Agradecidos - Ansiedad y Agradecimiento
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Agradecidos – Ansiedad y Agradecimiento

Posiblemente a muchos nos ha pasado que hemos subido a un bus o ido a algún restaurante, dijimos gracias y nadie nos devolvió el agradecimiento.

En esta cultura poco agradecida, muy orgullosa y cero empática, como cristianos e hijos de Dios también hemos caído en eso. Ya no le decimos gracias a nadie porque pensamos que nos van a tratar mal o hacer caras feas. Entonces, para evitarnos un momento incómodo no lo hacemos, y en la iglesia también nos ha pasado. 

El objetivo de este mensaje es motivarnos los unos a los otros a ser más activos en la acción de gracias con el fin de poder vencer la ansiedad.

Filipenses 4:6-7 Reina-Valera 1960 dice: «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». Cuando estamos en el afán de esta vida, nuestra mente y corazón se llenan de un montón de cosas absurdas. Los pensamientos nos empiezan a abrumar, a veces ni siquiera nos dejan dormir tranquilos. 

Tal vez estamos comiendo algo rico y de repente pensamos que si mañana no pagamos tal cosa entonces va a pasar esto otro, se va a hacer un problema y eso va a ocasionar tal consecuencia y así sucesivamente. Imaginamos todo lo que va a pasar y no ha pasado. Es algo super cansado y agobiante, por eso la palabra de Dios habla sobre la paz que va más allá de nuestro entendimiento, guarda nuestros corazones y pensamientos de todas esas cosas tan abrumadoras que experimentamos como seres humanos, y más en esta sociedad.

¿Qué es el afán?

Estas son tres formas de definirlo:

  1. Esfuerzo y dedicación. Se refiere al empeño, trabajo o dedicación intensa que una persona pone para lograr algo. Todos hemos estado ahí en algún momento. 
  2. Deseo intenso. Es un sinónimo de anhelo o interés profundo por algo, como cuando alguien tiene un afán por alcanzar una meta. Es un deseo incansable que no podemos apagar.
  3. Prisa o ansiedad. También puede describir un estado de urgencia o de preocupación excesiva. 

En el trabajo, la escuela y todos los ambientes en los que estamos luchamos mucho contra esto, con la prisa y querer lograr las cosas ya. Si vemos que a alguien le va mucho mejor entonces nos metemos en la cabeza que ahora tenemos que levantarnos a las 3:00 a.m. y hacemos caso a las redes sociales que dicen que para ser exitosos tenemos que levantarnos tempranísimo para ser ganadores. Nos empezamos a llenar de tonterías, basura y de repente estamos en una condición de ansiedad profunda.

¿Cómo se ve la ansiedad hoy en día?

Se ve como estrés, dolores de espalda, de estómago, insomnio. El Señor quiere curarnos de todas esas cosas, sanarnos de esas presiones que nos hemos puesto y que la sociedad también nos ha colocado. La Palabra nos dice “nada de afán».

Cabe mencionar que la causa número uno de las enfermedades degenerativas es el estrés, por eso Dios quiere hablarnos hoy de esto. Puede ser que este año esté siendo un corre corre, con una necesidad profunda de nuestro corazón por alcanzar metas, vernos mejor físicamente, estar mejor económicamente.

Por eso, dividimos el pasaje anterior en tres temas principales:

  1. El Señor nos dice “nada de afán”. 
  2. Inmediatamente nos dice cómo vencerlo: con oración, ruego y acción de gracias.
  3. Por último, nos da una promesa. 

¡Qué bueno es el Señor! Damos gracias a Dios por su Palabra y lo que hace. Él nos dice “hijos, no es por acá. Para vencer hagan esto y si lo consiguen van a recibir esto otro”. Probablemente todos queremos recibir, que nuestra familia también lo haga y viva sin afán. Después de nuestra oración como hijos de Dios, rogamos, pero cuando el Señor responde hay muy poca inversión de tiempo en dar gracias. Tal vez Él respondió algo increíble y en nuestra mente solo decimos gracias. Seguimos con nuestra vida y ni siquiera llegamos en la noche a doblar rodillas y agradecerle por lo que hizo.

