Testigos de la Cruz - Las Mujeres Fieles
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Testigos de la Cruz – Las Mujeres Fieles

Este mensaje es acerca de las mujeres que estuvieron a los pies de la cruz de Cristo y cómo se vio la crucifixión desde su óptica. Aunque eran imperfectas y estaban en sus procesos, fueron fieles a Dios, y Él les concedió uno de los privilegios más grandes: estar presentes en ese momento decisivo de la historia de la redención.

El Señor nos ha dado tanto: gozo, alegría, paz, consuelo, refugio y esperanza. Es nuestro Consejero fiel y nos colma de gracia y favor. No existe nada que podamos darle a cambio ni obra alguna que nos haga merecedores de lo que nos ha otorgado. No merecíamos ni una sola gota de su sangre y, aun así, lo entregó todo por nosotros. En la cruz, Cristo pagó el precio por nuestros pecados pasados, presentes y futuros, realizando un sacrificio perfecto y suficiente para nuestra salvación.

En el mensaje anterior hablamos de Simón de Cirene, un hombre que cargó la cruz y tuvo ese privilegio sin haberlo planificado. Él llevó ese madero pesado, ensangrentado, caminó al lado del Señor y ese encuentro cambió su vida para siempre, incluso la de su familia entera. Luego él le entregó el madero a Jesús y así empezó su historia camino hacia el Gólgota.

Para entrar en contexto, Juan 19:17-18 (RVR1960) dice: “Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; y allí le crucificaron, y con él otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio”. Posiblemente, a Jesús lo acostaron en el suelo ya que era la forma en la que se solían hacer ese tipo de actos. Le estiraron sus brazos a ambos lados, clavaron sus manos con clavos de hierro grueso de 12-18 centímetros de largo y punta afilada que traspasaron sus huesos, y luego sus pies.

Esa fue la peor de las torturas porque lo que le hicieron a Jesús no le iba a ayudar a morir más rápido. Al contrario, era una muerte lenta, Él tenía que encorvarse y subir un poco sus brazos. Imaginemos el dolor que sentía al respirar y tomar una bocanada de aire. Él sufrió espasmos musculares y asfixia mientras estaba en esa cruz, lo cual intensificó su agonía, era otro nivel de dolor y algo desgarrador. El Señor era una llaga completa, estaba bañado en sangre y debajo de un sol que ardía.

Imaginemos el dolor físico y emocional que podía sentir, porque los soldados lo vituperaban, insultaban y escupían. Le decían, «sálvate a ti mismo», mientras que Lucas 23:34 (RVR1960) dice que lo que salió de su boca fue: Señor, perdónalos. porque no saben lo que hacen». Esta historia de amor extremo solo nos deja ver el nivel incomprensible de amor y misericordia que tiene por nosotros.

Juan 19:25 (RVR1960) narra que a los pies de la cruz había unas mujeres presenciando todo. Ellas no eran espectadoras, amaban al Señor y no lo abandonaron. Tres de ellas eran consideradas discípulas, se mencionan en otras partes de la Palabra y acompañaban a Jesús en sus caminos cuando él predicaba, salía a comer con sus amigos y les enseñaba en lo íntimo. Ellas tuvieron el privilegio de estar cerca de Él.

Empecemos con Salomé, madre de Jacobo y Juan. Ella se nos presenta en Mateo 20:20-21 (RVR1960): Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. Él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda.»  

Esto refleja a una mamá normal, que sin entendimiento del reino y con una fe inmadura, quería proteger a sus hijos y buscarles un buen lugar cuando Jesús estuviera en el reino. Ella tal vez no entendía nada, pero desde ese encuentro se mantuvo caminando con el Señor. Ella no se separó más, siguió siendo discipulada por Él fielmente. Después, Jesús le dio una lección y dijo: «El que quiera ser líder entre ustedes deberá ser sirviente, y el que quiera ser el primero entre ustedes deberá convertirse en esclavo» (Mateo 20:26, NTV). Así empezaron las enseñanzas para ella.

Seguimos con María, la madre de Jesús, que también estuvo a sus pies. Aparece en la Palabra cuando fue visitada por un ángel que le dio la noticia y profecía de que sería la madre del hijo de Dios. Ella era solo una niña entre doce y catorce años, elegida por el Señor, por gracia y no por méritos propios.

Ella no cuestionó los propósitos de Dios. Lucas 1:38 (RVR1960) dice: Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia». Esto demuestra que era una mujer de mucha fe porque esto le traería grandes repercusiones a su vida, las cuales ni siquiera consideró, simplemente dijo, «Señor, hágase como tú quieras«. Después de esta noticia, ella fue donde Elizabeth, su hermana, y le contó sobre el embarazo y le dio la noticia.

