Testigos de la Cruz – Juan
La cruz de Cristo es el momento más importante de toda la historia de la humanidad. Y el testigo de este relato es Juan, el discípulo amado.
Juan formaba parte de un grupo que podríamos llamar los «verdaderos israelitas». ¿Por qué? Porque cuando Jesús comenzó su ministerio encontró en Galilea un remanente fiel: hombres y mujeres que realmente deseaban agradar a Dios. Entre ellos estaban Juan, Andrés, Felipe y Natanael, también llamado Bartolomé. De este último Jesús dijo: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño».
Jesús los consideraba hombres justos; no perfectos, pero sí personas que buscaban sinceramente al Señor y que no seguían la hipocresía de los fariseos. A veces cometemos el error de pensar que todo Israel era igual o que todos seguían a los fariseos, pero eso no era así. Existía un grupo de personas que conocía las Escrituras y reconocía la gran diferencia entre lo que enseñaban los profetas y lo que practicaban los líderes religiosos de su tiempo.
Hace algunos años viajé por primera vez a China y conocí a un traductor llamado Emilio. Mientras le compartíamos el evangelio, nos dijo algo que nunca olvidé. En esencia nos expresó: «Me cuesta creer en el Dios del que ustedes hablan, porque escucho mensajes sobre amor y santidad, pero veo algo muy diferente en Occidente».
Él no se refería a nosotros personalmente. Había generalizado a partir de lo que veía en la televisión y pensaba que todos los que se llamaban cristianos eran iguales. Y muchas veces hacemos lo mismo cuando leemos la Biblia. Pensamos que todos los judíos de la época eran iguales, pero no era así. Dios había preservado un remanente fiel, hombres y mujeres que conocían las Escrituras y anhelaban obedecer al Señor.
Un buen ejemplo es Zacarías, el padre de Juan el Bautista. La Biblia lo presenta como un sacerdote fiel que caminaba delante de Dios. Él no encaja en la imagen de una nación completamente corrompida. Y como él había muchos otros.
Por supuesto, los fariseos eran el grupo religioso más conocido y con mayor influencia. Habían acumulado poder y ejercían una enorme autoridad sobre el pueblo. Pero no todos los judíos los seguían. Algunos los rechazaban por razones políticas, como los zelotes, y otros porque conocían las Escrituras y entendían que el mensaje de los profetas era muy distinto a la religiosidad superficial que ellos promovían.
Estos hombres y mujeres habían leído a Isaías llamando al pueblo a dejar el mal y hacer el bien. Habían escuchado a Jeremías llamar al arrepentimiento. Habían leído a Ezequiel, Oseas, Joel, Amós y a todos los profetas que, generación tras generación, proclamaron el mismo mensaje: vuelvan a Dios de todo corazón.
Por eso, cuando aparece Juan el Bautista predicando arrepentimiento y anunciando la llegada del Reino de Dios, muchos de ellos reconocen inmediatamente que su mensaje tiene sentido. Era coherente con todo lo que habían leído en las Escrituras y muy diferente a la religión vacía de su tiempo.
Como seres humanos solemos poner etiquetas y crear estereotipos. Pensamos que todos son iguales, pero Dios siempre preserva un remanente fiel. Siempre hay personas genuinas, hombres y mujeres que realmente buscan al Señor y que Él guarda para cumplir sus propósitos.
Eso ha sucedido a lo largo de toda la historia.
Para entender mejor el contexto, también debemos recordar cómo gobernaba Roma. Una de sus estrategias más conocidas era el principio de «divide y vencerás». Los romanos entendían que la mejor manera de controlar un pueblo era mantenerlo dividido. Y eso era exactamente lo que ocurría en Israel: mientras distintos grupos competían por influencia, poder y reconocimiento, Roma continuaba ejerciendo su dominio sobre la nación.
En ese contexto vivió Juan. Él era discípulo de Juan el Bautista, su maestro y su rabí. Y Juan el Bautista era un hombre extraordinario. No es casualidad que Jesús dijera que no había surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que él.
¿Qué hacía tan especial a Juan? Que entendía perfectamente el lugar que Dios le había dado. Sabía que era una voz que clamaba en el desierto y que ese era su llamado. No buscaba protagonismo ni reconocimiento personal. Su misión era preparar el camino para otro.
