Jonás, el amor de Dios para los perdidos - Amor bajo las aguas
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Jonás, el amor de Dios para los perdidos – Amor bajo las aguas

La mayoría conocemos la historia de Jonás y siempre la relacionamos con este hombre y la ballena, y concluimos que causa de su rebeldía él terminó siendo tragado por el pez. Sin embargo, muchas veces nos quedamos solo con ese episodio, cuando en realidad este libro es mucho más profundo y hay aún más contenido detrás de ese relato profético.

Quisiera compartirles una historia personal acerca de cuando nací de nuevo. Las historias personales nos ayudan a conectar y a relacionarnos mejor. 

Cuando comencé mi nueva vida en Cristo, venía de un mundo muy distinto. Tenía una banda de rock secular, pero al encontrarme con el Señor decidimos entregar nuestro talento a Él y comenzar a hacer música para su gloria. Así nació una banda de rock cristiano, con la que tocábamos donde se nos abriera la puerta, tanto en iglesias como en lugares no cristianos. En unos nos rechazaban por ser cristianos y en otros por no parecerlo, pero aun así el grupo creció.

Con el tiempo, Dios nos permitió ministrar incluso en otros países, y el ministerio parecía avanzar con fuerza. Sin embargo, al mismo tiempo la iglesia comenzó a demandar más de nosotros. Servíamos en la alabanza y en los jóvenes, y llegó un punto en que ambos ministerios empezaron a chocar, con eventos el mismo día. Al principio lo resolvíamos como podíamos, pero llegó un momento en que ya no fue sostenible.

Y entonces comenzó una lucha dentro de mí. Porque lo que empezó sin expectativas se había convertido en un sueño. Y ya no se trataba solo de una agenda apretada: era mi sueño contra el sueño de Dios. ¿Qué quería yo… y qué quería Dios?

Teníamos muchos amigos en otros grupos y hoy, con mucho dolor, se lo digo: prácticamente todos escogieron sus propios sueños, y prácticamente ninguno sigue caminando con Dios. Nosotros, en cambio, tomamos una decisión distinta: renunciar a nuestros sueños para abrazar el sueño de Dios.

Los líderes y pastores de esta congregación somos el resultado de un día en el que decidimos renunciar a lo nuestro para obedecer a Dios.

¿Por qué le cuento esta historia? Porque esto es precisamente de lo que trata el libro de Jonás. Es la historia de una lucha entre Jonás y Dios. Es el choque entre el plan de este hombre y el plan de Dios. Es ver cómo los deseos de Jonás entran en conflicto con la voluntad de Dios, y cómo Dios obra en la vida de este personaje.

El libro de Jonás forma parte de los llamados profetas menores, lo cual no significa que sean de menor importancia; se les llama así simplemente porque son libros más cortos, en contraste con los profetas mayores, que son más extensos. Y aun siendo un profeta menor, el libro de Jonás es completamente distinto al resto de los libros proféticos.

Otros libros proféticos suelen seguir un mismo patrón: Y Dios habló a Isaías en tal año…”, y luego Dios le dice: “Ve y dile esto al pueblo”. Así es Isaías, así es Ezequiel, así es Nahúm… así funcionan la mayoría de los libros proféticos. Pero Jonás es diferente y es más que solo un mensaje profético.

En los libros proféticos normalmente encontramos nombres, lugares y personajes bien definidos: sabemos quién es quién. En Jonás no sucede así. Casi todos los personajes son anónimos: el rey de Nínive no tiene nombre, los marineros tampoco, y prácticamente no hablan. Son figuras sin identidad, porque la historia no gira alrededor de ellas. La historia central es la relación entre Dios y Jonás, y cómo ambos comienzan a confrontarse, a lidiar el uno con el otro.

Esto nos lleva a una pregunta clave: ¿es la historia de Jonás real o alegórica? Es una pregunta válida, porque el relato suena demasiado extraordinario. “Un gran pez se lo tragó…” Entonces uno se pregunta: ¿esto ocurrió realmente o es solo una historia simbólica?

Alegórico significa un relato cargado de figuras literarias que no ocurrió literalmente, sino que transmite un mensaje.

