos sus hermanos tenían túnicas, José tenía una especial, de muchos colores, que su padre le había dado; era evidente que era diferente a ellos.

Además, José solía informar a Jacob sobre lo que hacían sus hermanos. Ellos iban al campo a trabajar, pero muchas veces se portaban mal. Entonces Jacob enviaba a José y le decía: “Vaya a ver qué están haciendo sus hermanos y me cuenta”. José iba, veía las cosas que hacían —por ejemplo, que no estaban donde debían estar o que se habían ido a distraerse— y luego regresaba a contárselo a su padre.

En algún momento, el Señor comenzó a hablarle a José por medio de sueños. En uno de ellos, se le revelaba que tanto sus hermanos mayores como su propio padre llegarían a postrarse delante de él. Pero, además de ser el favorito, José fue poco prudente: compartió ese sueño delante de sus hermanos, y eso hizo que lo aborrecieran aún más.

Con el tiempo, sus hermanos empezaron a conspirar contra él. En un momento incluso consideraron matarlo, pensando: “Si lo matamos y lo desaparecemos, nos quitamos el problema”. Sin embargo, Rubén intervino y dijo que eso ya era demasiado. Entonces, al ver pasar una caravana de ismaelitas, propusieron otra idea: venderlo como esclavo y así deshacerse de él.

Tomaron la túnica de colores, mataron un animal, la mancharon con sangre y se la llevaron a Jacob, haciéndole creer que José había sido devorado por una fiera.

Vamos a Génesis capítulo 45. En su proceso después de haber sido vendido como esclavo, José finalmente llegó a Egipto. En medio de una situación tan difícil, dolorosa y compleja, el Señor lo respaldó de una manera extraordinaria, al punto que pasó de ser esclavo a convertirse prácticamente en el segundo al mando en Egipto. Llegó a ser el hombre de confianza del faraón, en una posición de gran autoridad.

En ese tiempo, vino una hambruna que golpeó fuertemente a Jacob, a sus hijos y a toda la región donde vivían. Eventualmente, sus hermanos llegan a Egipto y se encontraron con José. Al principio ellos no lo reconocieron, pero José sí sabía quiénes eran. Su padre, Jacob, aún estaba vivo, y José decidió en su corazón: “No les voy a hacer nada todavía, no me voy a vengar”. Así que permitió que se quedaran y, en lugar de dañarlos, los protegió.

En el capítulo 50 leemos que muere Jacob, y cuando su padre fallece, los once hermanos pensaron: “Ahora sí, José se va a vengar por todo lo que le hicimos”. El temor se apoderó de ellos.

Y con este contexto, vamos a ver cómo José manejó esa situación. Intentemos imaginar el nivel de traición y la ruptura emocional que hubo: su propia familia lo rechazó, lo vendió y lo abandonó. Tratemos de ponernos en los zapatos de José.

Un cristiano no ignora el mal recibido, el mal que le han hecho, pero reconoce la justicia de Dios

Leemos en Génesis 50:19 (RVR1960): “Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios?”

Analicemos quién era José; una persona con autoridad y eminente, podía desaparecerlos con solo dar la orden, pero el mismo aun habiendo sido ese hombre herido dice: «No, no me tengan miedo.”

Nos enseña cómo responde el carácter de un hombre que camina con Dios, el mundo o nuestra misma carne nos haría responder diferente, si sufrimos un daño, nuestra carne nos dice, «Defiéndase, contraataque y responda», pero Jesús nos dice que pongamos la otra mejilla.

Y aquí es donde empezamos a chocar, porque recordemos que el camino de Jesús no es simplemente diferente al del mundo, es opuesto. Lo diferente puede tener ciertas similitudes, pero lo opuesto es completamente contrario; es como el agua y el aceite.

Muchas veces, nuestra reacción cuando hemos sido heridos es exponer a quien nos lastimó. Pero Jesús nos enseñó algo distinto: que si alguien nos quita la túnica, también estemos dispuestos a dar el abrigo.

En 1 Corintios leemos que el amor todo lo soporta. Está hablando del amor del Señor, que es perfecto y que debe ser un fruto en nosotros. Si tenemos a Cristo, entonces tenemos al Espíritu Santo, y ese fruto debería ser evidente. Si el Espíritu que levantó a Jesucristo de los muertos habita en nosotros, es inevitable que produzcamos amor.

Piénselo así: si usted tiene un árbol de naranjas, su naturaleza es dar naranjas; si tiene un árbol de manzanas, su naturaleza es dar manzanas. De la misma manera, si tenemos al Espíritu Santo, nuestra naturaleza debe ser dar el fruto del Espíritu.

El cristiano también debe entender que la justicia no le corresponde. No somos jueces. El Señor no ignora ni minimiza el daño que nos han hecho; de hecho, es más consciente de ese dolor que nosotros mismos y cuida de él. Aunque desde una perspectiva humana pensemos que tenemos la razón, la justicia no está en nuestras manos. El único que hace justicia perfecta es el Señor.

La gente pregunta mucho sobre madurez espiritual y tenemos el preconcepto de, «Madurez espiritual es llevar cursos, asistir a todos los cultos, cantar en la alabanza y saberse la biblia”, ninguna de esas cosas está mal, pero el único indicador de qué tan maduros espiritualmente somos, es ¿Qué tanto nos parecemos a Jesús?

“Ustedes se propusieron hacerme mal, pero Dios dispuso todo para bien. Él me puso en este cargo para que yo pudiera salvar la vida de muchas personas Génesis 50:20 (NTV)

Y notemos qué interesante que José se puso en la posición de: «Yo no soy el juez, solo el Señor es el juez”, pero él no negó el mal que sus hermanos le hicieron. El mismo José dice: «Ustedes intencionalmente me dañaron” él no minimizo el error, no se pone en el lugar de juez, pero él no niega el daño que sus hermanos le han hecho.