Por eso, cuando su ministerio alcanzó el momento de mayor popularidad y las multitudes lo seguían, apareció Jesús. Y Juan declaró:
«Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene después de mí es más poderoso que yo. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.» Mateo 3:11 (RVR 1960)
Juan sabía que su tarea era predicar arrepentimiento. Una y otra vez llamaba al pueblo a volverse a Dios. Pero también sabía que cuando el Mesías llegara, él tendría que hacerse a un lado. Por eso dijo: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya». Juan 3:30 (RVR 1960)
Y entonces ocurre el encuentro que cambiaría la vida de Juan para siempre.
Juan 1 (RVR 1960) nos dice: «El siguiente día estaba otra vez Juan, y dos de sus discípulos. Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: ‘He aquí el Cordero de Dios’.»
Aquellos dos discípulos eran Andrés y Juan. Cuando escucharon a Juan el Bautista señalar a Jesús, dejaron a su maestro y comenzaron a seguir al Señor. Jesús se volvió y les preguntó: «¿Qué buscáis?»
Ellos respondieron: «Rabí, ¿Dónde moras?» Entonces Jesús los invitó a ir con Él. Pasaron el resto del día juntos, e incluso la noche.
¿Puede imaginarlo? Pasar horas con el Creador del universo. Escucharle hablar, hacerle preguntas, compartir con Él de cerca. Aquel encuentro marcó sus vidas para siempre.
Al día siguiente, Andrés salió corriendo a buscar a su hermano Pedro y le dijo: «Hemos hallado al Mesías.»
Habían encontrado a Aquel de quien hablaban las Escrituras, el prometido por Dios, el anunciado por los profetas.
Sin embargo, Juan no nos cuenta qué hizo él después de aquella noche. Y eso nos enseña algo hermoso acerca de su carácter. En todo su evangelio, Juan casi nunca se menciona a sí mismo por nombre. Prefiere llamarse «el discípulo amado» o simplemente «uno de los discípulos». Nunca busca colocarse en el centro de la historia.
¿Por qué? Porque Juan era un hombre profundamente humilde.
Cuando escribió este evangelio ya no era el joven que había seguido a Jesús por los caminos de Galilea. Era un anciano. Había caminado con Cristo, había visto sus milagros, había presenciado su muerte y resurrección. Había servido al Señor durante décadas, había sido perseguido, encarcelado y había soportado innumerables pruebas por causa del evangelio.
Y aun así seguía siendo un hombre humilde. ¿Sabe por qué eso es importante?
Si queremos identificar a una persona con carácter que realmente ha pasado por procesos con Dios, no miremos cuánto presume de sí misma ni que tan arrogante puede ser, observemos cuánta humildad hay en su vida.
Pero el carácter, no se refleja en cuánto sabe una persona ni en cuánto poder tiene. El verdadero carácter se ve en la humildad.
Como congregación hemos servido al Señor y pastoreado a su iglesia durante muchos años. A lo largo de ese tiempo, debido al crecimiento, hemos recibido personas que vienen de otras congregaciones y nos cuentan todo lo que han hecho: “Serví en esto”, “fui líder”, “fui pastor”, “estuve a cargo de aquello”. En otras palabras, presentan su currículum ministerial. Sin embargo, eso no es lo que más nos impresiona. Lo que verdaderamente destaca es una persona con carácter; alguien que entiende la sujeción, respeta los procesos y está dispuesto a servir donde sea necesario. Una persona a la que le da igual servir en la puerta o predicar desde este púlpito, porque entiende que, delante de Dios, ambas tareas tienen el mismo valor.
Siguiendo con la historia de Juan; este hombre comenzó a caminar con el Señor. Y él estaba lejos de ser alguien perfecto; era un joven impulsivo, intenso. De hecho, Jesús le puso un sobrenombre a él y a su hermano Jacobo: los hijos del trueno… pues eran explosivos.
En una ocasión, estando con el Señor en una aldea samaritana, no recibieron a Jesús. Entonces Juan le preguntó: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma?”. Juan era impulsivo, agresivo en su manera de reaccionar.
Pero ese mismo Juan, años después, escribe con una profundidad y un amor extraordinarios. Eso se llama: Proceso. Fue la obra del Señor transformando su vida. Es el producto de estar cercano al Señor.