Sin embargo Jesús dice en Mateo 12:39 Nueva Traducción Viviente (NTV) lo siguiente:

“Solo una generación maligna y adúltera exige una señal milagrosa, pero la única señal que se le dará será la del profeta Jonás. Así como Jonás estuvo en el vientre de un gran pez tres días y tres noches, así el Hijo del Hombre estará en el corazón de la tierra tres días y tres noches. El día del juicio, los habitantes de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se arrepintieron al escuchar la predicación de Jonás. Y ahora alguien superior a Jonás está aquí, pero ustedes no quieren arrepentirse”.

Las palabras de Jesús confirman que Jonás fue una persona real y que lo que ocurrió con él sucedió verdaderamente. Poner en duda la historia de Jonás es, en el fondo, poner en duda la autoridad y la credibilidad de Cristo.

Además, el libro de Jonás está escrito como una narración histórica. Cuenta la vida de un personaje real, mencionado no solo en este libro, sino también en otros pasajes bíblicos y en fuentes históricas externas, como los escritos de Flavio Josefo.

Ahora bien, ¿quién era este hombre llamado Jonás? 

Jonás en el capítulo 1 dice así:

“El Señor le dio el siguiente mensaje a Jonás, hijo de Amitay”. Hasta ahí todo suena normal en un libro profético. Levántate y ve a la gran ciudad de Nínive, y pronuncia mi juicio contra ella, porque he visto cuán perversa es su gente”.

Todo sigue el patrón típico… hasta el siguiente verso.

“Entonces Jonás se levantó y fue en dirección contraria para huir del Señor. Descendió al puerto de Jope, encontró un barco que partía hacia Tarsis, pagó su pasaje y se embarcó con la esperanza de escapar del Señor”.

Aquí hay algo interesante. El nombre Jonás significa “paloma”. ¿Y qué representa la paloma en la Biblia? Paz y obediencia. Y era hijo de Amitay, cuyo nombre significa “fidelidad”.

Tenemos entonces a la “paloma obediente”, hijo de “fidelidad”, huyendo de Dios. Dios le dice: “Ve allá”, y Jonás decide ir exactamente en la dirección opuesta. ¿Podemos ver la ironía del libro? Es totalmente contrario a lo que uno esperaría. El hombre escogido por Dios no responde con obediencia, sino con un corazón duro y rebelde.

2da de Reyes nos dice que Jeroboam II recuperó los territorios de Israel, desde Leboamat hasta el Mar Muerto, tal como el Señor, Dios de Israel, lo había prometido por medio del profeta Jonás.

Esto nos muestra que Dios usaba a Jonás y le daba profecías claras. Jonás, hijo de Amitay, era profeta de Gat-Hefer. Este lugar estaba ubicado en la región del Mar de Galilea y desde allí Dios llamó a Jonás ir a Nínive.

Nínive estaba ubicada en lo que hoy conocemos como Irak, al noreste de donde se encontraba Jonás. Era un viaje de varios días. Dios lo llamó a ir hacia allá, pero Jonás decidió hacer todo lo contrario: bajó al puerto de Jope, tomó un barco y se dirigió a Tarsis.

Literalmente, Dios le dijo: “Ve en esta dirección”, y Jonás decidió ir en la dirección opuesta. 

Y la pregunta es inevitable: ¿por qué?

¿Por qué huye? Jonás era un profeta de Dios. Era un hombre que conocía a Dios, que escuchaba Su voz y entendía Su voluntad.

Para responder esa pregunta, necesitamos hablar un poco de Nínive.

Nínive era la capital del Imperio Asirio, probablemente el imperio más poderoso de su tiempo. Y el origen de una ciudad dice mucho acerca de su carácter. El origen de las cosas suele revelar por qué funcionan como lo hacen.

La Biblia nos dice que esta ciudad fue fundada por Nimrod, un personaje que aparece en el libro de Génesis, en el contexto de la Torre de Babel. El nombre Nimrod significa literalmente “el que se rebela contra Dios”. Un enemigo de Dios fundó una ciudad que reflejaría exactamente ese espíritu.

En realidad, Nínive no era una sola ciudad, sino un conjunto de cuatro grandes ciudades que crecieron tanto que terminaron uniéndose. Para que nos hagamos una idea, algo parecido a lo que hoy sería una gran área metropolitana. Se estima que Nínive tenía cientos de miles de habitantes.

Y en medio de toda esa multitud, la Biblia describe a Nínive como una ciudad profundamente perversa.

Entonces la pregunta es: ¿qué tan perversa era realmente?

