Se Buscan Adoradores - ¿Por qué adoramos?
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Se Buscan Adoradores – ¿Por qué adoramos?

En esta miniserie abordamos tres temas: qué es la adoración, por qué adoramos y cuáles son las expresiones de la adoración; entendiendo que no es lo mismo expresar adoración que comprender por qué debemos adorar. La adoración tiene que ver con una sola cosa: la obediencia.

Es importante romper ciertos paradigmas dentro de la iglesia cristiana acerca de la adoración, porque muchas veces hemos reducido su significado y nos hemos alejado de lo que verdaderamente es. Por eso comenzamos aclarando lo que la adoración no es. Si la adoración es obediencia, entonces no se limita a un tiempo de música.

Puede expresarse a través de la música, pero no comienza con la primera nota ni termina con la última. Tampoco se reduce al momento de la ofrenda; aunque la incluye, no la define por completo. No consiste únicamente en cantar como comunidad ni en congregarnos, porque esas son solo algunas de las maneras en que expresamos nuestra adoración.

Por lo tanto, si la adoración es obediencia, entonces consiste en hacer lo correcto por convicción y por acciones, no por emociones. Adoramos cuando obramos y vivimos en obediencia. Existe un movimiento dentro de la iglesia en general que nos parece muy peligroso: reducir la adoración únicamente a hacer música.

Si la adoración es obediencia y la obediencia se refleja en acciones, cualquier persona, aun sin haber nacido de nuevo o viviendo en pecado, puede reaccionar emocionalmente ante la música, levantar las manos o danzar sin que su espíritu haya sido verdaderamente transformado. La adoración genuina brota del espíritu.

De nada serviría levantar las manos si por dentro estuviéramos corrompidos; eso no constituye un aroma fragante para Dios. En muchos casos, la adoración se ha reducido a una simple “experiencia emocional”. Incluso cuestionamos que se sustituyan términos como culto, reunión o convocatoria de los santos por la expresión “experiencias de adoración”, pues los jóvenes de hoy suelen asociar la palabra experiencia con las emociones, cuando en realidad la adoración es la respuesta obediente a un Dios que conocemos. Es una respuesta racional, fundamentada en quién es Él.

La verdadera adoración es una actitud permanente. No comienza cuando cruzamos la puerta de la iglesia. El creyente se levanta cada día y el Espíritu de Dios lo guía a adorar en cada decisión: al orar, al servir a su familia, al traerla a la iglesia, al levantar las manos o al escuchar la Palabra. La adoración tiene que ver con entendimiento y conocimiento; adoramos porque comprendemos quién es Dios y lo que Él ha hecho.

El Salmo 115:1-3 (RVR1960) proclama que la gloria no nos pertenece a nosotros, sino al Señor: «No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria; por tu misericordia, por tu verdad. ¿Por qué han de decir las gentes: «¿Dónde está ahora su Dios?» Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho»

Este pasaje nos cautiva porque confronta directamente nuestro orgullo. Nos recuerda que la adoración no gira alrededor de nosotros, sino que dirige nuestra mirada y nuestro enfoque únicamente a la cruz de Cristo.

Para comprender mejor el contexto histórico los Salmos 113 al 118 son conocidos como los Salmos del Halel egipcio. Eran himnos que el pueblo de Israel cantaba después de la Pascua (Pesaj) para recordar cómo Dios los había librado de la esclavitud, los había sacado de la cautividad, los había sustentado y cuidado en medio del desierto. En Mateo 26:30 (RVR1960) leemos: “Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos”. A partir de esto, animamos a los músicos a inspirarse en estos textos y componer canciones basadas en las mismas verdades que la Biblia registra que el pueblo de Dios cantaba.

El Salmo 115 lleva por título “Reconocimiento de la soberanía de Dios frente a los ídolos”. Dios es soberano. Nuestra adoración, el levantar las manos o nuestras ofrendas no lo hacen más grande ni más rico, porque Él ya es dueño de todo y no depende de nosotros.

Si Dios es plenamente suficiente, ¿por qué nos pide que le adoremos? Salmos 115:4 (RVR1960) nos dice: “Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombres”.

Este pasaje nos muestra que todo ser humano adora por naturaleza. Siempre adoramos aquello que ocupa el centro de nuestro corazón y se convierte en la razón que orienta nuestras decisiones.

Algunos ídolos antiguos fueron el dios Quemó, en cuyas manos ardientes se sacrificaban niños vivos mientras tocaban tambores para ocultar sus gritos; un dios pagano de la fertilidad; el dios del dinero; y la diosa Isis, que representaba la inmoralidad sexual. Aunque quisiéramos pensar que hemos evolucionado, los ídolos siguen estando ahí con diferentes máscaras.

