Jonás, el amor de Dios para los perdidos - Cuando experimento la gracia
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Jonás, el amor de Dios para los perdidos – Cuando experimento la gracia

A pesar de las adversidades y dificultades que enfrentamos, cuando experimentamos la gracia en medio de los momentos más oscuros, Dios manifiesta su favor y su misericordia sobre nuestra vida.

Jonás era un profeta de Dios. Dios le hablaba, lo usaba y le mostraba con claridad lo que debía hacer. Sin embargo, aunque era un hombre que conocía la Palabra, cuando Dios lo envió a Nínive, Jonás decidió ir en dirección contraria.

Tomó un barco con rumbo a Tarsis, pero una tormenta enviada por Dios sacudió la embarcación. Los marineros echaron suertes, descubrieron que Jonás era el responsable y, al confrontarlo, él no mintió: “Sí, fui yo”. Finalmente, lo lanzaron al mar.

No hay nada peor que sentirse solo en medio del mar. Así se encontraba Jonás.

Jonás 2:1-10 Reina Valera 1960 (RVR1960) nos dice:

“Entonces oró Jonás a Jehová su Dios desde el vientre del pez, y dijo: <<Invoqué en mi angustia a Jehová, y él me oyó; desde el seno del Seol clamé, y mi voz oíste. Me echaste a lo profundo, en medio de los mares, y me rodeó la corriente; todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí. Entonces dije: Desechado soy de delante de tus ojos; más aún veré tu santo templo. Las aguas me rodearon hasta el alma, rodéame el abismo; el alga se enredó a mi cabeza. Descendí a los cimientos de los montes; la tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre; más tú sacaste mi vida de la sepultura, oh Jehová Dios mío. Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová, y mi oración llegó hasta ti en tu santo templo. Los que siguen vanidades ilusorias, su misericordia abandonan. Mas yo con voz de alabanza te ofreceré sacrificios; pagaré lo que prometí. La salvación es de Jehová.>> Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra”

Hoy quizá podamos identificarnos con dos tipos de personas:

Por un lado, estamos quienes llevamos muchos años en la fe: hemos servido en distintas áreas, conocemos la Palabra, pero en algún momento podemos sentir que Dios ya no tiene nada más para nosotros, como si se hubiera olvidado de nuestras vidas.

Por otro lado, estamos quienes somos nuevos en la fe y decimos: “He sido tan malo… no creo que Dios pueda hacer algo conmigo”.

Para ambos, la gracia de Dios sigue estando disponible. Algo que debemos tener claro es que en nuestra vida habrá tribulación y momentos difíciles. Cuando observamos la historia de Jonás, encontramos a un hombre que fue arrojado al mar. Muchos piensan que el pez fue un castigo, pero no fue así: fue un rescate. Jonás pudo haber muerto ahogado, pero Dios envió un pez para salvarlo. Algunos teólogos debaten si fue una ballena, un tiburón o un pez grande. Sin embargo, más allá de qué tipo de animal fue, lo importante es que el Señor envió un pez salvador. Dios usó lo más inesperado para rescatarlo.

De la misma manera, cuando atravesamos crisis, Dios también utiliza “peces salvadores” que no siempre se parecen a lo que nosotros quisiéramos, pero sí a lo que realmente necesitamos. Dios obra a su manera, porque Él hará que su propósito se cumpla, tanto en nosotros como en aquellos a quienes debemos hablar de Él.

Jonás necesitaba estar en el vientre del pez para reencontrarse con el Dios que pensaba que lo había desechado. Necesitaba ese lugar para que la dureza de su corazón fuera transformada. A veces es necesario pasar por momentos oscuros para que Dios trabaje profundamente en nuestro corazón y permita que su voluntad se cumpla en nosotros.

El vientre del pez era oscuro, maloliente y estrecho, como una pescadería. Pero ahí —en lo peor— Dios transformó el corazón rebelde de Jonás. Muchas veces culpamos al enemigo de lo que nos sucede, cuando en realidad somos nosotros mismos, por nuestras decisiones, quienes nos metemos en problemas. No todas las angustias vienen del diablo; muchas provienen de nuestra propia desobediencia.

Dejemos de ver la prueba como algo negativo y, más bien, en medio de ella busquemos a Dios y pidámosle que transforme nuestro corazón y nuestra manera de pensar.