El libro de Nahúm nos lo dice en capítulo 3:1-5:

“¡Ay de Nínive, ciudad de crímenes y mentiras! Está llena de riquezas y nunca le faltan víctimas. Se oye el chasquido de los látigos y el estruendo de las ruedas; los caballos galopan y los carros de guerra avanzan sin control. Las espadas brillan, las lanzas resplandecen, y hay innumerables cadáveres en las calles. Son tantos los muertos que la gente tropieza con ellos. Todo esto por culpa de Nínive, la ciudad seductora e infiel, experta en hechicerías, que con su encanto engañó a las naciones y atrapó a los pueblos.”

Ahí podemos identificar una larga lista de pecados: rebeldía, violencia, muerte, hechicería, brujería, maldición. Nínive era una ciudad profundamente corrupta y además un poder opresor que dominaba y violentaba a los pueblos que la rodeaban.

Entonces surge la gran pregunta: ¿por qué Jonás no fue a Nínive? ¿Por qué huyó?

En lo personal tengo dos posibles respuestas. La primera: miedo.

Jonás debía ir a un pueblo pagano y anunciarles: “Si no se arrepienten, Dios los va a destruir”. Eso era prácticamente firmar una sentencia de muerte. Ahora bien, los profetas estaban acostumbrados a dar mensajes difíciles; cada palabra profética implicaba riesgo. Jonás ya había enfrentado ese tipo de situaciones antes.

Por eso surge una segunda hipótesis, y creo que es la más fuerte: odio.

Jonás conocía a Dios y conocía la Palabra. Más adelante, en su oración, él cita varios textos bíblicos. Él sabía perfectamente que no se puede huir de Dios. Como dice el salmo: “¿A dónde huiré de tu presencia?”.

Aun así, Jonás hace algo absurdo: intenta escapar del Dios omnipresente y se va lo más lejos posible, en la dirección contraria. En el fondo, su acción estaba diciendo: “Renuncio a mi llamado, renuncio a mi ministerio, no quiero dar este mensaje”. Y entonces vienen las consecuencias. 

Jonás 1:4 nos dice: “El Señor envió un fuerte viento sobre el mar, y se desató una gran tempestad que amenazaba con despedazar el barco. Los marineros, aterrados, clamaban a sus dioses y arrojaban la carga al mar para aligerar la nave”.

Y mientras todo eso ocurría, Jonás —el profeta de Dios— dormía profundamente en la bodega del barco.

El capitán bajó y le gritó: ¿Cómo puedes dormir en medio de esta situación? Levántate y ora a tu Dios; quizá Él tenga compasión de nosotros y no perezcamos”.

Aquí hay una verdad clave, hermanos:

La desobediencia personal nunca se queda solo en lo personal. Empieza afectándonos a nosotros, pero termina afectando a los que están a nuestro alrededor. Los que van en el barco con nosotros también pagan las consecuencias. Basta recordar a Israel en la guerra, cuando uno solo abrió la puerta al pecado y muchos terminaron pagando el precio.

Y hay algo profundamente irónico en esta historia: los incrédulos temían a Dios, clamaban, reaccionaban; y el profeta que conocía a Dios… dormía.

Por eso creo que el libro de Jonás es un espejo para el creyente. Porque muchas veces, cuando leemos la Biblia, nos identificamos con los héroes. Nos vemos como David venciendo gigantes…

¿Y por qué casi nunca nos identificamos con Goliat? Porque muchas veces somos Goliat. Muchas veces no somos los discípulos que siguen a Jesús, sino los fariseos que resisten Su verdad. Y en esta historia, en mayor o menor medida, todos somos Jonás.

Todos, de alguna forma, en medio de la tempestad, cuando Dios nos llama a levantarnos y a orar… seguimos dormidos en el fondo del barco.

En medio de la tormenta, la tripulación decidió echar suertes para descubrir quién había provocado aquel desastre. Usaban piedras con los nombres de cada persona a bordo, las colocaban en una bolsa y sacaban una al azar. Y la suerte señaló a Jonás.

Quedó claro: el problema era él.

Entonces los marineros lo enfrentaron:

“¿Por qué nos ha venido esta tormenta? ¿Quién eres? ¿A qué te dedicas? ¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu nación?”

Jonás respondió:

“Soy hebreo y temo al Señor, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra”.

