Adviento - La Promesa
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Adviento – La Promesa

La Navidad tiene algo especial que muchas veces anhelábamos que llegara. Se contaban los días y las semanas, y cuando finalmente llegaba, siempre decíamos: “voy a aprovecharla”. Hacíamos planes como decorar galletas, decorar la casa de una forma diferente, y se creaba una nostalgia distinta y muy bonita. Incluso el clima influía, con esos vientos navideños que anunciaban la temporada.

En medio de ese ambiente, leía algo que ejemplificaba muy bien la Navidad y decía:

“La temporada navideña trae una mayor sensación de que algo maravilloso está por venir. Podemos sentirlo, como una promesa a punto de hacerse realidad, como si se acercara algo muy bueno. Por unos segundos atrapamos un olor en el aire, una fragancia que nos recuerda a un lugar en el que nunca hemos estado y a un momento para el cual no tenemos palabras. Somos conscientes de los latidos de nuestro corazón, y lo extraordinario que está a punto de suceder es igualado solo por el momento extraordinario justo antes de que suceda”.

Adviento es el nombre de ese momento.

Adviento proviene del latín Adventus, que significa llegada, aparición o venida. La iglesia primitiva empezó a adoptar este término para hablar de la llegada de los reyes, y específicamente los cristianos lo adoptaron para referirse a la llegada del Rey Jesús. El registro más antiguo que se tiene de esta celebración de Adventus data del siglo IV después de Cristo.

Uno de los motivos principales por los cuales la iglesia comenzó a celebrar el Adviento fue para luchar contra las herejías que surgieron en ese momento acerca de la encarnación del Hijo de Dios. A partir de ahí, el enfoque del Adviento tenía una misión específica, comprometida, puntual e incluso intencional: hablar constantemente de que Cristo vino, nació, vivió, murió, resucitó y que un día volverá. Ese es el significado total de Adviento: que Jesús nació, pero no solo eso, que Él volverá. La promesa completa es que, así como había venido y nacido, también regresará.

Es muy fácil pasar por alto una celebración tan profunda, porque esta temporada suele ser una de las que mayor desenfoque generan en el año. Muchos de nosotros percibimos que llegaba el 24 de diciembre estando más estresados que felices o en paz, porque hay demasiado por resolver: preparar la cena, ultimar detalles o comprar los regalos a última hora. Esa carga termina siendo tan grande que comenzamos a enfocarnos en lo externo y no en lo interno.

Muchos nos identificamos con esta realidad. En cuántas Navidades nos enfocamos más en lo externo y no en el verdadero significado por el cual Dios permite esta temporada: un tiempo en el que se hable más de Jesús. Incluso personas que no lo conocen mencionan al niño Jesús en cenas, trabajos o intercambios de regalos. Sin embargo, nuestro propósito sigue siendo el mismo que tuvo la iglesia primitiva: reconocer en qué lugar alguien necesita escuchar de qué se trata realmente esta temporada.

Por ello, este mensaje se llama La Promesa, con el objetivo de que nos detengamos al comenzar la Navidad y nos propongamos hacer algo verdaderamente significativo. No se trata de nosotros, de nuestra cena, de nuestra decoración o de que nuestro árbol sea el más hermoso. El deseo es conocerte más y llegar a enero sin habernos enfriado en la fe.

Podemos aprovechar cada momento para que esta temporada sea de conocer más a Cristo y de anunciarlo más. Cuanto más lo conocemos y lo anunciamos, más vemos Su poder actuar en nuestras vidas.

