Se Buscan Adoradores – ¿Cómo debemos adorar?
Mediante un proceso del espíritu, todos los creyentes arrastramos una tradicional forma de adoración a Dios, pero también, independiente de si sea más expresiva o menos que otros, llega un momento en nuestra vida en que se vuelve reciclada y es ahí cuando debemos cambiar ese viejo estilo, para dar paso a una nueva forma más propia e identificable, íntima, espontánea y agradable a los ojos de nuestro Señor.
La perspectiva de la divinidad de Jesús (100% Dios y 100% hombre) está claramente establecida en el libro de Juan. Por un lado, el capítulo tres nos narra la conversación de nuestro Señor con un judío moral y recto llamado Nicodemo y a quien le hace ver la necesidad de nacer de nuevo, o sea ser regenerado, para poder entrar en el reino de los cielos. Pero también, de forma continua, en el capítulo cuatro, Juan 4:4, RVR1960, “Y le era necesario pasar por Samaria” se nos presenta espiritualmente el propósito divino de que Jesucristo pasara por ahí y tuviera una conversación con una mujer samaritana, reconocida como adúltera y gran pecadora, es decir, lo peor de lo peor en su pueblo.
Ambos eventos nos dan clara evidencia que nuestro Señor se reúne con todo tipo de personas, sin preferencias, aún con aquellos cuyas perspectivas paganas y cambios en la Biblia y sus tradiciones, crearon grandes divisiones y odios. También, resaltan la importancia de entender la gran necesidad de luchar desde el principio contra el pecado y ser muy intencionales en exponerlo y sacarlo de nosotros con prontitud, para que muera desde pequeño y no crezca.
En esa conversación con la samaritana, Juan 4:13-14, RVR 1960, “Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él fuente de agua que salte para vida eterna” se nos da a entender que el agua ofrecida implica tanto la tradicional limpieza o purificación, como también, un profundo sentimiento de satisfacción interior permanente.
Vemos entonces que, desde la perspectiva divina del libro de Juan, Jesús presenta dos ejemplos. El primero es el nuevo nacimiento, imposible de producir por medios carnales, pues consiste en comenzar una nueva vida por la obra exclusiva del Espíritu de Dios. El segundo es el agua, que así como limpia el cuerpo y sacia la sed física, también simboliza aquello que nos limpia y sacia espiritualmente. En ambos ejemplos, el Señor parte de una realidad natural para revelar una profunda verdad espiritual.
Cuando vemos esa condición de lo espiritual sobre lo natural, nos llega ese momento donde podemos decir que, la verdadera adoración inicia cuando reconocemos quien es Dios y quienes somos nosotros delante de Él. En Juan 4:16 RVR 1960, “Jesús le dijo: Ve llama a tu marido, y ven acá” nos dirige a entender que, confrontando nuestra condición de pecado, primero es necesario que el agua nos lave y entrar en proceso de purificación, antes de ser saciados.
El verdadero adorador entiende que de nada sirve levantar las manos, cantar alabanzas o decir que Dios es Bueno, si nuestro corazón está contaminado. La presencia de Dios la sentimos por Su misericordia, porque nosotros no podemos hacer nada sin Él, pero también es por fruto de un debido proceso. No importa si somos los mejores, lo verdaderamente importante es que estamos limpios gracias al fruto de un continuo proceso de alimentación de la palabra de Dios a través de todos nuestros sentidos, porque eso es lo que nos ministra.
Sin santidad nadie verá al Señor y Él anda buscando a aquellos instrumentos que caminen en santidad para usarlos. Puede que, en nuestros intentos podamos mover las emociones de algunos, pero nunca seremos capaces de transformarlos o hacer que la presencia de Dios baje sobre ellos. Eso solo lo puede hacer el Señor. Por eso, lo primero que nos hace al llamarnos es lavarnos, para limpiarnos y quitarnos todas las impurezas que nos impiden la comunión con Él. Si hay impurezas o pecado, no hay presencia divina.
La samaritana fue confrontada para comprender su verdadera condición y reconocer delante de quién estaba. De la misma manera, nuestro amor por Dios crece cuando entendemos la inmensa distancia espiritual que nos separaba de Él. Como dice Lucas 7:47, mucho ama aquel a quien mucho se le ha perdonado. Cuando comprendemos cuán sucios estábamos antes de ser lavados, entendemos la magnitud del amor que fue derramado sobre nosotros. Eso es arrepentimiento: reconocer quiénes éramos y maravillarnos de que Dios, existiendo una separación tan grande entre Él y nosotros, decidiera fijar su mirada en nosotros.