Detengámonos un momento. Dice: “Temo al Señor”. Pero el temor a Dios no es huir de Él; el temor verdadero se expresa en la obediencia. Y los marineros se aterraron aún más cuando Jonás les confesó que estaba huyendo de ese Dios. Entonces exclamaron: “¿Cómo se te ocurrió hacer algo así?”

Aquí vemos algo interesante: Dios usa incluso situaciones ajenas, incluso paganas, para confrontar a Sus hijos. No fue la suerte; fue Dios exponiendo el corazón de Jonás.

Los incrédulos le preguntan por su identidad, y el profeta responde: “Temo a Dios”. Y uno podría decir: “Sí, claro… se nota”.

Y aquí viene la pregunta para nosotros:

Muchas veces decimos que somos cristianos, pero vivimos igual que todos. Decimos que somos cristianos, pero toleramos el pecado, hablamos como el mundo y actuamos como el mundo. Entonces la pregunta es sencilla: ¿se nota o no?

Curiosamente, en esta historia los que parecen temer a Dios son los marineros. Eran hombres del mundo, viajeros, gente que había escuchado historias. Cuando Jonás dijo que servía al Dios de Israel, seguramente reconocieron quién era ese Dios: el que libertó a Israel, el que abrió el mar, el que cumplió promesas y respaldó a Su pueblo. Y por eso su reacción fue tan fuerte:

“¿Cómo se te ocurre ir en contra de ese Dios?”

La tormenta seguía empeorando, así que le preguntaron:

“¿Qué debemos hacer contigo para que el mar se calme?”

Y Jonás respondió:

“Échenme al mar. Yo soy el culpable de esta tormenta”.

En otras palabras, Jonás estaba diciendo: “Prefiero morir antes que arrepentirme”. Pudo haber orado, pudo haberse humillado y estoy seguro de que Dios habría tenido misericordia. Pero Jonás se negó a ceder. Prefirió el mar antes que obedecer.

Es como cuando decimos: “Está bien, voy a ir a la iglesia, voy a ser cristiano”, pero al mismo tiempo afirmamos: “Nunca voy a perdonar a mi papá o a mi mamá. Nunca voy a soltar esta herida. Aunque me lo digan, yo voy a seguir igual”.

¿Ve la identificación que debemos hacer aquí? Su corazón estaba endurecido, y Dios no puede obrar en un corazón duro.

Jonas 1:13 Nueva Traducción Viviente (NTV) nos dice: “Sin embargo, los marineros siguieron remando con más fuerza para llevar el barco a tierra, pero la tempestad era tan violenta que no lo lograron”.

Ellos intentaron preservar la vida de ese hombre cuando sabían lo que tenían que hacer y lucharon con todas sus fuerzas. Entonces, temiendo a la situación clamaron al Señor, Dios de Jonás, y le dijeron: Oh Señor”, le rogaron, “no nos dejes morir por el pecado de este hombre y no nos hagas responsables de su muerte. Oh Señor, has enviado esta tormenta sobre él y solo tú sabes por qué”. Jonas 1:14 (NTV)

Estos hombres respetaron al que Dios había elegido, al ungido, y no lo mataron. Tuvieron tal temor de Dios que dijeron: “No voy a tocar a Jonás”. Cuando ya no vieron otra salida, clamaron a Dios, se arrepintieron de lo que estaban a punto de hacer y de sus pecados. Finalmente, reconocieron el señorío de Dios.

Si eso no es nacer de nuevo, entonces no sé qué lo es. Estos hombres pasaron por el plan de salvación y se volvieron a Jehová. Dijeron: “Señor, perdónanos. Vamos a echarlo al mar porque no nos queda otra opción, pero desde ya te pedimos perdón, porque entendemos que esta tormenta viene de ti. Nos sometemos a tu voluntad”.

Jonas 1:15-16 (NTV) dice:

“Entonces los marineros tomaron a Jonás y lo lanzaron al mar embravecido, ¡y al instante se detuvo la tempestad! Los marineros quedaron asombrados por el gran poder del Señor, le ofrecieron un sacrificio y prometieron servirle.”