Este versículo usa la palabra “thanksgiving” para referirse a la acción de gracias. Noviembre es el mes en el que se celebra esta tradición estadounidense. La Biblia menciona acción de gracias, y no es simplemente abrir nuestra boca y decir gracias, sino que implica una acción. Dios no solo está esperando que podamos decirlo sino actuar.

A través de la historia de los diez leprosos, la cual cuenta uno de los milagros más increíbles de sanidad, el Señor nos ayuda a entender cómo es que Él está buscando que seamos agradecidos, y por consecuencia vamos a vencer la ansiedad, el estrés y las preocupaciones en nuestra vida.

Lucas 17:11-12 Reina-Valera 1960 dice: «Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos». Entre Samaria y Galilea se encontraba el río Jordán. En la época de Jesús, estas tres regiones formaban parte de Palestina. Esto quiere decir que este era un territorio complicado, había tensión y encuentros de israelitas judíos con extranjeros. Al observar la cultura judía, podemos identificar numerosos conflictos culturales y problemas, los cuales aún se reflejan en las guerras que presenciamos en la actualidad.

¿Por qué los diez hombres leprosos se pararon lejos de Jesús? Porque eran inmundos. Según la Palabra de Dios un leproso no podía acercarse a las personas, no porque la misma sociedad haya creado esta regla o porque la ley haya dicho eso, sino porque la Biblia lo decía. La lepra, también conocida como mal de Hansen, es una enfermedad infecciosa crónica causada por una bacteria. Tenerla implica en casos avanzados perder dedos o extremidades y que la cara se desfigure totalmente.

Pensemos en el estado en el que esas personas podían estar, su vida se había acabado totalmente, eran despreciadas por su apariencia física. Levítico 13:45-46 Reina-Valera 1960 dice: «Y el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ¡Inmundo! ¡Inmundo! Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada». Esto está en la Palabra del Señor. Podemos imaginar cómo un ser humano con esta condición puede experimentar ansiedad y estrés. Una persona que tiene que poner fin a sus sueños, su relación con seres queridos y la sociedad, que tiene que apartarse y con los únicos que puede tratar son con los que tienen la misma enfermedad.

Continuando, Lucas 17:13-14 Reina-Valera 1960 dice: «y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes». Con base en esto nos puede surgir la pregunta ¿por qué Dios no los sanó inmediatamente?, ¿por qué les dijo esto? La Biblia narra en Levítico que la única persona que podía decir que alguien era sano era un sacerdote, nadie más, ni un médico. Tenía que salir del campamento, revisarlos, presentar sacrificios y después de un tiempo ver si ya no tenía ninguna llaga ni marca para poder entrar otra vez al campamento y a la sociedad. Entraba realmente limpio solo si un sacerdote lo había dicho.

Seguidamente, Lucas 17:14 Reina-Valera 1960 dice: «y aconteció que mientras iban, fueron limpiados». Hay un momento en el que ellos tenían que experimentar la fe. Jesús no los sanó inmediatamente. Ellos debían empezar un viaje hasta la persona que les iba a decir oficialmente que eran sanos, mientras lo hacían y eran obedientes a lo que Jesús dijo fueron limpios.

¿En qué momento realmente fueron limpios en el camino?, ¿unas horas o minutos después, a la mitad, casi llegando donde el sacerdote? Entre más nos alejamos de la persona que nos sanó, más nos convertimos en personas poco agradecidas. 

¿Qué no ha hecho el Señor Jesucristo por nosotros?, ¿de dónde no nos ha sacado? A veces nuestra vida está totalmente alejada de Él y es ahí cuando nos volvemos poco agradecidos. El sacrificio más importante que alguien hizo por nosotros fue Jesús. ¿Cómo no vamos a estar cerca de Él?, ¿cómo volver otra vez a nuestra fiesta, prácticas de antes, a lo que éramos? Él nos rescató de todo nuestro pecado. Su Palabra es fiel y dice que nuevas criaturas somos. ¿No nos haría eso ser ingratos? Seres humanos sin nada de agradecimiento. Eso es lo que somos muchas veces.

