Situaciones incómodas, El pecado de los preconceptos
Este mensaje trata de las presuposiciones: juzgar por sentires, visiones, sueños o emociones, y cómo, por medio de estos preconceptos, terminamos pecando.
Este es un problema muy serio donde la iglesia no es la excepción. Hay personas que hacen juicios y sacan conclusiones sobre otros sin siquiera conocerlos. El problema se vuelve aún más serio cuando se comienza a justificar o camuflar por medio de sentires, sueños o visiones, diciendo: “Dios me habló”, o afirmando que cierta persona es de tal o cual manera.
El tema de las presuposiciones —crear un concepto de alguien sin siquiera conocerlo— es un cáncer para la iglesia de Cristo. Estamos para predicar la palabra del Señor y como iglesia no suavizamos el evangelio. Si tenemos que hablar de pecado y temas difíciles lo haremos; porque creemos que esta es la obra de Cristo, no la nuestra. Nosotros no vendemos principios. Como pastores, nuestra responsabilidad es cuidar la grey.
La autoridad de la iglesia, además de Cristo, es la Palabra. Es lo superior a todo. Creemos firmemente que la Biblia es una sola y es la autoridad por encima de cualquier cosa. Nuestro objetivo con este mensaje no es que nos enojemos o nos entristezcamos, sino que como iglesia podamos madurar en lo que Cristo quiere para nosotros.
Somos una iglesia continuista y creemos que Dios puede hablar, creemos que los dones continúan y que Dios sigue obrando. Eso es parte de nuestra fe y de nuestra declaración. El problema es cuando ponemos los sueños, los sentires o las visiones por encima de la palabra del Señor.
Las presuposiciones están basadas en creer que un sentir, sueño o revelación personal tienen el mismo peso que la Palabra de Dios. Es fundamental recordar que la autoridad final es únicamente la Biblia, completa en sus libros, sin posibilidad de añadirle nada.
A veces, por creer que usamos dones como el discernimiento, terminamos pecando. Puede haber un sentir en nuestro corazón; pero también la Biblia enseña cuál es el proceso correcto cuando eso sucede. Por eso esta serie se llama “Conversaciones incómodas”. Porque muchas veces el juicio no es visible, es silencioso.
A veces hacemos juicios en nuestro corazón por distintas razones, porque alguien hizo algo o dijo algo, y muchas veces eso termina siendo más un tema de orgullo que una verdadera revelación de Dios. A veces nos creemos superiores porque pensamos que una persona es de cierta manera o porque “sé algo” de ella, y eso nos lleva a creernos más. Pero olvidamos algo fundamental: el peor pecador, para usted y para mí, somos nosotros mismos.
En 1 de Timoteo, Pablo escribe: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”. Pablo está diciendo: “Yo soy el peor de todos”. ¿Por qué? Porque solo él conocía lo que había en su corazón, y de la misma manera, solo usted conoce lo que hay en el nuestro.
Entonces la gente llega y dice: “Siento algo raro de esa persona”, o “no me da paz”. Incluso hay quienes toman decisiones basadas en eso: si sentimos o no paz. Pero la paz de Dios es muy diferente a la que nosotros creemos tener. También dicen: “tengo un sentir sobre alguien”.
Y sobre esa base se empiezan a crear ideas preconcebidas acerca de las personas. Se construyen narrativas internas, y de pronto todo el mundo cree que alguien es de cierta manera. Eso se comparte con terceros, y eso es chisme. Se habla con otros; de otros. Y poco a poco se establece distancia. La gente dice: “me voy a alejar porque no sé si es de Dios”.
Pero eso no es discernimiento bíblico. Eso se parece más a una subjetividad espiritual, donde, si la Palabra no es lo primero, cada quien empieza a pensar cosas distintas. Entonces cada quien construye su propia realidad, y terminamos siendo iguales al mundo: relativistas, donde todo es relativo y “mi verdad es la verdad porque yo la siento”.