Y yo le voy a decir esto: ellos quedaron tan asombrados que el temor a no morirse en la situación pasó a ser un temor hacia Dios, de reverencia al Señor. Y ellos adoraron y levantaron ofrenda de adoración y dijeron: “¿Saben qué? Lo único que podemos hacer es adorar porque este Dios es real, y este Dios lo que demanda de nosotros es obediencia”. Y en el momento donde fuimos obedientes, vimos que todo se detuvo y la gloria de Dios se levantó. Y si este es el Dios real, es el único Dios al que serviremos; es el Dios al cual seguiremos y el Dios al cual adoraremos.

Jonas 1:17 (NTV) “Entre tanto, el Señor había provisto que un gran pez se tragara a Jonás; y Jonás estuvo dentro del pez durante tres días y tres noches.”, justo como Jesús lo había dicho más adelante.

Aquí vemos el amor de Dios por los ninivitas, un pueblo corrupto y pecador que una y otra vez quebrantaba su ley. Aun así, Dios los vio con misericordia y envió a su mensajero con un mensaje claro: “Arrepiéntanse y vuélvanse a mí, porque yo los amo”.

Muchas veces venimos pensando que no merecemos el amor de Dios. Tal vez hoy creemos que hemos fallado demasiado.

Isaías 1:18 (NTV) nos dice: “Vengan ahora. Vamos a resolver este asunto —dice el Señor—. Aunque sus pecados sean como la escarlata, yo los haré tan blancos como la nieve. Aunque sean rojos como el carmesí, yo los haré tan blancos como la lana.”

Dios puede y quiere tocar y transformar tu vida hoy. Quiere mostrarte que no hay amor como el suyo, sanar tus lágrimas, llenar tus vacíos y cambiar tu historia.
Solo necesita una cosa: un corazón dispuesto.

Jonás finalmente fue, predicó y toda Nínive se arrepintió y se volvió a Dios. Fue uno de los avivamientos más grandes de la historia: una ciudad entera entregándose al Señor.

El segundo grupo son los marineros. Ellos conocían a Dios solo de oídas, pero no le habían entregado el control de sus vidas. Por eso Dios permitió la tormenta, no como castigo, sino como una bendición. Esa tormenta fue el instrumento que los llevó a rendirse delante de Él.

A veces nosotros vemos la tormenta como una maldición, cuando en realidad puede ser la forma que Dios usa para llamarnos de regreso. Dios no busca solo que vivamos cómodos; Él busca nuestra eternidad. Dios no toma el segundo lugar: o Él es el centro de tu vida, o no lo es.

La pregunta es clara: si Dios te quitara todo, ¿le adorarías igual? Si hoy estás en medio de una tormenta, tal vez no es para alejarte de Dios, sino para llevarte a sus brazos, porque aún en medio del juicio, Dios sigue mostrando su amor.

El tercer personaje es Jonás. A él se le había dado mucho, y por eso se le demandó más. La disciplina fue más dura, no porque Dios lo odiara, sino porque lo amaba. La prueba creció al nivel de su terquedad, hasta llevarlo a tocar fondo.

Muchas veces pensamos que el pez fue el castigo de Dios, pero no lo fue. Jonás debió morir ahogado. El pez fue el rescate: la gran provisión de Dios, su misericordia envolviendo a Jonás para salvarle la vida. En medio de su desobediencia, Dios lanzó su salvavidas.

Porque Dios disciplina, sí, pero siempre con un solo propósito: rescatarnos y traernos de regreso a Él.

Para aquel creyente que ha estado tratando de huir de su llamado, tratando de huir de lo que Dios tiene; tal vez sí le conoces, pero hay algo que te está manteniendo duro y frío, esa falta de perdón, atado, sin caminar, prueba tras prueba tras prueba; y hoy el Señor mandó un mensajero con un mensaje, y Él quiere doblegar tu corazón.

Isaías 43:1-3 dice:

Pero ahora, oh Jacob, pero ahora, oh hijo de la promesa, pero ahora escucha al Señor, quien te creó. Yo te digo: escucha a tu Dios, el que te creó, el que te trajo. Oh Israel, el que te cambió el nombre y te dio identidad, el que te formó, te dice:

‘No tengas miedo, porque yo he pagado tu rescate. Te he llamado por nombre; mío eres. Cuando pases por las aguas profundas, yo estaré contigo. Cuando pases por los ríos de dificultad, no te ahogarás. Cuando pases por el fuego de la opresión, no te quemarás. Las llamas no te consumirán, pues yo soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador.’”

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