En la misma línea, Lucas 17:15 Reina-Valera 1960 dice: «Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y este era samaritano». Lo primero que hicieron los leprosos cuando estaban unidos y lejos de Jesús fue levantar la voz y decirle que tuviera misericordia de ellos. Si tomamos esta parte y la conectamos con el primer pasaje que vimos donde el Dios nos dice que para vencer la ansiedad tenemos que rogar y orar, parece que todos ellos hicieron esto pero solo uno cumplió con ser agradecido, la acción de gracias.

¿Cómo somos después de una semana de misericordias? Donde hubo comida en nuestra casa, pudimos ver a nuestra familia y disfrutar de ir a nuestro trabajo. Una semana llena de milagros tal vez, vamos a la iglesia y ni siquiera tenemos la intención de abrir nuestra boca para decir ¡Santo! No hay un pensamiento de inclinarnos delante del Señor. Somos ingratos, quejumbrosos y orgullosos.

Estamos en una situación tan mundana, ¿cómo no vamos a padecer de ansiedad y un montón de cosas si estamos tan lejos de Jesucristo? ¿Cómo no vamos a tener dificultades para dormir si ni siquiera tomamos en serio la oración, el rogar al Padre y ser agradecidos en nuestra casa y entre nosotros mismos? Damos las cosas por sentado, como si nos mereciéramos todo, el dejar de ser leprosos, tener la posibilidad de salir con bien e ir a trabajar. Todo se vuelve al merecimiento cuando no somos dignos de nada, y aún así  Jesucristo nos quiso dar todo.

¿Qué hubiésemos hecho si hubiéramos sido uno de esos leprosos? A veces, cuando recibimos un milagro en vez de ir a adorar a Dios vamos y retomamos inmediatamente lo que habíamos dejado de hacer. No sabemos cuál habrá sido la vida de esos diez leprosos, qué prácticas habrán tenido, en qué trabajaban, si alguno fue delincuente, tuvo problemas con la lujuria o simplemente eran buenos padres de familia. En ocasiones, cuando el Señor responde a nuestras oraciones lo primero que hacemos es correr a nuestras prácticas mundanas, a lo que hacíamos y a quien éramos en vez de volver a Él y darle gracias. Si aplicáramos esto entre nosotros mismos, ¿qué tan agradecidos somos unos con otros? 

Lucas 17:17-18 Reina-Valera 1960 dice: «Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Este hombre limpio fue y se postró a los pies de Jesús y el Señor no expresó algo sobre su nueva condición inmediatamente. Lo primero que hizo fue preguntar por los otros nueve que fueron sanados. Somos así, a veces llevamos a Dios a que manifieste este carácter en el que no mostró agradecimiento aún porque solo vino uno y eran diez.

¿Cuántos somos en la iglesia? A veces solo unos cuantos abren su boca para adorar al Señor, alzan sus manos, se van a su casa, ¿realmente terminan con sus prácticas pecaminosas? No todos los sanados que reciben un milagro y a quienes Dios les dio misericordia vuelven a Él. Vemos por la pregunta de Jesús que está esperando que vengan todos. El que se acercó era el menos indicado, un extranjero. Por la sociedad en la que estaba era el que menos se esperaba, pero fue el que vino y dijo gracias.

Lucas 17:19 Reina-Valera 1960 dice: «Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado». Con esto surgen varios temas:

  1. ¿Qué hizo al leproso volver a demostrar esta gratitud?,  ¿qué provocó que este ser humano que había estado en una situación miserable de vida, de todos esos, volviera? Primeramente, lo que le había pasado era extraordinario. Imaginémonos con nuestra piel llena de llagas, tal vez sin algunas extremidades y que de repente las tengamos de nuevo, que ya no tengamos que decir que somos inmundos. Eso fue lo que hizo el Señor en nosotros. Estábamos alejados completamente de Él, metidos en nuestro pecado, sin salvación, lo único que nos esperaba era la muerte y Dios nos hizo limpios y aceptos delante de Él. 
  2. Ese leproso nunca más tendría que andar en las calles y decir en voz alta que era inmundo. Ahora podía expresar a grandes voces que estaba limpio, y más allá de eso, gritar que también era salvo. Nosotros podemos andar en la calle diciendo que ya no somos desamparados ni lo que éramos antes. Somos hijos de Dios, pertenecemos a la familia del Señor.
  3. El leproso no solo fue sanado sino que se arrepintió. No sabemos cómo fue su vida antes y por qué estaba tan agradecido de ser sano. Es esa gratitud que entra en nuestro corazón y espíritu de decir, “Señor, de donde tú me sacaste, es increíble lo que has hecho, cuando yo estaba tan perdido”. 
  4. Él decide romper el protocolo. Sabe que ya está limpio y en vez de ir a encontrarse primero con el sacerdote, tal vez pensando en que lo declarase sano, o en desviarse del camino para saludar a sus seres queridos, o irse de una vez a trabajar o a sus malas prácticas porque ya estaba sano, él decide devolverse donde Jesús. Él vio algo en Él que tal vez los otros no vieron, vio su rostro, es posible que haya podido ver que él era Emmanuel (Dios con nosotros). Puede que ya hubiese escuchado de Él y conseguido verlo. Ya él estaba limpio, si iba no tenía que pararse lejos y hablarle, podía ir a sus pies. Cuando el Señor nos hizo limpios y puso su espíritu en nosotros, tenemos entrada directa al Padre. Ya no tenemos que pararnos fuera del templo, podemos ir directamente donde Él y postrarnos a los pies del maestro. 
  5. Recordemos que el sacerdote era el único que podía declarar oficialmente a una persona con lepra como limpia y darle el permiso para entrar en la sociedad otra vez. Hebreos 7:24-27 Reina-Valera 1960 haciendo referencia a Jesús, dice: «mas este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo». El leproso iba donde el sacerdote pero se devuelve a darle las gracias a Jesús y cuando llegó a sus pies, quien bíblicamente es el sumo sacerdote, se acercó y llegó donde el verdadero sacerdote.

Según el versículo, es quien tiene el poder para hacernos limpios, pero también para salvarnos. El leproso se devolvió para encontrarse con el maestro, con Jesús, y cuando llegó a sus pies recibió directamente salvación del Creador de los cielos, Emmanuel (Dios con nosotros).

¿Nos damos cuenta cómo la acción de gracias de esta persona lo llevó a encontrarse tan profundamente con Jesucristo? Ese leproso somos nosotros que en un momento de nuestra vida el Señor limpió y nos dijo: “Ahora eres hijo mío”. Él puso el Espíritu Santo en nosotros, nos selló y con esto nos dijo “son míos para siempre”.

¿Cómo no vamos a ser agradecidos por eso? Somos de Dios eternamente. Él vendrá por nosotros, le veremos cara a cara como lo hizo este leproso. Probablemente en ese momento  nuestra acción de gracias no sea como a veces lo es, que por tanto afán, ansiedad y estrés nos quejamos y confundimos. Ahí derramaremos toda nuestra existencia para alabarle.

Reflexión / Oración

¿Cómo no ser agradecidos con quien puede vencer nuestra ansiedad y estrés? 

Padre, estás hablando hoy a nuestro corazón, trayendo esta palabra porque tal vez a muchos nos cuesta respirar sin estar tan agitados. Hay veces en las que tenemos ataques de pánico por la ansiedad, o llegamos en la noche, no podemos dormir y tenemos que tomar una pastilla. Esto afecta desde niños hasta adultos mayores.

Estamos en una sociedad en la que hay tanta presión por alcanzar cosas. Esperando estar sanos de algo para salir corriendo otra vez a seguir con nuestra vida. Hoy vemos la vida del leproso, quien vio más que una sanidad, a Jesucristo, lo más preciado que tenemos. Muchos queremos milagros y cosas en nuestra vida, Señor, coloca en nuestro corazón un profundo anhelo por disfrutar simplemente de tu presencia, de quien eres para nosotros y lo que has hecho.

No es simplemente dar gracias, son acciones de gracias. Dios, pon esas acciones en nosotros. Muchas de esas serán dejar de practicar algo o hacer las cosas correctas. Queremos hacer la acción de gracias que hizo el leproso, a tus pies, como lo hizo delante de Jesucristo.

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