De aquí proviene el magníficat, una gran expresión de alabanza de María: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lucas 1:47, RVR1960). Ella reconocía al Dios verdadero como su Salvador, no se veía como inmaculada. Al contrario, en el magníficat dijo: porque ha mirado la bajeza de su sierva» (Lucas 1:48, RVR1960). Ella se refirió a sí misma como esclava y dijo: pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones (Lucas 1:48, RVR1960). 

Ella recibió la noticia con agradecimiento, humildad, alegría y se entregó a la voluntad del Señor.                                                                                                                                                                

A lo largo de su historia, Jesús se perdió en el templo, luego lo encontraron y Él dijo: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”  Lucas 2:49, RVR1960). Vemos como cada vez que María vivía algo con Jesús, su hijo que también era Dios, ella lo atesoraba. Lucas 2:51 (RVR1960) dice: “Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón“ A la vez esto era un proceso para ella, entender que su hijo era Dios, pero también un hombre.

Por último, tenemos a María Magdalena, la endemoniada que fue liberada de siete demonios. Imaginemos cómo llegó a los pies de Jesús, su nivel de ansiedad, tormento y preocupación. Posiblemente no tenía ni un minuto de descanso en su vida, no podía ni hablar de lo endemoniada que estaba, pero fue liberada una vez y para siempre.

María no solamente fue libre, sino que decidió acompañar al Señor. Él la llamó, pero ella accedió y caminó al lado de Jesús, el Salvador de su vida, quien la liberó. Se cree que ella era parte de quienes sustentaban económicamente su ministerio.

La Biblia habla de este ministerio y la compañía de estas mujeres haciendo uso de la palabra “diácono” cuando dice que le servían. Esto significa ministrar, servir, socorrer, distribuir y ayudar. Ellas tenían el banquete más hermoso delante de sus ojos que era servir al Señor Jesús.

Ella era una discípula activa que recibió una liberación absoluta y no escatimó su dinero, tiempo ni descanso. Mateo 8:20 (RVR1960) dice: “Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” Seguir al Señor no era hospedarse en un hotel cinco estrellas. Él iba haciendo su ministerio, entraba a casas si lo invitaban, sino no.

Seguir a Jesús implicaba salir de la zona de confort, sin embargo, ellas tenían al lado al mejor hombre de esta tierra. Algo rescatable es su obediencia, acompañaron a Jesús como discípulas, fueron testigos de su crucifixión y resurrección. Estaban arriesgando su vida al estar cerca de Él.

¿Dónde estaban los discípulos mientras Jesús era crucificado?, ¿estaban con Él o dónde estaban? Ellos se fueron, o sea, no solo huyeron, sino que estaban escondidos. En cambio, esas mujeres estaban ahí y el único que había quedado de los discípulos era Juan. Eso no era para nada bien visto.

El riesgo que corrían los discípulos, por el cual se fueron, era el mismo que ellas. Joaquín Jeremías, un teólogo del siglo I, escribió el libro “Jerusalén en los Tiempos de Jesús” y dijo: «Las mujeres estaban limitadas principalmente al ámbito doméstico y eran excluidas de muchos espacios religiosos y públicos.» Ellas no eran consideradas discípulas formales.

Los rabinos tampoco acostumbraban a tener mujeres como discípulas. Esto era totalmente incongruente para la época. Tampoco eran formadas como los hombres ni tenían autoridad pública.

Por ejemplo, en el templo de Salomón en Jerusalén los hombres pueden entrar a lo que queda de la edificación, se ponen su kipá y pueden ver todo de cerca. Las mujeres no, tienen que entrar por una esquina que quedó. Culturalmente, el lugar que se le daba a la mujer era muy bajo.

Con esto, Jesús rompió completamente el paradigma de la época sobre las mujeres. Esto implicaba un riesgo social ya que asociarse con un rabino era visto como impropio. Eran rechazadas por su familia o comunidad si pretendían seguir al Señor, o sea, no era nada fácil.

Dejaban su comodidad, dependían de la provisión y la fe para su caminar. A los pies de la cruz, ¿Qué implicaba para ellas estar ahí? Ellas decidieron permanecer cuando huir era lo más fácil.

Ellas decidieron estar ahí compartiendo el dolor con Él en ese espectáculo de tortura pública. Estaban expuestas al desprecio, miedo y posibilidad de persecución. Si se burlaban de Jesús, cuánto más de las que seguían creyendo y estando a su lado. Estas mujeres fueron muy valientes y sin duda amaban incondicionalmente al Señor. Nosotros podemos decir y cantar en la iglesia, «te amo, Señor». Hay muchas canciones que dicen que lo amamos, podemos decirlo todo lo que queramos, pero a Dios no lo podemos engañar. Él dice:Los que aceptan mis mandamientos y los obedecen son los que me aman” (Juan 14:21, NTV).