Ser cristiano, tener amor y tener misericordia no significa ser ingenuo, no significa quedarse quieto en un lugar mientras nos están dañando constantemente, no significa minimizar la herida que le han causado.

Los hombres tendemos a hacer mucho eso, por hacernos los duros y que nada pasó, minimizamos nuestras heridas y las ignoramos, “yo estoy bien” y con eso solo causamos una cosa, no sanar.

– Si no somos conscientes y no exponemos nuestras heridas, estas no van a sanar.

– Le damos lugar a Satanás de que se mantenga en lo oculto y que tome esa herida para levantar amargura en nuestra vida.

– Si no sanamos una herida, se va a quedar ahí y se va a infectar.

Estar en Cristo es opuesto al mundo. ¿Qué dice Pablo en Corintios? donde tú eres débil, Cristo se hace fuerte, no tomemos el lugar de juez, si hemos sido heridos, no alimentemos conversaciones que reabren heridas.

No construyamos nuestra identidad alrededor de la herida, hay personas que la convierten en quiénes son, dicen “Este es mi estandarte y como yo me presento al mundo”, pero esa no es la voluntad del Señor, lo que viene del corazón del Señor es sanarle y restaurarle, que usted viva en plenitud.

Un cristiano decide no permitir que la ruptura defina su carácter.

José pudo haberse vuelto duro, desconfiado, amargado, cerrado y aislado por la traición que vivió. Sin embargo, decidió no permitir que su herida moldeara quién sería. Esa ruptura emocional no definió su carácter; quien lo definió fue la persona de Jesucristo.

Si usted ha sido herido por un pastor, sea en esta casa o en otro lugar, es comprensible la tentación de cerrarse y pensar: “No vuelvo a confiar en nadie, no vuelvo a abrir mi corazón; vengo, escucho la prédica y me voy”. Pero al hacer eso, usted se está privando de muchas de las bendiciones que el Señor quiere darle a través de la iglesia.

Porque la iglesia no es simplemente venir a escuchar a alguien un sábado o un domingo. La iglesia es el cuerpo de Cristo: es tener hermanos que le aman, que le sostienen cuando usted falla; es tener pastores que velan por su vida.

Si, bajo la excusa de haber sido herido, usted decide no dejarse pastorear, está tomando una postura incorrecta. La Palabra nos llama a vivir en sujeción a nuestras autoridades, a ser discipulados y a tener un corazón enseñable.

¿Son perfectas las autoridades? No. Todos fallamos y todos necesitamos gracia. Decirle que sus autoridades serán perfectas sería engañarle. Pero una herida —sea con una autoridad actual o pasada— no debería robarle la bendición de ser discipulado y pastoreado.

¿Qué es lo correcto? Seguir el proceso con Dios, permitir que Él ponga bálsamo en esa herida y traiga sanidad. Porque lo que muchas veces parece protección, en realidad puede ser endurecimiento del corazón. Y ese endurecimiento termina alejándonos de las bendiciones que el Señor tiene preparadas para nosotros.

Un cristiano busca el propósito de Dios en medio de esa ruptura.

En Génesis 50:20, José dijo a sus hermanos, «Yo sé que ustedes me dañaron, pero saben qué, el Señor usó toda esta situación para bien” porque nosotros descansamos en que Él es Bueno y que para los que lo aman, todas las cosas ayudan a bien, aún en medio de situaciones horribles.

Si usted está en medio de una ruptura emocional, eso no significa que lo que vivió fue bueno. Tal vez fue una situación dolorosa con su pareja, con un familiar, con una autoridad, con sus hijos o con sus padres. No es que eso haya sido correcto, pero sí significa que el Señor es capaz de usarlo para bien. Incluso, muchas veces, Él utiliza esas situaciones para quebrantarnos de una manera que produce fruto.

Como cristianos, en medio de ese proceso deberíamos preguntarnos: “Señor, ¿Qué estás formando en mí? ¿Qué me estás enseñando? ¿Me estás enseñando a ser paciente? ¿A confiar más en ti y menos en los hombres? ¿Qué puedo aprender de esto? ¿Cómo puedo responder con integridad? ¿Cómo respondería Jesús en mi lugar?”

Recordemos a Jesús en el momento en que iba a ser arrestado. Llegaron los soldados a capturarlo, y Pedro reaccionó como muchos de nosotros reaccionaríamos: sacó su espada y le cortó la oreja a uno de ellos, intentando defender a su Maestro.

Pero ¿Qué hizo Jesús? Aquel que iba a ser arrestado, golpeado y llevado a la cruz, detuvo a su discípulo, tomó la oreja del soldado, hizo un milagro y lo sanó. Luego continuó su camino, decidido a cumplir el propósito que el Padre había establecido, para que hoy usted y yo tengamos vida.

Nosotros estamos muy acostumbrados a defender lo nuestro: nuestra razón, nuestros derechos, nuestros privilegios, nuestro lugar, lo que creemos merecer. Pero Jesús nos llama a morir a nosotros mismos. Eso significa rendir todo eso. “El que quiera ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”.

Ahora bien, si usted está pasando por una situación así, también es importante detenerse y evaluarse con honestidad. Pregúntese: “¿Estoy aquí porque tomé decisiones que no debía? ¿Me involucré donde no correspondía, con quien no debía, haciendo lo que no debía?” Muchas veces nosotros mismos nos colocamos en ciertas situaciones, y luego preguntamos: “Señor, ¿por qué?”. Pero es necesario también preguntarle: “Señor, ¿fui yo quien se metió aquí?”. Y en su gracia, Él también nos muestra nuestro error para transformarnos.

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