Volviendo a la promesa, muchos de nosotros las hemos recibido lo largo de la vida, pero no todas se han cumplido. Sin embargo, la promesa del regreso del Mesís sí se cumplirá. Esta promesa nació antes de la fundación del mundo, en el amor de Dios al pensar en nosotros aun antes de que el mundo fuera formado, tal como lo leemos en la palabra:

“Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” 1 Pedro 1:18-20 (RVR 1960)

Esa es la promesa de nuestro Dios. Por amor a nosotros, Él prepara a Cristo y anuncia la venida de Jesús desde el principio. Dios reafirma esa promesa a Abraham, a Moisés y a David, y hasta el último profeta del Antiguo Testamento sigue hablando del único que puede anunciar el fin desde el principio:

“Que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero”. Isaías 46:10 (RVR 1960)

Porque en un rango de 400 años Él mantuvo su promesa y sin duda la cumplió, por amor a nosotros. Una de esas profecías en especial fue escrita aproximadamente a los 700 años antes del nacimiento de Jesús, en el libro de Isaías y dice lo siguiente:

“Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles. Él pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos multiplicaste la gente, y aumentaste la alegría. Se alegrarán delante de ti como se alegran en la siega, como se gozan cuando reparten despojos porque tú quebraste su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor, como en el día de Madián porque todo calzado que lleva el guerrero en el tumulto de la batalla, y todo manto revolcado en sangre, serán quemados, pasto del fuego porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.” Isaías 9:1-6 (RVR 1960)

Esa era la profecía. Lo primero que observábamos era el lugar donde se anunció: la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, lo que hoy se conocía como Galilea. Esta región se encontraba al norte de Israel y siempre fue la primera zona a la que llegaban los invasores, por lo que era la que más sufría. Muchas veces, las personas de esta zona eran llevadas como esclavos. Sin embargo, en el lugar de mayor sufrimiento, el Señor anunció que llegaría la luz. En la zona de mayor desesperación, nuestro Dios proclamó que Su luz resplandecería, porque Él no veía como nosotros veíamos.

Galilea, en los tiempos de Jesús, estaba bajo el dominio del Imperio Romano. Aunque existía cierta libertad política y religiosa, el pueblo vivía terriblemente subyugado. Roma los mantenía bajo control, imponía impuestos muy duros, exigía obediencia absoluta y mantenía una presencia militar constante.

Además, había conflictos internos continuos contra quienes se oponían a Roma. Era una población mixta, por lo que se le llamaba Galilea de los gentiles. Debido a las invasiones, muchos habitantes eran llevados como esclavos y, al mismo tiempo, traían personas de otros reinos para poblarla, junto con sus costumbres y tradiciones.

Por esa razón, Galilea era una región donde había mucha liviandad. Estaba lejos de Jerusalén y las prácticas religiosas no eran tan estrictas; no se vivía tan apegado a la Ley debido a la falta de supervisión. Era una tierra despreciada por los judíos del sur, tanto por la mezcla étnica como por su acento, costumbres y tradiciones. Incluso recordábamos cuando a Natanael, uno de los discípulos de Jesús, le hablaron de Él y respondió: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Ese era el concepto que se tenía en ese tiempo, pues sus habitantes eran pobres: campesinos, pescadores y artesanos que esperaban la liberación del Mesías.

Los judíos esperaban un Mesías con gran fuerza militar, alguien firme y poderoso que los liberara del yugo opresor bajo el cual vivían. Su expectativa era una figura política que viniera a destruir a Roma y a todos sus enemigos. Cuando leemos la profecía de Isaías que dice: “Multiplicaste la gente y aumentaste la alegría”, ellos entendían que vendría prosperidad y crecimiento de su propio pueblo. Luego, cuando se menciona: “Se alegrarán como se gozan cuando se reparten despojos”, su mente seguía enfocada en la conquista y la victoria militar.

La profecía continúa diciendo: “Porque tú quebraste su pesado yugo, la vara de su hombro y el cetro de su opresor, como en el día de Madián”. El día de Madián hacía referencia a la guerra que Gedeón ganó con solo trescientos hombres, narrada en Jueces 6 y 7, una victoria sobrenatural y absoluta. Por eso, los israelitas esperaban que el Mesías destruyera por completo a Roma.

Ellos no comprendieron cuando la profecía hablaba de que nos había nacido un niño. Esperaban a alguien admirable que produjera asombro, pero finalmente a un hombre. Anhelaban un hombre con la sabiduría de Salomón, que los devolviera a los tiempos de paz que vivieron bajo su reinado. Esperaban a un Dios fuerte, como un héroe divino o un guerrero poderoso, y a un Padre eterno, entendido como un rey protector y proveedor. Todas sus esperanzas estaban puestas en alguien que los librara del yugo opresor y les diera una paz política y territorial.