Continuando con Juan 4:17-19, RVR1960, “Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: no tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta” se nos recuerda que la única forma de sanar las heridas es cuando nos quitamos el vendaje que las cubren; como la vergüenza o lo que dirán los demás y así, con fe, las exponemos a aquella agua limpia que nos sana.
Bajo esta perspectiva de reconocer y exponer nuestras heridas con humildad, encontramos tres tipos de creyentes. El primero se identifica con el hijo pródigo de la parábola de Lucas 15:11-32: al reconocerse pecador, experimenta dolor por su condición y, con arrepentimiento, decide cambiar. El segundo se relaciona con el hijo mayor de la misma parábola, pues cree que sus buenas obras pueden comprar el favor de Dios y darle el derecho de señalar a los demás, cuando en realidad vivimos únicamente por gracia. Sin embargo, aun en medio de esa autojustificación, al menos reconoce que algo en su vida está mal y que necesita cambiar.
Finalmente, está el tercero: aquel que no se identifica ni con el hijo pródigo ni con el hermano mayor. En su interior se considera mejor o superior a los demás, a pesar de que la Biblia, en Marcos 10:18 y Romanos 3:10-12, afirma que no hay ni un solo bueno y que todos somos pecadores. Esa sensación de superioridad y autojustificación lo lleva a no buscar el arrepentimiento ni el cambio, porque la distancia entre él y el Señor le parece tan pequeña que Dios deja de verse como el único Salvador, haciéndole creer que puede salvarse por sus propios medios.
Entonces, hay que cambiar y convertirnos en los verdaderos adoradores que el Padre anda buscando. Así volviendo a Juan 4:19-22, RVR1960, dice: “Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. Jesús le dijo: créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos” y nos coloca en un plano tan real, tan distante del Señor y con una dinámica de relación tan mala, que inclusive nos hace ver que realmente estamos adorando a lo que no conocemos.
En esa posición, evidentemente no comprendemos todo lo que Él ha hecho por nosotros, ni las bondades que nos ha dado, ni la grandeza de su poder. Todo lo que tenemos proviene del Padre, porque por nosotros mismos somos completamente incapaces. Nuestra dependencia es absoluta de Dios; sin embargo, si no meditamos en su Palabra ni lo conocemos, tampoco podremos adorarlo. ¿Cómo adorar a quien no se conoce? Y ¿cómo adorarlo si no reconocemos nuestra verdadera condición ni la inmensidad de todo lo que Él ha hecho por nosotros?
La adoración no se hace en un lugar o en otro, porque la salvación viene de Jesús. Él es el agua para vida eterna. Sigue Juan 4:23, RVR1960, diciéndonos “Más la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren” y recordándonos que toda la ley ceremonial fue cumplida en Jesús y que la adoración se hace con obediencia y en completa integridad, es decir, en espíritu y en verdad en todo lugar y tiempo donde nos encontremos.
Para verdaderamente salir de su condición, la samaritana necesitaba aprender a adorar y el Señor le dio la clave al decirle que se debe adorar en espíritu y verdad. La adoración nunca puede ir separada del espíritu o de la verdad, siempre deben estar unidos. Por eso, la adoración debe brotar desde lo más profundo de nuestro ser espiritual, pues de nada sirve si solo son expresiones externas sin implicación integral de nuestro espíritu. Esto lo confirma Mateo 15:8, RVR1960, cuando dice: “Este pueblo de labios me honra; más su corazón está lejos de mí”. Necesitamos adoradores íntegros, dirigidos por la verdad.
A pesar de vivir en una sociedad relativista, no nos confundamos: solo hay una verdad. No puede haber una mala enseñanza y una buena adoración, porque ambas van juntas. De lo contrario, lo que se mueve es únicamente la emoción. Si no crecemos en el conocimiento del Dios que adoramos, no habrá una verdad que nos transforme, nos lleve a la limpieza y la santidad, y nos convierta en verdaderos adoradores. Tiene que haber entendimiento de la verdad y un espíritu dispuesto a adorar.
De Marcos 12:30, RVR19060, recibimos “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento” haciéndonos entender que la verdadera alabanza tiene que estar alineada y con expresiones correctas de adoración. El verdadero adorador comienza en el espíritu, siendo gobernado por el Espíritu Santo. Es Él quien vivifica nuestro ser interior, permitiendo que esa obra alcance luego el corazón y la mente, para que nuestras emociones se expresen de la forma y en el lugar correctos.
Cuando la adoración pasa de nuestro espíritu al corazón y de ahí a la mente, entendemos quién es Dios y lo que ha hecho por nosotros. Reconocemos que, aunque merecíamos Su ira, hemos recibido Su misericordia, amor, perdón y restauración, lo cual también puede manifestarse a través de nuestras emociones.