El carácter de Juan comenzó a ser trabajado por Cristo. Al principio era un joven impulsivo; quería hacer descender fuego del cielo sobre quienes no recibían el mensaje. Más adelante, incluso se puso de acuerdo con su madre para pedirle a Jesús un lugar de honor para él y para Jacobo en su reino.
Juan quería poder, pero el Señor comenzó a transformarlo. ¿Y sabe por qué? Porque Dios no llama a los perfectos; Dios transforma a los que están dispuestos.
Juan siguió caminando con el Señor y fue testigo, junto con los demás discípulos, de todo lo que Jesús hacía. Vio milagros extraordinarios. La Biblia enseña que Jesús no sanó a unos pocos, sino a miles. De hecho, el mismo Juan escribió que no alcanzarían los libros para registrar todo lo que el Señor hizo. Escuchó sus enseñanzas profundas, observó cómo los demonios huían ante su autoridad y cómo la naturaleza misma obedecía su voz.
Pero hubo algo que marcó profundamente la vida de Juan: la compasión y el amor de Jesús por los más necesitados. Jesús era un hombre cercano a la gente. Vino a buscar a los quebrantados, a los rechazados y a los que más necesitaban de Dios. Personas de toda Israel, e incluso de fuera de Israel, acudían a Él. La Escritura da a entender que Israel nunca había visto algo semejante.
Y mientras observaba todo esto, Juan estaba siendo transformado.
Poco a poco comenzó a comprender que el reino que primero anunció Juan el Bautista y luego predicó Jesús no era un reino basado en el poder, como él había imaginado. Todos los imperios de la época se sostenían por la fuerza y la autoridad. Sin embargo, Juan descubrió que el reino de Dios funciona de manera diferente: está fundamentado en el amor, donde el mayor sirve al menor y donde la verdadera grandeza se encuentra en la humildad.
Y en ese proceso, Juan llegó a amar profundamente al Señor.
Algunos, con una mente torcida, han intentado distorsionar esa relación y han llegado a afirmar que Juan estaba enamorado de Jesús. Es la misma clase de especulación que algunos han hecho sobre David y Jonatán. Pero la realidad es mucho más sencilla y hermosa. Juan veía al Señor como la figura de un padre.
En aquella cultura era común que los hombres tuvieran hijos siendo relativamente jóvenes. Por eso, para un Juan que probablemente era apenas un adolescente, un Jesús de alrededor de treinta años representaba una figura de protección, guía y seguridad.
Por eso vemos escenas donde Juan se recuesta cerca del Señor. No era una muestra de algo indebido; era la confianza de un hijo que encuentra refugio en alguien a quien ama y respeta. Como un niño que se recuesta sobre los hombros de su padre porque sabe que está en un lugar seguro.
Y quizás esa sea una de las razones por las que Juan fue transformado tan profundamente: porque no solo admiró el poder de Cristo, sino que experimentó su amor de cerca.
Llegamos al momento más importante de la vida de Juan, el momento que terminaría definiendo quién era realmente. El Señor fue arrestado, golpeado, humillado y llevado a juicio. Y finalmente es llevado a la cruz. Es allí donde llegamos a este momento crucial.
Dice Mateo 26 que cuando arrestaron al Señor, todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Todos se fueron.
Excepto uno. Juan se quedó. Juan permaneció junto al Señor. ¿Y sabe por qué eso es tan significativo?
Porque apenas unos días antes, en Getsemaní, Jesús había pedido a sus discípulos más cercanos que lo acompañaran mientras oraba. El Señor estaba cargando el peso de lo que estaba por venir. Sin embargo, Juan y los demás se quedaron dormidos. Fallaron. Decepcionaron al Maestro. Pero parece que Juan tomó una decisión. Como si hubiera dicho: “No voy a fallarle otra vez. No voy a abandonarlo ahora”. Y se quedó. Permaneció al pie de la cruz cuando todos los demás habían huido.
Entonces ocurrió algo extraordinario. Jesús, colgado en la cruz, vuelve su mirada hacia abajo y ve a dos personas: a su madre María y a Juan.
Y les dice: “He ahí tu madre”. Y luego le dice a María: “He ahí tu hijo”. Quiero que dimensione ese momento: Jesús estaba sufriendo el dolor más intenso imaginable, llevando sobre sí el pecado del mundo y sin embargo, en medio de ese sufrimiento, se preocupó por su madre.