En Biblia no hay un solo ejemplo donde los discípulos, aun teniendo los dones del Espíritu tan frescos, sanando enfermos como lo hacía Jesús, hayan tenido “sentires” acerca de que otro hermano era malo. Claro que había hermanos malos, como ahora; la Biblia misma dice que la cizaña y el trigo crecen juntos. Eso es normal en la iglesia. Pero no vemos a Pablo diciendo: “siento que tal persona es mala”, ni a Pedro diciendo algo así. Ni una sola vez. Ellos se guiaban por evidencia, no por sentires. Y la iglesia, especialmente en Latinoamérica, tiende mucho a esto porque somos una cultura con una inclinación mística.
Por eso debemos tener mucho cuidado cuando alguien dice: “Dios me dijo” o “Dios dice”. Nosotros creemos que Dios puede hablar, sí, pero nunca va a tener el mismo peso que la autoridad de la Palabra de Dios. También es peligroso cuando alguien dice: “tal persona es apóstol”, y se coloca al nivel de los apóstoles de Cristo. Estos hombres tenían un llamado específico para un tiempo específico: establecer el canon bíblico.
Entonces, cuando alguien hoy se atribuye esos títulos o se coloca en esa posición, está pretendiendo tener la misma autoridad que los apóstoles bíblicos. Y eso hace que lo que esa persona dice tenga el mismo peso que la Biblia… y eso no es así.
Apocalipsis 22:18 (RVR1960) dice: “Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: si alguno añade a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro”. También podemos leer en Gálatas 1:8 que Pablo llama anatema a cualquiera que agregue algo al evangelio de Cristo. Y anatema significa maldito. Esto también tiene respaldo en Deuteronomio.
Así que, tengamos mucho cuidado con los sentires.
Hubo alguien que fue juzgado precisamente por presuposiciones: nuestro Señor Jesucristo. Si vamos a Mateo 13:55, encontramos esta frase: “¿No es este el hijo del carpintero?”.
Pongamos esto en contexto. Jesús estaba predicando las parábolas del reino, y al llegar a Nazaret, su ciudad natal, enseñaba en la sinagoga. La reacción de la gente fue: “¿De dónde tiene esta sabiduría y estos milagros? ¿No es este el hijo del carpintero?”.
Esto no era una pregunta genuina. No estaban buscando información. Era una pregunta de juicio, una afirmación disfrazada. Estaban diciendo: “Este no puede ser más que el hijo del carpintero”.
Quienes dijeron esto no fueron los fariseos ni los saduceos; fueron las mismas personas que crecieron con Jesús, los que lo conocían desde pequeño, los que vivieron con Él en Nazaret. Precisamente ellos.
Note esto: ellos vieron los milagros, escucharon su sabiduría, la evidencia estaba frente a sus ojos. Pero en lugar de seguir la evidencia, recurrieron a la familiaridad para descalificarlo. Como lo conocían desde niño, pensaron: “No puede ser más que nosotros. Todos somos del mismo lugar”.
El argumento no buscaba entender, sino invalidar. “Conocemos su origen, por lo tanto no puede ser el Cristo”. Pero el origen de Jesús no era terrenal, era divino. Sin embargo, ellos formaron un preconcepto basado únicamente en lo que creían conocer. No refutaron su doctrina, porque no podían. No refutaron sus milagros, porque tampoco podían. Entonces atacaron su procedencia, sin ir a la evidencia. Eso es una falacia genética: invalidar algo por su origen.
Vemos algo similar en Juan 1:46 cuando se dice: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Esa también es una afirmación disfrazada de pregunta. Y no lo dijeron los fariseos, sino Natanael —también llamado Bartolomé— quien luego sería discípulo de Jesús.
Nazaret no era un centro religioso ni profético. Tenía una mala reputación cultural. Y Natanael, sin haber visto a Jesús, sin conocerlo, hizo un juicio: asumió que nada bueno podía salir de ahí.
