Situaciones incómodas, Sobre las decepciones
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Situaciones incómodas, Sobre las decepciones

¿Quién no ha pasado por situaciones incomodas?

Todos hemos pasado por situaciones incomodas.  Las decepciones hacen parte de la vida, pero debemos afrontarlas con una fe madura, con un corazón sano, y una esperanza firme en Dios; nuestro objetivo es que al finalizar esta enseñanza podamos afrontarlas de esta manera.

La Real Academia Española define la decepción como un sentimiento de tristeza o descontento que surge cuando algo o alguien no cumple nuestras expectativas. La decepción muchas veces es silenciosa. No siempre se grita. A veces la guardamos por dentro, caminamos con ella, la dejamos crecer, nace cuando idealizamos algo o alguien, cuando esperamos que algo suceda de cierta manera, y no ocurre así.

¿De dónde nacen las decepciones?

Las decepciones no solo nacen de lo que otros hacen, sino también del lugar donde nosotros depositamos nuestra confianza, nuestra esperanza.

La Biblia dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿Quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9, RVR1960).

Nuestro corazón tiende por lo general a crear expectativas que no siempre están alineadas con la voluntad de Dios y ese es el terreno perfecto para que nazca la decepción.

El texto bíblico que analizaremos se encuentra en el libro de Lucas. Como contexto: Jesús ya había sido arrestado, juzgado, crucificado y había muerto; pero también había resucitado. En ese momento, dos de sus discípulos iban camino a Emaús, una aldea ubicada a unos 11 kilómetros de Jerusalén (según la medida actual).

Este relato de los discípulos rumbo a Emaús no es solamente una historia de resurrección, sino un camino a la disciplina, desilusión y restauración.

Lucas 24:14-15 (RVR1960) nos dice:

“E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido. Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos.

Tenemos en este texto dos palabras claves: “conversando y discutiendo”, las cuales hacen referencia a que el diálogo de estos dos hombres denotaba dolor, confusión, debate, angustia y decepción.

Y eso hace la decepción: nos aísla, nos hace encapsularnos en nuestro dolor, en la angustia.

Seguidamente en Lucas 24:16 (RVR1960) leemos lo siguiente:

“Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen”

La decepción nubla nuestro razonamiento y la capacidad de enfoque.

Y continuando el relato encontramos en Lucas 24:17 (RVR1960):

“Y les dijo: ¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes?”

Una tristeza mal manejada da luz a un dolor crónico. Y un dolor crónico mal manejado da luz a una depresión permanente; por eso debemos tener cuidado.

Siguiente con el relato, leemos en Lucas 24:21 (RVR1960) lo siguiente:

“Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido.”

Aquí está la raíz del problema: “Nosotros esperábamos”; es decir siempre “nuestro yo”.

Y es en este versículo donde encontramos el corazón de este mensaje: la decepción.

La decepción nació de una expectativa no cumplida para ellos; ellos esperaban un Mesías político, un libertador que derrotara a Roma (inmediato y visible), y no a un Salvador crucificado.

En otras palabras, su decepción estaba fundamentada en una esperanza mal comprendida. Pero Jesús vino como un Salvador que debía sufrir primero.

En Lucas 24:27 (RVR1960) leemos:

“Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.”

Jesús comenzó a hablarles la Palabra, empezando por la Ley, representada por Moisés, y siguiendo por todos los profetas que habían hablado acerca de Él y de todo lo que debía acontecer.

Por eso, en medio de la decepción de estos dos hombres, Jesús no solo caminó con ellos ofreciéndoles consuelo emocional —aunque sin duda Su compañía lo fue—, sino que también les dio una revelación bíblica que reordenó su fe y los sacudió espiritualmente, llevándolos a una comprensión correcta y sana del Antiguo Testamento.

Jesús les explicó las Escrituras. Les mostró que el Mesías debía padecer antes de ser glorificado.

Más adelante nos encontramos con una de las expresiones más conmovedoras y esperanzadoras de todo este pasaje. En Lucas 24:32, vemos el resultado de un encuentro verdadero con Cristo: un corazón que había estado confundido, entristecido y decepcionado, ahora comienza a arder nuevamente por la verdad de Dios.

