Testigos de la Cruz – Pilato.
Hay algo particular con las historias y es que estas nos conectan, nos ubican y nos permiten reflexionar. En una ocasión me correspondió ser testigo en un juicio. Fue en durante mi juventud, una etapa en la que quizás no comprendíamos del todo la responsabilidad de nuestras palabras. En aquel tiempo mis amigos y yo, solíamos asistir a los desfiles del 15 de septiembre; íbamos primero a Moravia y luego nos trasladábamos a San Pedro para continuar la celebración con amigos.
En una de esas ocasiones, salimos en varios carros llenos de personas. Al llegar a San Pedro, el lugar estaba completamente colapsado. Mientras buscábamos estacionamiento, uno de nuestros amigos se bajó del vehículo para indicarnos dónde parquear. Sin embargo, al retomar la marcha, ocurrió un choque inesperado. En ese momento terminó la celebración para nosotros.
Meses después, fuimos llamados a juicio. Nos reunimos previamente para ponernos de acuerdo sobre lo sucedido. Sin embargo, uno de nosotros estaba extremadamente nervioso.
Cuando llegó el momento de declarar, nos hicieron pasar uno por uno. Al final, aquel amigo nervioso dio una versión completamente distinta de los hechos. Inventó detalles, agregó situaciones inexistentes y distorsionó la realidad. Comprendimos entonces que no todos los testigos eran confiables.
A partir de esa experiencia, podemos reflexionar sobre lo que significa realmente ser testigos.
En esta ocasión compartiremos de un testigo muy particular: Pilato.
Muchas veces juzgamos a los personajes bíblicos con facilidad, pensando que nosotros hubiésemos actuado diferentes. Pero al analizar la historia, comprendemos que no estamos tan lejos de sus decisiones.
Para ubicar el contexto histórico Pilato había sido el gobernador romano de Judea entre los años 26 y 36 después de Cristo. Gobernaba una región compleja, marcada por tensiones religiosas y políticas. Existían grupos como los fariseos, saduceos y zelotes, que generaban constante conflicto. El pueblo anhelaba un Mesías que los liberara del dominio romano.
Pilato vivía bajo presión: debía mantener el orden para Roma y evitar revueltas. Era descrito como un hombre firme, pero también conflictivo en su carácter.
En medio de ese escenario apareció Jesús: un predicador que hablaba de amor, restauración y verdad, que realizaba milagros y confrontaba estructuras religiosas. Fue precisamente ese Jesús quien fue llevado ante Pilato para que tomara una decisión.
Los líderes religiosos no tenían autoridad para ejecutar a alguien, por lo que recurrieron al poder político. Vemos cómo lo religioso se apoyó en lo político para cumplir sus objetivos
La biblia nos dice en Mateo 27:1 (RVR1960) cómo Jesús fue presentado ante Pilato: “Venida la mañana, todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo entraron en consejo contra Jesús, para entregarle a muerte”
En Mateo 27:15-24 (RVR1960) podemos leer lo que aconteció con Jesús luego de ser presentado ante Pilato: “Ahora bien, en el día de la fiesta acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, el que quisiesen. Y tenían entonces un preso famoso llamado Barrabás. Reunidos, pues, ellos, les dijo Pilato: ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo? Porque sabía que por envidia le habían entregado. Y estando él sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él. Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto. Y respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás. Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado! Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea crucificado! Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros”
Pilato reconoció que Jesús era inocente. Incluso su esposa le advirtió en sueños que no se involucrara. Sin embargo, la presión de la multitud fue mayor. Finalmente, se lavó las manos, intentando deslindarse de la responsabilidad.
A partir de esto, podemos reflexionar en seis enseñanzas:
Primero, podemos ver que la presión de la multitud puede llevarnos a tomar decisiones incorrectas. Pilato sabía la verdad, pero cedió ante la presión. Nosotros también podemos llegar a enfrentar momentos donde un grupo influya en nuestras decisiones, desde situaciones simples hasta decisiones más profundas.
Segundo, lavarnos las manos no eliminaba nuestra responsabilidad. Pilato intentó justificarse, pero la decisión fue suya. De igual forma, nosotros no podemos culpar a otros por nuestras acciones. Cada decisión que tomamos nos pertenece.
Tercero, vemos que la verdad puede estar frente a nosotros y aun así rechazarla. Pilato preguntó qué era la verdad, sin reconocer que la tenía delante. Nosotros también podemos haber estado buscado respuestas, pero muchas veces hemos rechazado la verdad cuando esta nos confronta.
Cuarto, podemos notar que el miedo puede nublar nuestro juicio. Pilato temía perder su posición y provocar conflictos con Roma. Nosotros también podríamos llegar a actuar por miedo: al qué dirán, a perder aceptación o a enfrentar consecuencias.
Quinto, reconocemos que no bastaba con conocer la verdad, sino que debemos actuar conforme a ella. Pilato declaró la inocencia de Jesús, pero no actuó en consecuencia. Escuchar, saber o asistir no es suficiente si no hay transformación.
Sexto, podemos ver a Jesús y no conocerlo realmente. Pilato tuvo un encuentro directo, pero no entendió quién estaba frente a él. De igual manera, muchos de nosotros podemos llegar a escuchar de Jesús sin reconocerlo como Señor.
Reflexionemos entonces en nuestra propia vida. Dándonos cuenta de que es fácil señalar a Pilato, pero muchas veces nosotros actuamos de la misma manera: sabiendo lo que es correcto, pero eligiendo lo conveniente. Reconocer a Jesús como Salvador puede parecer sencillo, pero hacerlo implica rendir nuestra voluntad. Y eso nos cuesta.
Confrontándonos con una pregunta fundamental: ¿Quién es Jesús para nosotros?
Nuestras decisiones presentes tendrán consecuencias futuras. No podemos seguir justificándonos ni ignorando la verdad. No basta con asistir a la iglesia o escuchar enseñanzas; necesitamos permitir que Dios transforme nuestras vidas.
Ocultar nuestros problemas no los resolverá. Así como en lo físico ignorar una enfermedad no la elimina, en lo espiritual evitar confrontar nuestras áreas débiles solo agrava la situación.
Debemos reconocer la importancia de la comunidad, de apoyarnos unos a otros y de asumir responsabilidad.
Finalmente, hagámonos una pregunta personal y profunda:
¿Qué haríamos con Jesús?
¿Estaríamos dispuestos a rendir nuestro orgullo, a asumir nuestras decisiones, a aceptar la verdad, aunque incomodara, a vencer el miedo y a reconocer a Jesús no solo como Salvador, sino como Señor?
Ser cristianos no es un evento semanal, sino una decisión diaria. Que requiere práctica constante, como cualquier otra disciplina. Y así, finalmente vemos que la historia de Pilato no es solo un relato del pasado, sino un espejo de nuestras propias decisiones.
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