Israel había vivido su época dorada bajo el gobierno de David y Salomón, un tiempo de gozo, victorias militares y reconocimiento por su sabiduría. Personas de otras tierras venían a buscar esa sabiduría y el templo era el centro de su identidad. Por eso anhelaban volver a esa gloria. Sin embargo, Dios les traería una gloria mayor, no a través de la prosperidad física que esperaban ni mediante un hombre violento, sino a través de un niño. No para conquistar un reino terrenal, sino para conquistar algo mucho más difícil: sus corazones, y para salvar sus almas.

Ellos tenían su mirada puesta en lo externo, y al reflexionar en esto, podíamos identificarnos fácilmente, especialmente en una temporada como la Navidad.

Israel deseaba volver a disfrutar de esa prosperidad y esa libertad externa, pero estaba tan enfocado en lo que había perdido, en aquellas glorias pasadas, que se había desenfocado completamente de lo que había en su corazón. Al reflexionar en esto, comprendíamos que algo similar podía sucedernos a todos.

Lo que realmente sucedió fue que en Jesús esta profecía se cumplió en el sentido más completo posible, en el sentido espiritual. Esta profecía hablaba de la victoria y de la realidad de la promesa contenida en el evangelio. Cuando Isaías decía: “Tú viniste y multiplicaste la gente”, esa multiplicación no se limitaba a un momento histórico, sino a lo que continuaba ocurriendo hasta el día de hoy. Todo aquel que reconocía que Jesús es el Señor llegaba a ser parte del pueblo de Dios, y el reino de Dios seguía avanzando, creciendo y multiplicándose. Nosotros mismos podíamos decir que somos parte de esa multiplicación, de ese fruto que traería el Mesías.

Cuando el texto dice: “Aumentaste su alegría”, comprendemos que esa alegría no estaba basada en las cosas externas. El motivo de ese gozo era haber sido reconciliados con Dios. Ese era el fundamento de nuestra alegría: haber sido libertados y poder acercarnos a Él con confianza, darle gracias y saber que Él escuchaba nuestras oraciones. Su oído estaba atento a nosotros porque habíamos sido comprados, y ese debía ser el verdadero gozo del cristiano, no la espera que se resolvieran las circunstancias externas como lo esperaba Israel. Jesús venía a formar verdaderos adoradores que adoraran al Padre en espíritu y en verdad.

La victoria de Jesús para cada uno de nosotros, al igual que la de Madián, fue completa y total. Su Palabra afirmaba que “somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” Romanos 8:37 (RVR 1960). Algo que llamaba profundamente nuestra atención era la expresión: “Tú quebraste su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor”. El pesado yugo representaba esa servidumbre forzada en la que todos vivíamos sin Cristo, la esclavitud del pecado, una carga aplastante y total.

Sin embargo, no solo se rompía ese yugo, sino que Jesús nos invita a tomar el suyo, porque era fácil y ligero, y en Él encontraríamos descanso para nuestras almas. La vara sobre el hombro representaba ese golpe constante, una vida marcada por la opresión, la tristeza y la falta de propósito, donde levantarse cada día parecía no tener sentido. Jesús vino a quitar esa vara y también a remover el cetro del opresor, el poder del pecado. De esa manera, nuestro corazón sería ocupado por el verdadero Rey, quien reinaría para siempre y traería una paz verdadera.

El Adviento no solo se trataba de una promesa presente, sino también de una promesa futura. Como pueblo, esperábamos Su venida. El versículo continuaba diciendo: “Todo calzado que lleva el guerrero en el tumulto de la batalla, y todo manto revolcado en sangre, serán quemados, pasto del fuego”. Esto hacía referencia a lo que ocurría cuando las guerras terminaban: los soldados se quitaban las sandalias, los cascos y la ropa manchada de sangre, y la echaban al fuego porque ya no era necesaria la guerra y llegaba la paz.