Después de caminar en medio de la tristeza y la desilusión, estos hombres reconocen que algo estaba ocurriendo dentro de ellos mientras Jesús les hablaba. Sus circunstancias no habían sido lo primero en cambiar; lo primero que Cristo transformó fue su entendimiento, su perspectiva y su corazón, por medio de la Palabra.

Por eso leemos esta frase tan llena de esperanza en Lucas 24:32 (RVR1960):

“Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?”

La decepción apaga el fuego Dios en nosotros.

La decepción había distorsionado la comprensión de Dios y su obra.  Pero cuando estos hombres interiorizaron la Palabra, su fe revivió, la esperanza se restauró y la decepción perdió poder sobre sus vidas.

Muchas veces ponemos nuestras decepciones en el centro de todo y les damos un poder que no deberían tener sobre nosotros. Caemos en pensamientos como: “pobrecito yo” o “me hicieron”, y sin darnos cuenta, volvemos todo acerca de nosotros mismos.
Pero esto no se trata de nosotros; se trata de morir al yo. Cristo vino a romper precisamente eso en estos dos hombres. En el siguiente leemos lo siguiente: “Llegaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que iba más lejos. Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: ‘Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado’. Entró, pues, a quedarse con ellos” Lucas 24:28–29 (RVR1960)

El camino a Emaús es, en realidad, el camino de todos. Lo hemos recorrido, o quizás aún lo estamos transitando: es el camino de la decepción humana, donde la vista se nubla, la confusión pesa y la esperanza parece apagarse. Pero esto no se trata de nosotros. Se trata de comprender que nuestra naturaleza caída necesita ser redimida cada día; de ir a los pies de Cristo y crucificar la carne.

Como dice la escritura: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo” Mateo 16:24, RVR1960.

También leemos en Colosenses 3:5 (RVR1960) lo siguiente “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros”

Si no morimos al yo, la decepción nos golpeará una y otra vez.

Jesús nos enseñó un camino tan perfecto sobre “El Yo”, al afirmar que “si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” Marcos 9:35 (RVR1960).

Jesús no fue indiferente a la decepción de estos hombres, Él reorganizo su decepción, entonces les dijo: “Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho” Lucas 24:25, (RVR1960).

Hoy la palabra de Dios nos dice “Oh insensatos, porque hay mucho de nosotros y poco del Espíritu.  El Señor no es indiferente a las decepciones, pero aun en medio de ellas somos nosotros los que decidimos que tanto poder les damos.

Tenemos la tendencia a centrarnos solo en nuestras propias decepciones, pero no podemos dejar de ignorar que nosotros también hemos sido causantes de decepciones

Por eso debemos preguntarnos:

  • ¿Es fácil vivir conmigo?
  • ¿Soy una persona humilde?
  • ¿Estoy dispuesto a morir al yo?

Hebreos 12:2 (RVR1960) nos dice: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”

¿Dónde están puestos nuestros ojos?, ¿A que tenemos que morir?

El Señor le dio a Noé instrucciones específicas para construir el arca: “Hazte un arca de madera de gofer; harás aposentos en el arca, y la calafatearás con brea por dentro y por fuera” Génesis 6:14, (RVR1960). Le indicó los materiales y los detalles, pero no se la construyó; esa era la responsabilidad de Noé.

Dentro del arca había una sola ventana, ubicada en la parte superior. Durante todos los días del diluvio, la única opción que tenía Noé era mirar hacia arriba.

Y es que cuando miramos a nuestro alrededor, el viejo hombre, la carne, quiere levantarse. Es ahí donde llega la desilusión, donde nace el deseo de retroceder. Pero cuando nuestra mirada está en lo alto, permanecemos firmes.

Oremos:
Señor, haz morir en nosotros todo deseo de la carne. Permítenos caminar a otro nivel, crecer en madurez y ser una iglesia que discierne, que sabe en quién tiene puesta su mirada. Ayúdanos a entender que Tú no obras en función de nuestros caprichos, sino conforme a Tu plan y a Tu propósito eterno.

Amén.

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