Muchos habrán visto la imagen del toro de Wall Street como representación del dinero y el capital, por el cual muchas personas trabajan día y noche sin tiempo para Dios. La fiesta, el alcohol, los bailes inmorales, la pornografía y el aborto (con 65 millones de sacrificios en Estados Unidos) son las expresiones de los dioses de nuestra sociedad actual.

En el Salmo 115:5-8 (RVR1960) leemos como estos “dioses”: Tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven; Orejas tienen, mas no oyen; Tienen narices, mas no huelen; manos tienen, mas no palpan; Tienen pies, mas no andan; No hablan con su garganta. Semejantes a ellos son los que los hacen, Y cualquiera que confía en ello”

Satanás sabe que la adoración nos transforma a la imagen de lo que adoramos. Quien adora el dinero, el fútbol, la fiesta o su propio cuerpo, termina hablando, vistiéndose y actuando en función de eso, volviéndose sordo y mudo espiritualmente.

A partir de lo anterior, podemos reflexionar en seis enseñanzas:

Primero: podemos ver que la adoración transforma nuestro ser. Los que adoramos a Jesús entendemos que al acercarnos al único Dios verdadero somos transformados a su imagen. Al postrarnos con humillación, nuestro corazón se hace humilde como el de Él; si venimos quebrados, salimos fortalecidos.

Segundo: al adorar crecemos en amor y generosidad. Cuando nos envolvemos en el amor del Padre, empezamos a amar a otros de forma sincera, y recordamos que todo lo que tenemos proviene de Él, lo que nos lleva a dar con los brazos abiertos.

Tercero: la adoración nos hace crecer en fe y santidad. Al escuchar y cantar la palabra crecemos en fe, y al encontrarnos con el Dios santo, anhelamos ser vasos de honra para Él.

Cuarto: podemos notar que la bendición de Dios está sobre los que le temen. Como nos dice el Salmo 115:9-11 (RVR1960) Oh Israel, confía en Jehová; Él es tu ayuda y tu escudo. Casa de Aarón, confiad en Jehová; Él es vuestra ayuda y vuestro escudo. Los que teméis a Jehová, confiad en Jehová; Él es vuestra ayuda y vuestro escudo” No tengamos miedo de la gente, en cambio respetemos a Dios y confiemos en que Él tiene el control.

Quinto: reconocemos que Dios se acuerda de nosotros y nos bendecirá. El Salmo 115:12 (RVR1960) nos dice:Jehová se acordó de nosotros; nos bendecirá; Bendecirá a la casa de Israel; Bendecirá a la casa de Aarón”.

Sexto: hemos sido llamados a ser sacerdotes espirituales. En 1 Pedro 2:8-9 se nos recuerda que somos un real sacerdocio para mostrar la bondad de Dios. Nuestra obligación como sacerdotes —según el apóstol Pablo— es presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo cada día. Entre más nos cueste ese sacrificio, más agradable y dulce será para Dios. Nuestro testimonio transformado por el Espíritu Santo se convierte en el reflejo de su poder para cambiar a otros. 

Reflexionemos entonces en nuestra propia vida, leyendo el Salmo 115:17-18 (RVR1960): “No alabarán los muertos a JAH, Ni cuantos descienden al silencio; Pero nosotros bendeciremos a JAH Desde ahora y para siempre Aleluya” Los únicos que tienen derecho a quedarse callados y no alabar al Señor son los muertos, los que están separados de Dios. Pero nosotros, los que estamos conectados a la fuente de vida y sumergidos en su gracia, bendeciremos a Jehová desde ahora y para siempre. No hay excusa para no adorar.

Reconocer a Dios como centro implica entregar la ofrenda que verdaderamente nos duele. Esto nos invita a entregarle a Dios todo lo que estorba: el odio, la falta de perdón, los resentimientos, los vicios, la inmoralidad o la idolatría del dinero.

El mensaje es claro confrontándonos con una pregunta fundamental: ¿Qué ofrenda traes al Señor?

Nuestras decisiones presentes tendrán consecuencias futuras. Permitamos que nuestro corazón se llene de su presencia y luchar en esta guerra espiritual contra el enemigo. Recordemos que fuimos creados para adorar y que en la presencia del Señor pasaremos día y noche adorando Su hermosura.

Ocultar nuestros problemas no los resolverá. Necesitamos permitir que Dios rompa la religiosidad estructurada y transforme nuestras vidas.

Finalmente, hagámonos una pregunta personal y profunda:

¿Realmente adoramos a Dios?

¿Estaríamos dispuestos a entregar lo que estorba, a actuar en obediencia en medio del dolor, a levantar las manos en libertad, a cantar con el corazón y a permitir que su gloria descienda para traernos un corazón humilde y obediente?

Ser cristianos no es un evento semanal, sino una decisión diaria. Que requiere una actitud permanente en el espíritu.

Y así, finalmente vemos que la historia del Salmo 115 no es solo un relato del pasado, sino un espejo de nuestra propia obediencia.

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