Porque el Señor era cien por ciento Dios y cien por ciento hombre. Y en su humanidad vio a María. Sabía las dificultades que vendrían, lo complicado que era para una viuda vivir en el primer siglo. Y entonces buscó a alguien en quien pueda confiar. ¿Y quién fue esa persona? Fue Juan.
El Señor lo mira y en esencia le dijo: “Cuida de mi mamá”. ¿Puede imaginar el privilegio de escuchar esas palabras? Qué honor tan grande ser considerado útil por el Señor.
Servir a Cristo es el privilegio más grande que existe. El dinero pasa, las posesiones se quedan, los logros de esta vida terminan desapareciendo; pero servir al Señor tiene un valor eterno. Nunca olvidemos esto.
Y es aquí donde Juan se convierte en un ejemplo vivo de lo que significa ser discípulo. Semanas antes, Jesús les había enseñado: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Jesús no estaba invitando a una élite espiritual, ni estaba hablando de un cristianismo de nivel avanzado. Estaba describiendo la vida normal de cualquier persona que quiera seguirlo.
Seguir a Cristo es mucho más que hacer una oración un día. Seguirle implica una vida rendida a Él, negarse a uno mismo, tomar la cruz, morir a nuestros propios deseos para vivir para Él. Y Juan lo entendió.
No solamente con palabras, sino con acciones. Porque para Dios el amor se demuestra con hechos. La Escritura dice que Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito; no dice simplemente que sintió amor. Dice que actuó en amor. El Padre entregó lo más precioso que tenía para salvarnos. Y Juan responde de la misma manera. Mientras otros huyeron, él permaneció. Mientras otros buscaron protegerse, él se quedó. Y quedarse allí era peligroso. Pedro mismo había experimentado ese peligro. Cuando lo identificaron como uno de los seguidores de Jesús, negó conocerlo por miedo a sufrir el mismo destino que su Maestro.
Pero Juan decidió permanecer. Porque había aprendido algo que cambiaría su vida para siempre: el amor verdadero siempre se traduce en obediencia, fidelidad y acciones concretas.
Pues Juan no. Juan, sabiendo que ese era el lugar más peligroso, se queda. Hay gente que dice: «No lo iban a crucificar porque era casi un niño». Pero, mis hermanos, en ese tiempo Herodes mandó a matar bebés. El asesinato de niños no es algo nuevo. A través de toda la historia ha sido parte de la maldad de hombres perversos. Así que Juan perfectamente podía morir también.
Sin embargo, Juan se quedó aunque le doliera. Estaba viendo a su Señor, a aquel a quien siguió y sirvió, crucificado en una cruz. Se queda aunque le está partiendo el corazón. Juan se quedó cuando ya no había nada que ganar. No había esperanza visible. Humanamente hablando, todo parecía perdido. Juan pudo haber pensado: «Jesús nos prometió el reino y aquí está nuestro Rey muriendo. ¿Qué pasó con el reino? ¿Qué pasó con las promesas?». Qué decepción debió sentirse en ese momento.
Pero Juan no pensó de esa manera. Se mantuvo, permaneció fiel a pesar de la tristeza, la decepción y la desesperanza que seguramente había en su corazón. Es algo parecido a lo que vivió Israel durante el exilio babilónico. Dios les había prometido que serían una gran nación y, de pronto, llegaron los babilonios, destruyeron Jerusalén, se llevaron cautivo al pueblo y dejaron todo en ruinas. Parecía que las promesas habían quedado atrás. Juan está viviendo algo similar. Su Maestro está atravesando lo peor de lo peor y hay una tristeza profunda en su corazón.
Pero Juan se quedó porque ya no estaba pensando en sí mismo. Había aprendido a morir a sus propios intereses. Su mirada estaba puesta únicamente en el Señor. Él estaba con su Maestro en las buenas y en las malas.
¿Qué vamos a hacer usted cuando esta iglesia sea perseguida? Porque, en cierta medida, ya lo es. ¿Qué vamos a hacer cuando comiencen a calumniar a las personas que Dios ha puesto para liderar? ¿Se va a mantener o se va a ir? Todos podemos ser objeto de críticas, calumnias y falsos testimonios.