Por eso, si no podemos expresarlo externamente, es porque primero no es una realidad en nuestro interior. Pero si solo lo manifestamos por fuera y no en nuestro espíritu, corazón y mente, entonces no es una adoración verdadera. Recordemos que debe ser en espíritu y verdad, amando a Dios con todo nuestro ser.
La casa de Dios es el lugar apropiado para expresar nuestro llanto y gozo por Su presencia. Allí glorificamos al Señor junto a nuestros hermanos y, como iglesia, adoramos, crecemos, cantamos, oramos y nos exhortamos, experimentando el gozo del Señor en medio del culto.
En Juan 4:24-25, RVR1960, se dice: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y verdad es necesario que adoren. Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas” para recordarnos que Cristo significa “el ungido”, “el escogido en el cual se derramó aceite” para que viviera un plan, propósito o proyecto especial de Dios. Y sigue Juan 4:26, RVR1960, diciendo: “Jesús le dijo: Yo soy, el que haba contigo” para devolverse en el tiempo hasta el pentateuco, en el que la samaritana creía, y ahí retomar la historia de Moisés delante de la zarza en tierra santa, donde Jehová le dice “Yo soy el que soy”. Así, Jesús se le revela a aquella samaritana pecadora diciéndole “Yo soy ese”.
Lo mejor de esta historia es que esta mujer entra con una reputación de adúltera, llevándonos a preguntarnos: ¿cuál era nuestra reputación y cómo llegamos al Señor? Tal vez llegamos a la iglesia con el título de “pecador” marcado sobre nosotros, pero Jesús tomó a la samaritana, considerada por todos como lo peor de lo peor, y le permitió tener un encuentro con Él. Ese encuentro la transformó de pecadora a evangelista, porque creyó en Su palabra. Nadie que tiene un encuentro con Jesús vuelve a ser el mismo.
Ella pasó de ser pecadora a adoradora, y la fuente de agua viva empezó a brotar de ella sin poder contenerla. Entonces fue a Samaria a anunciar que, aunque era la menos apta, había encontrado a Aquel que la limpió y puso agua viva en ella; y si pudo hacerlo con ella, también puede limpiarnos y sanarnos a todos de nuestros pecados.
Empecemos a vivir una vida de verdadera obediencia delante del Señor. Si hoy estamos cansados, vengamos también con sed, para encontrar a Aquel que derrama agua espiritual sobre nosotros y salir llenos de Él. De nada sirve venir cansados y no buscar esa agua viva.
Tengamos claro que adorar implica limpieza e integridad; adorar en espíritu y verdad es conocer al Dios que adoramos, conocer quiénes somos delante de Él y comprender que toda verdadera adoración produce transformación.
Quizás hoy vinimos a la iglesia cargando los pecados de esta semana y nos sentimos indignos de estar aquí. Pero ya que hemos venido, busquemos el agua que nos limpia. Jesús quiere sanarnos, pero primero debemos exponerle nuestras heridas. Seamos intencionales en oración, confesando nuestros pecados y poniéndonos a cuentas con Dios, porque cuando reconocemos nuestra sed entendemos cuánto necesitamos de Él para ser transformados.
Busquemos ser más viles por causa del Señor, dejando todo delante del altar y escogiendo la mejor porción: a Jesús. Permitamos que el Espíritu Santo nos quebrante y respondamos con un corazón agradecido por Su bondad, misericordia y el gozo de Su presencia. Si tenemos sed, pidámosle agua a Jesús y esforcémonos por vivir una vida de obediencia y adoración.
Adoremos en espíritu y en verdad, con integridad, armonía y unidad entre nuestra fe y nuestras acciones. Que nuestro espíritu, corazón, mente y cuerpo adoren al Señor de manera coherente, entendiendo lo que proclamamos. No ofrezcamos una adoración reciclada ni rutinaria, sino derramémonos completamente delante de Él, recordando que es digno de toda nuestra adoración.
El Señor sigue buscando adoradores para transformarlos por medio de una vida de obediencia y adoración. Exaltémoslo siempre con nuestra vida, proclamando que nadie es comparable a Él.
Oración: Espíritu de Dios, trae unidad a todo nuestro ser para que nuestro fundamento no sean solo las emociones, sino una verdadera madurez espiritual. Transforma nuestra manera de obedecerte y adorarte, y haznos crecer como una casa de adoración. Gracias porque nuevas son tus misericordias cada mañana. En el nombre de Jesús. Amén.
Otros Sermones de Esta Serie

Se Buscan Adoradores – ¿Por qué adoramos?
mayo 10, 2026

Se Buscan Adoradores – ¿Qué es la adoración?
mayo 03, 2026
¿Cómo podemos ayudarte?