Felipe le dijo: “He encontrado al Mesías”. Y fue cuando Natanael respondió: “¿Puede salir algo bueno de Nazaret?”. No está investigando, está afirmando desde un prejuicio.
Pero la respuesta de Felipe es clave: “Ven y ve”. En otras palabras: examina por ti mismo. Ese es el método bíblico: no suponer, sino examinar. En el Nuevo Testamento vemos cómo se instruye a las iglesias a escudriñar las Escrituras para verificar si lo que alguien enseña es verdad.
Y Natanael hizo eso: fue, examinó, y terminó siendo discípulo de Cristo, al punto de dar su vida por Él.
Otro ejemplo aparece cuando en Juan 7:27 algunos dicen: “Este sabemos de dónde es; pero cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde viene”. Esta, de todas las presuposiciones sobre Jesús, es de las más fuertes.
Esto lo decían personas de Jerusalén. No necesariamente eran líderes religiosos, era gente común, pero con formación religiosa. El problema no era que no supieran nada, sino que habían sido mal enseñados. Ellos conocían las expectativas del Mesías, pero las entendían mal. En ese momento histórico, durante la fiesta de los tabernáculos, había mucha tensión. Los líderes ya querían matar a Jesús, y el pueblo estaba dividido.
Entonces surge este argumento: “No puede ser el Cristo, porque nadie sabrá de dónde viene el Mesías”.
¿De dónde sacaban eso? De interpretaciones humanas. Por ejemplo, del Talmud babilónico, una colección de comentarios rabínicos escritos en el periodo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, cuando hubo unos 400 años sin profecía. En esos escritos, algunos concluyeron —interpretando mal textos como Daniel y Miqueas— que el origen del Mesías sería desconocido.
Pero eso era una mala interpretación. Porque la misma Biblia decía que el Mesías nacería en Belén, que vendría de Galilea, que cumpliría múltiples profecías anunciadas siglos antes.
Entonces, ¿qué pasó? Ellos conocían de dónde venía Jesús —Nazaret, Galilea, su familia— y por eso concluyeron: “No puede ser el Cristo”. Rechazaron al Señor por una idea equivocada que les habían enseñado.
Y aquí hay algo muy importante para nosotros: a veces somos mal enseñados, y desde esa mala enseñanza construimos presuposiciones. Formamos preconceptos, incluso sobre la palabra de Dios. Examinemos la Escritura y no nos quedemos simplemente con lo que alguien dijo.
Estos hombres rechazaron a Jesús no por falta de evidencia, sino por un preconcepto mal formado.
Aquí podemos ver tres errores teológicos distintos, tres casos diferentes que apuntan a un mismo problema: la falta de información, que a su vez produce un exceso de presuposiciones. Cuando tenemos poca información, tendemos naturalmente a llenar los vacíos con preconceptos. Es algo humano, pero también es peligroso.
Algunos de los hombres más brillantes en la historia de la humanidad, como Isaac Newton, Blaise Pascal o incluso más recientemente Francis Collins, han sido creyentes en Jesucristo. Sin embargo, muchas veces las personas, por falta de conocimiento bíblico e histórico, llegan a conclusiones que no tienen fundamento. La Biblia, y en particular el libro de los Hechos es uno de los textos históricamente más respaldados. Asimismo, Jesucristo es el personaje histórico con mayor evidencia documentada. Aun así, hay quienes afirman que no existió. ¿Por qué sucede esto? Por falta de conocimiento, y esa falta de conocimiento abre la puerta a ideas preconcebidas.