De la misma manera, un día Jesús vendrá y ya no habrá más guerra. Entonces, esas ropas ya no serán necesarias. Isaías continuaba afirmando que “lo dilatado de Su imperio y la paz no tendrán límite”. Anhelamos ese día de descanso y esperamos con esperanza la venida del Señor, porque, así como Él prometió que vendría y lo cumplió, de la misma manera regresará.

Israel tenía expectativas irreales y equivocadas del Mesías. Al reflexionar sobre esto, nos preguntamos: ¿con qué expectativas venimos nosotros? ¿Esperamos que nos salve, que nos dé gozo, que en esta Navidad nos permita descansar? ¿Cuál es realmente nuestra expectativa de Jesús? Muchas veces esperamos que Él venga a arreglar nuestra vida, a cambiar a nuestra familia, a transformar a nuestro esposo o esposa, o a darnos todo lo que queremos porque creemos merecerlo, porque hemos sido “buenos” o porque servimos. Esperamos la pareja ideal, prosperidad económica o soluciones inmediatas.

Nos identificamos profundamente con Galilea y con esta profecía, porque también esperamos cosas equivocadas. Sin embargo, Jesús alumbra nuestro corazón y nos muestra lo que realmente necesitamos. Así como esa luz brilla en medio de las tinieblas, en una región de sombra y muerte, también ilumina nuestro corazón y trae un gozo que nunca habíamos experimentado, un gozo que permanece hasta hoy porque se cimenta en la roca y no en las circunstancias.

Isaías continuaba diciendo: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”. Ese Hijo nos fue prometido y dado para reinar en nuestras vidas. Para nosotros, Él sería Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno y Príncipe de Paz. Ya habíamos visto lo que Israel esperaba, pero ahora debíamos preguntarnos qué quería Dios que entendiéramos de la promesa que nos dio en Su Hijo.

Que Cristo naciera o incluso que muriera tendría poco provecho si ese Niño no hubiese nacido personalmente para nosotros y si por nosotros no hubiese derramado Su sangre. El significado del nacimiento, la vida y la muerte de Cristo debe ser algo personal. Cada uno de nosotros debe reconocer lo más importante: entender lo que nos da Cristo, esa promesa por la cual ahora vivimos.

Comprendemos entonces que la verdadera paz y prosperidad no se trata de logros personales, de proponernos ser mejores el próximo año o de cumplir nuevos objetivos. Tampoco consiste en arreglarnos a nosotros mismos, sino en abrazar lo que Cristo ya logró por nosotros. Esa es la verdadera prosperidad.

Dios nos dio al Admirable, y Jesús es digno de toda nuestra admiración, de nuestro tiempo y de nuestro servicio. Sin embargo, muchas veces nos dejamos cautivar por las cosas del mundo, cuando Dios nos da al Admirable para contemplarlo libremente. Él es el Consejero; a diferencia de los reyes antiguos, que necesitaban consejos porque no podían ser sabios por sí mismos, nuestro Rey no necesita guía alguna. Él es la sabiduría encarnada, no comete errores y tiene un plan perfecto.

Él es nuestro Dios Fuerte; para Él no hay nada imposible. Lo más sorprendente es que entra en nuestra vida, asume nuestra fragilidad, abraza nuestro dolor y llora con nosotros. Es Padre Eterno, un Padre perfecto para Su pueblo, y “eterno” habla de la dimensión interminable de Su cuidado. En medio del temor o de las dudas, comprendemos que no hay un solo día en que el Señor Jesús no sepa lo que necesitamos. Su amor por nosotros es como el amor de un Padre: busca nuestro bien, nuestra paz, nuestra prosperidad y nuestro consuelo. No hay límite ni final para el amor de Cristo.

Él es el Príncipe de Paz. El pecado arruina todas las cosas y nos separa de Dios, y por naturaleza somos enemigos de Él. Sin embargo, Jesús es el único que puede terminar con todo conflicto. Trae la paz entre Dios y nosotros. Tal vez no es el Rey que esperamos o el que buscamos según nuestras expectativas, pero es el Rey que realmente necesitamos.

La Navidad se trata de que un Niño nació y nos fue dado.

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