Estas mujeres estaban dándole al Señor una obediencia al máximo nivel. También se expusieron a las escupas, los vituperios, quizás hasta latigazos, pedradas, todo por amor a Jesús. Dentro de lo humano, eso sí que es amor. Imaginemos lo que Él sintió viéndolas ahí en medio de su dolor.

Ellas pasaron de ser niñas a mujeres con una fe madura. Entendieron que no se trataba de ellas. Actualmente, todo se trata de nosotros, lo que queremos, tenemos, lo que nos dan o no, y no es así. Nada en nuestra vida se trata de nosotros, estamos viciados de nosotros mismos.

Continuando, en Juan 19:28 (NTV) Jesús dijo: tengo sed”. Le dieron vinagre para remojar sus labios. Luego dijo: “Tetelestai”, que significa consumado es y justo después su costado fue traspasado.

Cuando Jesús entregó su espíritu en este acto voluntario, le abrieron su costado con una lanza y salió agua y sangre. Ya no había nada más que derramar. Antes de esto clamó al Padre y dijo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46, RVR1960).

Ese fue el momento más oscuro y horrible de la vida de Jesús. Si ya había vivido de todo hasta ese momento, esta era la peor parte porque el Padre le dio la espalda. Él estaba cargando con todos nuestros pecados. Jesús no merecía estar ahí, nosotros sí y mucho por causa de nuestros pecados.

Él no lo merecía y aun así derramó hasta la última gota de sangre, recordando nuestros pecados y dándolo todo por amor a nosotros. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Ese velo medía 20 metros de altura, era grueso y pesado.

Para moverlo se ocupaban varias personas. Un hombre no lo hubiera podido cortar. Fue el Señor quien lo rasgó y rompió la distancia entre Dios y nosotros. Jesús nos dio libre acceso para buscarlo, estar con nosotros y en esa cruz del calvario llenó todas nuestras necesidades.

Estas mujeres seguían a sus pies y no estaban viendo materializarse ningún milagro. Imaginemos esto, el Dios que dijo que iba a resucitar estaba ahí ensangrentado y muerto. Posiblemente su fe y esperanza se estaban debilitando, pero seguían ahí y decidieron permanecer.

¿Cuántas veces hemos rechazado al Señor y le hemos dado la espalda fácilmente por cualquier cosa? Muchas veces preferimos decirle sí al pecado en lugar de decir, «sí, Dios, te voy a seguir, voy a intentar serte fiel. Te voy a demostrar mi amor verdadero siendo obediente a ti.»

En ocasiones no recibimos las promesas y si no obtenemos lo que queremos somos como niños que patalean y le damos la espalda al Señor. Estas mujeres dieron todo y entendieron a quién estaban sirviendo. Comprendían quién estaba dando la vida por ellas y por todos los que estaban ahí.

En medio de todo, ellas seguían creyendo. Si a una madre le crucifican a su hijo, ella lo defendería a como dé lugar y lo protegería de las personas que les estén haciendo daño. Ahí estaba la mamá de Jesús y otras mujeres que lo amaban, conocían, servían y estaban dándolo todo por Él.

Esas mujeres no estaban deteniendo ese sacrificio sino compartiendo el dolor con el Señor. ¡Qué fe tan extrema! Ellas no detuvieron nada, la Biblia no lo registra. Al contrario, había una actitud de sumisión, acompañamiento, creyendo y derramando sus lágrimas delante de Jesús.

Más adelante, Lucas 23:50-56 (NTV) habla de José de Arimatea, quien le rogó a Pilato para llevarse el cuerpo de Jesús a la tumba, así que lo envolvieron en lienzo de lino. Recordemos que al día siguiente era el Shabat, tenían que moverse rápido para dejarlo en la tumba y empezar su día de descanso. Este sepulcro era nuevo, tenía una roca inmensa para sellar la tumba y los guardias la custodiaban.

La Biblia registra que al tercer día las mujeres se presentaron muy de mañana para embalsamar y rendir honores al cuerpo del Señor. La piedra estaba movida y la tumba no estaba cerrada como ellas la vieron cuando se despidieron. Según Juan 20:11-18 (NTV), María Magdalena entró y lloró.

Había un ángel a la cabecera y otro a los pies de Jesús que le dijeron, «¿por qué lloras?» y ella dijo, «¿dónde está su cuerpo?» Cuando se volteó, ahí estaba Él. Ella no lo reconoció en ese momento, sino hasta que el Señor le dijo, «María» y ella contestó: “¡Raboni! (que en hebreo significa “Maestro”).

Ella vio a su Jesús amado resucitar de esa cruz al tercer día. En ese momento María fue la primera enviada. Él le dijo, «ahora ve y lleva esta noticia a mis hermanos«. Los teólogos dicen que María Magdalena es el apóstol de los apóstoles porque fue la primera enviada y testigo.