Y aunque pensemos que esto ocurre “afuera”, también pasa dentro de la iglesia. Los nazarenos juzgaron a Jesús porque creían conocerlo bien; lo habían visto crecer, conocían su entorno, su familia. Sin embargo, no tenían el entendimiento completo. No podían señalar en Él ninguna falta, ningún pecado. En cambio, nosotros sí tenemos fallas, todos las tenemos. Y aun así, muchas veces juzgamos a otros porque creemos conocerlos, porque sabemos cómo eran antes o porque hemos visto sus debilidades, sin considerar que Cristo puede estar obrando en esa persona.
Este es un tema serio. A veces nos resulta demasiado fácil sacar los errores de otros, como si tuviéramos derecho a hacerlo simplemente porque conocemos parte de su historia. Pero la Escritura dice en Hebreos 8:12 (RVR1960) Dios es propicio a nuestras injusticias y que no se acuerda más de nuestros pecados. Si Dios decide no recordar nuestras faltas, ¿quiénes somos nosotros para hacerlo? Hay un peso muy grande en esto. Ponernos en el lugar de Dios no solo es incorrecto, también es peligroso.
Vemos también el caso de Natanael (Bartolomé), quien juzgó sin tener suficiente información. Pensó que no valía la pena siquiera acercarse a conocer a Jesús. Lo mismo nos puede pasar hoy: conocemos a alguien nuevo, no nos cae bien, no piensa como nosotros, o incluso despierta en nosotros celos o inseguridades, y rápidamente formamos un concepto de esa persona. Y peor aún, a veces le ponemos un sello “espiritual” diciendo: “Siento de parte de Dios esto o aquello”, cuando en realidad ni siquiera conocemos a la persona.
La Biblia no nos llama a ser jueces en ese sentido, nos llama a dar oportunidades, a ser misericordiosos, a esperar y a probar las cosas correctamente. En Filipenses 2:3-5 (RVR1960) se nos dice: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”. Eso es verdadera humildad: considerar a los demás por encima de uno mismo. Es difícil, sí, pero es el estándar al que el Señor nos llama.
Esto implica entender algo clave: el juicio final no nos corresponde a nosotros. No tenemos el “mazo”. Ese lugar le pertenece únicamente a Dios.
Ahora bien, pensemos en la iglesia de Corinto. Probablemente no hubo una iglesia con más dones espirituales que esa. Eran ricos en dones, pero cometían un error grave: usaban esos dones sin amor. Incluso llegaban a discusiones donde unos hablaban más fuerte que otros, usando sus dones como una forma de imponerse.
Por eso Pablo les escribe y les corrige con firmeza. Les deja claro que el motor de todo don es el amor. Que sin amor, incluso lo más espiritual pierde su valor. Dice que podemos hablar lenguas angelicales —una hipérbole—, pero si no tenemos amor, no tenemos nada. Ese pasaje es considerado por muchos como una de las expresiones más profundas sobre el amor jamás escritas.
Pablo concluye que, sin amor, cualquier don —incluso el discernimiento— es solo ruido. Como golpear un sartén: suena fuerte, pero no edifica. No sirve de nada.
Y describe ese amor de manera muy clara: no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor. Es decir, no lleva una lista de errores. No está acumulando fallas de los demás. ¿Por qué? Porque Dios mismo no lo hace. Si Él no guarda nuestros pecados, ¿por qué nosotros sí lo haríamos? No somos superiores a Él.
Ahora, es importante aclarar algo: tener un sentir no es pecado. Podemos experimentar un sentir en su corazón. El problema comienza cuando ese sentir se convierte en un criterio absoluto, cuando lo elevamos al nivel de verdad y empezamos a tomar decisiones o emitir juicios basados en eso.
La Biblia advierte claramente en Jeremías que el corazón es engañoso más que cualquier otra cosa. Nuestro corazón no siempre acierta. Todos hemos tenido experiencias donde sentimos algo que no era correcto: relaciones equivocadas, decisiones mal tomadas, percepciones erradas. Eso demuestra que no podemos confiar ciegamente en lo que sentimos.