Jonás conocía la Palabra de Dios y aun así era rebelde. Esto nos enseña que el conocimiento por sí solo no nos libra de la rebeldía del corazón. Para que Dios haga su obra, muchas veces tendremos que hacer lo que no queremos o lo que no nos gusta. Nuestro corazón debe estar siempre dispuesto.

La oración de Jonás, incluso, cita algunos Salmos:

Salmo 86:6 (RVR 1960)

“Escucha, oh, Jehová, mi oración, y está atento a la voz de mis ruegos.”

Salmo 42:7 (RVR 1960)

“Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.”

Jonás tenía la Palabra guardada en su corazón. Cuando llegó el momento de la angustia, supo cómo orar. Hoy muchos oran diciendo: “Señor, dame una palabra”, y el Espíritu Santo podría responder: Hijo, cuando busco en tu corazón, solo encuentro cosas del mundo y no la Palabra de Dios”.

Llenemos nuestro corazón de la Palabra, para que en el día malo tengamos de dónde aferrarnos.

Jonás no pone excusas; reconoce su rebeldía y su pecado. Clama desde el Seol y confiesa que su Dios es fuerte y poderoso. Su mayor anhelo es buscar a Dios. Cuando buscamos a Dios, permitimos que nuestro corazón sea escudriñado.

Dios no lo rescató como Jonás hubiera querido. Si hubiera dependido de él, quizá habría pedido caminar sobre el mar como Pedro, un barco de rescate o incluso un buzo con tanque. Pero Dios obra como Él quiere, no como nosotros queremos. La lógica de Dios no es la lógica del hombre.

La historia de Jonás nos recuerda la naturaleza misericordiosa y amorosa de Dios para cada uno de nosotros. La angustia puede hacernos sentir en el abismo e incluso darnos la impresión de que el problema es tan grande que Dios no puede hacer nada.

Sin embargo, Dios obra y actúa en aquel que está dispuesto a creerle. Cuando atravesamos angustia y dificultad, es fácil permitir que la tristeza y la depresión tomen el control de nuestro corazón. En otras palabras, le estamos diciendo a Dios: “Entrego el trono de mi corazón a la angustia, a la dificultad y a la tristeza, porque mi confianza ya no está en el Señor”.

Las angustias de esta tierra no pueden quitarnos esta palabra: “Puestos los ojos en Jesús, Él autor y consumador de la fe” Hebreos 12:2 Reina Valera 1960 (RVR 1960).

Hay situaciones en nuestra vida que nos llevan a sentirnos como Jonás, la pregunta es: ¿Cuál es nuestra respuesta a la adversidad y a la dificultad? ¿Se vuelve la queja o se vuelve la alabanza confiando en quién es nuestro Dios?

En el capítulo 2 de Jonás; ¿quién fue el mayor ejemplo de obediencia? El pez.

Algunos puntos importantes para reflexionar:

* Obediencia: Dios le dijo al pez: “Ve, trágate a Jonás.” Y el pez obedeció. Luego Dios le dijo: “Ahora vomítelo en la orilla.” Y el pez obedeció; no puso excusas.

* No cuestionemos a Dios: Aprendamos del pez, no cuestionemos nada a Dios, Él tiene control sobre todas las cosas.

* Así como la prisión fue el lugar de adoración para Pablo y Silas, el pez fue el lugar de oración para Jonás. Ser un gran hombre o mujer de Dios no nos libra de momentos difíciles, pero sí nos enseña dónde acudir: a la oración.

* Dios nos enseña a tener paciencia a través del pez: Jonás esperó tres días, debió tener paciencia.

* La misericordia triunfa sobre el juicio: porque Jonás fue el primero en encontrar salvación y misericordia, antes de ir a predicar a Nínive. 

* Dios usa toda excusa para glorificar y honrar su nombre: En la ciudad de Nínive, adoraban un dios que era mitad hombre y mitad pez y algunos escritos extrabíblicos cuentan que en Nínive llegó una vez un hombre, mitad hombre y mitad pez, a hablar de un dios diferente a ellos. 

El mismo Dios que envió al pez, que dio la orden al pez, que habló a Jonás y que transformó la vida de la gente en Nínive, es el mismo Dios que murió y resucitó por nosotros.

Reflexionemos y pidamos a Dios que nos ayude.

Pidámosle perdón por nuestros malos caminos y por nuestra desobediencia. Dios no se acerca a nosotros para juzgarnos, sino para derramar su gracia sobre nuestras vidas. Por eso debemos ser honestos delante de Él. Necesitamos que Dios haga algo en nuestro interior; necesitamos ser transformados por Él.

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