Recuerdo que hace años, cuando un amigo y yo servíamos bajo otro pastor, comenzaron a circular comentarios y acusaciones contra él. Ninguno de nosotros es perfecto. No somos Jesús. Todos podemos equivocarnos. Pero yo conocía a ese hombre. Conocía su carácter. Y aun si hubiera cometido un error, sabía que un error no define toda una vida.
Todos podemos atravesar momentos difíciles. Todos podemos ser víctimas de críticas, de malentendidos o de acusaciones falsas. Jesús mismo dijo: «Bienaventurados cuando por mi causa levanten falsos testimonios contra ustedes». Mateo 5:11-12 (RVR 1960) Por eso la pregunta sigue siendo la misma: cuando lleguen esos tiempos, ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a ser como Juan o te vas a ir?
La Biblia no promete que los tiempos serán cada vez más fáciles. Lo que promete es que habrá oposición para quienes siguen a Cristo. Así que la pregunta es sencilla: ¿te vas a quedar o te vas a ir?
Después de la resurrección, Jesús se apareció a sus discípulos tres veces. La tercera ocurrió en Galilea. Los discípulos habían vuelto a pescar, justamente al lugar de donde Jesús los había llamado años atrás. Estaban pescando y no habían atrapado nada. Entonces leemos en Juan 21 que Jesús apareció en la orilla y les dijo: «Tiren la red al lado derecho». Cuando lo hicieron, la pesca fue tan abundante que Juan reconoció inmediatamente quién era.
Pedro, al darse cuenta de que era el Señor, se vistió y se lanzó al agua para llegar más rápido hasta Él. Después de eso, Jesús restauró a Pedro. Tres veces le preguntó: «¿Me amas?». Tres veces, porque tres veces Pedro lo había negado. Y tres veces Pedro respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te amo».
Luego el Señor comenzó a hablarle a Pedro acerca de su futuro y le anunció la manera en que algún día moriría. Esa profecía se cumpliría años después en Roma. Mientras caminaban, Juan venía detrás de ellos. Entonces Pedro lo vio y le preguntó al Señor: «¿Y este qué? ¿Qué va a pasar con él?».
Jesús le respondió: «Si quiero que él permanezca hasta que yo venga, ¿Qué a ti? Sígueme tú».
En otras palabras, el Señor le estaba diciendo: «Pedro, ese no es tu asunto. Tu llamado es seguirme. Ya sabes lo que te corresponde hacer. Ahora decide si vas a seguirme».
A raíz de esas palabras comenzó a extenderse entre los hermanos la idea de que Juan no moriría. Pero Jesús nunca dijo eso. Lo que dijo fue: «Si quiero que él permanezca». Y esa expresión es hermosa porque nos recuerda algo fundamental: la voluntad soberana de Dios. Él hace lo que quiere porque es el Rey de la vida y de la muerte.
Todos los demás apóstoles murieron martirizados. Juan también fue perseguido, encarcelado y sufrió por causa del Evangelio. Sin embargo, Dios tenía un propósito particular para su vida. Algunos escritores cristianos de los primeros siglos relataron que incluso sobrevivió a terribles persecuciones. No podemos afirmarlo con certeza absoluta porque la Biblia no lo dice, pero sí sabemos que Juan vivió muchos años más que los demás discípulos y pudo dar testimonio de todo lo que había visto.
Y ¿sabe qué me gusta pensar? Que Juan pudo soportar todo eso porque ya había muerto mucho antes. Murió a su ego, a su ambición y a sus propios planes. Juan ya había aprendido a morir con Cristo.
Por eso Pablo pudo decir: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí». Gálatas 2:20 (RVR 1960). El verdadero discipulado comienza cuando dejamos de vivir para nosotros mismos.
Juan comenzó como un adolescente impulsivo que quería poder y reconocimiento. Terminó como un apóstol lleno de amor. Pero ese cambio no fue automático. Fue el resultado de caminar con Cristo, de permanecer junto a Él y de decidir amarlo aun en los momentos más difíciles.
La decisión de Juan fue sencilla: me quedo. Cuando otros se fueron, el se quedó; cuando otros dudaron, él se mantuvo, cuando otros huyeron, él permaneció.
Porque al final, el discípulo amado no es el que más promete, ni el que más sabe, ni el que parece más fuerte. El discípulo amado es aquel que permanece fiel hasta el final.
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