Además, Gálatas enseña que el creyente sigue luchando con la carne. Esa lucha es constante, mientras estemos en este cuerpo. Y la carne no se limita a pecados evidentes; también incluye actitudes internas como celos, inseguridad, comparación, heridas del pasado. Muchas veces, esos factores influyen en nuestros “sentires” hacia otras personas.
Por eso, un sentir puede nacer de experiencias pasadas, heridas emocionales o conflictos internos; y no de una revelación divina. Y si no somos cuidadosos, terminamos llamando “discernimiento” a algo que en realidad es simplemente una reacción de nuestra carne.
Cuando elevamos un sentir a la categoría de juicio, terminamos usurpando una autoridad que no nos pertenece: la autoridad de Dios mismo.
1 Corintios 4:5 (RVR1960) lo dice claramente: “Así que no juzguen a nadie antes de tiempo, es decir, antes de que el Señor vuelva; pues Él sacará a la luz nuestros secretos más oscuros y revelará nuestras intenciones más íntimas. Entonces Dios le dará a cada uno el reconocimiento que le corresponda”.
La instrucción es clara: no juzguen antes de tiempo. ¿Hasta cuándo? Hasta que el Señor vuelva. No se trata de esperar unos meses o un tiempo determinado; es hasta su regreso. Y el Señor aún no ha vuelto por segunda vez. Por lo tanto, ese juicio le corresponde únicamente a Dios.
Cuando entendemos esto, también entendemos algo más profundo: que el peor pecador, para cada uno, es uno mismo. Para usted, es usted; para mí, soy yo. Y si reconozco eso, y entiendo que mi hermano debe ser considerado superior a mí, entonces no tengo base para juzgar. No puedo hacerlo, porque reconozco mi propia condición.
Pablo establece un límite muy claro: juzgar las intenciones es dominio exclusivo de Dios. Y aquí está el problema con muchos “sentires”: la mayoría apuntan a suponer intenciones. Es creer que sabemos lo que hay en el corazón de la otra persona. Decimos cosas como: “no siento que sea sincero”, “tiene doble intención”, “no es genuino”. Pero eso es precisamente lo que la Escritura prohíbe, porque nadie conoce el corazón de otro.
Incluso se escuchan afirmaciones más fuertes: “él no es de Dios”, “ella es falsa”, “no es de Jesús”. Y muchas de estas cosas se dicen dentro de la iglesia basadas únicamente en percepciones. Sin embargo, la realidad es que los falsos nunca fueron expuestos por “sentires”. Nunca. Siempre fueron expuestos por sus obras, por lo que hacían, no por lo que alguien suponía de sus intenciones. Las intenciones las conoce solo Dios.
Podemos ver ejemplos claros. En Gálatas, ciertos hombres fueron confrontados porque distorsionaban la doctrina: decían que la gracia era importante, pero que debía añadirse obras. La evidencia era clara: habían alterado el evangelio. En Corinto, los problemas eran visibles en su conducta: pleitos, desorden, pecado evidente.
Jesús mismo dijo: “Por sus frutos los conoceréis”. Y ese fruto no se refiere a una caída puntual, porque entonces todos estaríamos condenados. Todos pecamos. Si alguien cree que no, basta con compararse con el estándar de Cristo. Nadie lo cumple perfectamente. Solo uno lo hizo: Cristo.
Por eso, cuando Jesús habla de frutos, se refiere a algo observable y constante, no a un error aislado. En Corintios también se nos enseña que, cuando un hermano cae, el amor nos lleva a cubrirlo, a protegerlo. Lo que verdaderamente evidencia la fe son obras que reflejan arrepentimiento.
Juan también confronta a los fariseos diciéndoles que no confíen en su linaje, sino que produzcan frutos dignos de arrepentimiento. Es decir, podemos ver a alguien fallar, pero si está luchando contra su pecado, es su hermano. En cambio, si alguien vive en un patrón continuo de pecado sin ningún remordimiento, eso evidencia que algo no está bien. Aun así, en ninguno de los casos somos llamados a juzgar como Dios juzga.