¡Qué regalo les dio Dios a estas mujeres! Ellas fueron testigos de la muerte y la cruz, de la cual Jesús resucitó y por medio de la cual trajo libertad para siempre. Este sacrificio fue sin precedentes. Ellas fueron testigos de un hecho que hoy, miles de años después, podemos celebrar.

Es el acto de amor más importante de la historia porque nadie da la vida así por alguien y menos por quien no lo merece, capaz de transformar la vida para siempre. María Magdalena lo entendió muy bien. Fue un acto de sustitución porque el Señor tomó nuestro lugar, de redención porque nos hizo libres del pecado y pagó por ello, y de victoria porque derrotó a la muerte y al pecado en esa cruz.

¿Cómo se ve la vida de un cristiano que realmente vive a los pies de Jesús? Alguien que realmente dice, «Señor, te voy a seguir, te amo. Haré mi mejor esfuerzo”. Por supuesto que todos vamos a fallar, pero nuestra vida no puede seguir siendo la misma.

El que vive en pecado no puede decir que cree en Cristo y seguir igual. No hay congruencia en eso. El que tiene una adicción y vive esclavo de su pecado no puede decir que eso es más fuerte que el sacrificio que el Señor hizo en esa cruz.

Muchos hemos podido vivir en carne propia lo que es sentirnos incapaces y experimentar el poder sobrenatural de Dios, ayudándonos a sobrellevar eso con lo que creemos que no podemos. Así que este es un recordatorio de que ese pecado no es más fuerte que el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo. El que vive una vida de tormento no conoce a Jesús, Él es el Príncipe de Paz.

El esclavo de la pornografía, sexo ilícito, adulterio, fornicación, mentira, orgullo, falta de perdón… no conoce a Cristo porque nadie ha sufrido como Él. Si Él nos perdonó, ¿Cómo no perdonar lo que nos hicieron en comparación con lo que Él sufrió en la cruz? Tenemos que ser congruentes. A pesar de nuestros errores, tiene que haber algo que quiera ser como Jesús y valorar su sacrificio poderoso.

Si alguien nos lastimó y estamos heridos, llevemos nuestras cargas al Señor y Él nos cambiará para que podamos perdonar como Él lo hizo. Dios no nos reclama por nuestros pecados, Él los envía al fondo del mar y no se acuerda de ellos (Miqueas 7:19, RVR1960). Esa es la forma que Él nos da para perdonar. Recordamos, pero no hay dolor porque el Señor nos limpió y lavó.

El que peca, no peque más. Hay alguien que es nuestro ayudador, que venció todo. Si conocemos su sacrificio podríamos vencer ese pecado y no ocuparíamos terapia porque la sangre de Jesús es suficiente. El que crea que ocupa algo más que eso no conoce el sacrificio de Cristo.

¿Cómo viviríamos nuestro día a día si entendiéramos lo que el Señor pagó en esa cruz? Posiblemente muy diferente. No necesitamos nada más que Él para tener una vida transformada como la de María Magdalena, quien llegó en la peor condición a los pies del Señor.

Nosotros llegamos igual, tenemos nuestro equipaje lleno de cosas que necesitamos que el Señor transforme. La vida de María fue transformada de una vez y para siempre. Ella no jugó ni coqueteó con el pecado, “un día sí, un día no”. No menospreciemos la sangre de Cristo.

Oración

Padre, gracias porque tu bondad y amor sobrepasan cualquier forma de entendimiento. Diste todo por seres humanos tan falibles como nosotros. Te pedimos que el poder del sacrificio de la cruz que nos has dado a través de tu Santo Espíritu sea visible y tangible en nuestro caminar contigo.

 Te pedimos que el que peca recuerde que diste todo en esa cruz y que no hay pecado más grande que tu sacrificio. Diga el débil, fuerte soy, y el que se cree pobre en fuerzas, rico soy (en lo espiritual). El Señor fortalece y da riquezas a los pobres de espíritu. No hay nada más que Él nos pueda dar.

 Gracias porque tu favor, misericordia y reconciliación fueron dadas a través de esa cruz del calvario. Te ha placido dejarnos a tu Santo Espíritu para aconsejarnos, acompañarnos, darnos la mano y fortaleza cuando la necesitamos, no estamos solos. La ansiedad se puede ir, la preocupación puede dejar de tener un lugar en nuestra vida y la adicción puede desaparecer.

 ¿Qué no puede hacer el Señor? Lo que creemos que es más fuerte no lo es, es mentira, el que es fuerte es Dios en nosotros. Jesús, gracias por tu sacrificio, amor y todo lo que nos has dado, eres tan bueno. Hoy celebramos que resucitaste al tercer día y que nos has dado vida en abundancia. No hay nada más fuera de ti que podamos necesitar.

En el nombre de Jesús, amén.

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