El proceso bíblico es claro. Si tenemos dudas o un sentir, Jesús enseñó: “Ve y repréndele estando tú y él a solas”. No dice que haga chisme, que lo comente con otros o que construya una narrativa. Tampoco dice que se aleje en silencio. Dice que vaya directamente a la persona, que hable con ella, que confronte en amor, entendiendo que usted puede estar equivocado.
Porque sí, podemos equivocarnos. Somos humanos. Fallamos. Solo la Palabra de Dios es infalible; solo Dios no se equivoca.
Cuando ignoramos esto y comenzamos a vivir guiados por sentires —“yo siento”, “tuve un sueño”, “tuve una visión”— terminamos cayendo en lo mismo que el mundo: el relativismo. Hoy se vive bajo la idea de que lo que siento define mi verdad. Pero si la iglesia adopta ese mismo patrón, pierde toda diferencia con el mundo.
Nuestro estándar no es lo que sentimos; es Cristo y su Palabra. Nada más.
Hoy en día, la evidencia muchas veces deja de importar. Las personas se guían por emociones. Pero la Escritura advierte que el corazón es engañoso. Eso no es espiritualidad; es relativismo práctico, y se convierte en un cáncer para la iglesia.
Es irónico, porque quienes juzgaron a Jesús pensaban que estaban defendiendo a Dios. Decían: “Conocemos su origen, no puede ser el Cristo”. Creían tener discernimiento, pero estaban equivocados. Y hoy puede pasar lo mismo: cuando la iglesia juzga por sentires, puede estar rechazando la obra de Dios. Incluso puede convertirse en piedra de tropiezo para lo que Él está haciendo en otros.
Para cerrar, hay un ejemplo poderoso en el libro de los Hechos. Los discípulos, después de la resurrección, pasaron de ser temerosos a predicar con valentía lo que habían visto: que Cristo resucitó. No fue solo una experiencia emocional; fue un hecho que presenciaron.
Los líderes religiosos los arrestaron, y en medio de ese juicio se levantó un fariseo llamado Gamaliel, un hombre respetado, maestro de la ley. Él pidió que sacaran a los apóstoles y dijo: “Y ahora os digo: Apartaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; mas si es de Dios, no la podréis destruir; no seáis tal vez hallados luchando contra Dios”. Hechos 5:35-39 (RVR1960)
Y la historia lo confirma: el evangelio se extendió por todo el mundo. La obra no se detuvo. Entonces, ¿qué significa esto para nosotros? Que muchas veces podemos estar oponiéndonos a personas que en realidad son parte de la obra de Dios. Por eso, el Señor nos llama a ser misericordiosos, así como Él lo es. Él es tardo para la ira y grande en misericordia.
Somos llamados a no juzgar las intenciones, a no vivir de sentires, sino a ser pacificadores, amorosos, a reflejar el carácter de Cristo. A ser una iglesia que da oportunidades.
Porque, si somos honestos, Dios nos ha dado muchísimas oportunidades a nosotros. Y si no fuera por eso, ninguno estaría aquí.
Así se vive el cristianismo: siendo misericordiosos como Él ha sido misericordioso con nosotros.
Oremos:
Padre, gracias por tu palabra. Sabemos que seguirte no es fácil, especialmente cuando hemos sido heridos o cuando nos cuesta volver a confiar. Pero queremos ser más como Tú y menos como nosotros. No queremos estorbar tu obra ni luchar contra lo que estás haciendo.
Ayúdanos a ver como Tú ves, a extender gracia, a ser una iglesia que da oportunidades. Y si nos equivocamos, que sea mostrando misericordia.
Señor, hemos visto a muchos caer y alejarse, pero creemos que Tú sigues obrando. Porque así eres Tú: fiel, paciente y lleno de gracia.
Haznos más como Cristo y menos como nosotros.
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