Dunámis – Evangelismo
El libro de Hechos nos presenta uno de los momentos más trascendentales de la historia de la iglesia. Después de resucitar, Jesús permaneció durante cuarenta días con sus discípulos, enseñándoles acerca del Reino de Dios y preparándolos para lo que vendría.
Finalmente, reunido con ellos cerca del monte de los Olivos, ocurrió un acontecimiento extraordinario: el Señor ascendió al cielo delante de sus ojos. A lo largo de esta serie sobre el Dunamis, el poder de Dios, se ha destacado una de las mayores bendiciones que el Señor ha concedido a sus hijos: el regalo del Espíritu Santo.
La Escritura relata este momento en Hechos 1:6-11 (RVR 1960):
“Entonces los que se habían reunido le preguntaron diciendo: ‘Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?’ Y les dijo: ‘No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra’. Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: ‘Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo’”.
Jesús había resucitado de entre los muertos y, durante cuarenta días, se había estado apareciendo a sus discípulos y a otras personas. Este fue precisamente el momento en que se encontraban cerca del monte de los Olivos, todos reunidos con Él. Jesús les estaba hablando y dándoles sus últimas instrucciones cuando, frente a sus propios ojos, vieron al Maestro comenzar a ascender a los cielos.
Entonces, dos hombres con vestiduras blancas se acercaron a todos los que estaban allí y les dijeron: «¿Por qué miran al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera en que lo han visto irse» Hechos 1:11 (RVR1960). Así quedó proclamada la promesa más grande que tenemos como hijos de Dios: la segunda venida de Cristo Jesús.
Mientras los discípulos le preguntaban a Jesús acerca de la restauración de Israel, aun después de haber pasado cuarenta días con el Maestro resucitado, sus pensamientos seguían centrados en el destino de su pueblo y en su situación política. Sin embargo, Jesús dirigió su atención hacia algo mucho más grande: una misión global. Mientras ellos buscaban respuestas sobre el futuro de Israel, Él les prometía el poder del Espíritu Santo para ser sus testigos hasta lo último de la tierra.
En este pasaje podemos identificar dos momentos que también reflejan nuestra propia vida con Dios:
El primero ocurre cuando nuestros pensamientos y expectativas están enfocados en nuestros propios planes o preguntas, y el Señor, con amor, redirige nuestra mirada para mostrarnos que su propósito va más allá de lo que estamos viendo.
El segundo sucede cuando nos quedamos contemplando lo que Dios ha hecho, pero Él mismo nos llama a dejar de permanecer inmóviles y a ponernos en marcha, respondiendo al propósito para el cual nos ha enviado.
En estos puntos anteriores es necesario que meditemos sobre:
La pregunta de los discípulos no estaba mal, no era incorrecta. El Señor tenía y tiene un plan con el pueblo de Israel; el problema era que la pregunta que ellos hicieron revelaba dónde estaba puesto su corazón o su expectativa.
¿Cuáles son las preguntas que le hacemos al Señor? ¿Cuándo me vas a dar esto? ¿Cuándo voy a conseguir esto? ¿Señor, por qué esto? Tal vez Él las escucha, pero nos quiere llevar a otro lugar.
Mientras Jesús venía hablando acerca del Espíritu Santo, los discípulos seguían pensando en la restauración de su pueblo. Tal vez nosotros no hemos experimentado guerras o momentos políticos complejos, pero los discípulos sí, y era un tema que los afligía; pero el Señor Jesús no se enfoca en esas circunstancias o en ese momento de la historia. Él lo que empieza a decirles es: “recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes”. Hechos 1:8 (RVR1960)
Jesús mueve la conversación de sus intereses hacia su propósito. Todos en algún momento hemos experimentado eso; algunas temporadas de la vida se han hecho muy largas, tal vez por circunstancias incómodas, pero después de mucho tiempo las entendemos por todo lo que implicó y cambió en nosotros.
Jesús no respondió con fechas ni detalles acerca del futuro. Él respondió que recibiría poder cuando el Espíritu Santo viniera sobre ellos. ¿Qué importancia tiene la palabra poder en esta enseñanza? DUNAMIS significa capacidad sobrenatural dada por Dios.
Cuando recibimos al Espíritu Santo de Dios, recibimos poder, recibimos algo increíble, uno de los regalos más increíbles que un ser humano puede recibir. Tanto así que cuando entra el Espíritu Santo de Dios, nos hace hijos de Dios, nos sella para siempre. En la antigüedad el Espíritu Santo entraba en algunas personas y salía, pero hoy ha entrado en nosotros para quedarse para siempre.
Aunque no experimentemos algo físico o visible de la presencia del Espíritu Santo en nosotros, espiritualmente sí es poderoso en nosotros: nace esa necesidad de hacer menos nosotros para que Cristo Jesús crezca.
Cuando tenemos al Espíritu Santo crece una necesidad de menguar para parecernos más al varón perfecto que es Cristo Jesús. Si eso no nos está sucediendo, tenemos que preguntarnos si realmente tenemos al Espíritu Santo. Si estamos viviendo igual a como hace años atrás, no nos complace estar en la presencia del Señor y no empieza a brotar en nosotros esa necesidad de abrir la boca para contarle a los demás que Cristo ahora vive en nosotros y de ser testigos, realmente deberíamos preocuparnos.
Un testigo es alguien que habla de aquello que ha visto, escuchado, experimentado y no se calla. Aunque humanamente nuestra carne trata de resistirlo y contristarlo, el Espíritu Santo tiene que vencer, tiene que salir a través de sus hijos y de su iglesia. La gente tiene que ver que estamos llenos del Espíritu, que somos testigos reales del Señor.
Después de recibir la misión, Jesús ascendió y los discípulos permanecieron mirando al cielo. A veces nosotros hacemos lo mismo: solo contemplamos. No podemos ser de aquellos que no abrieron la boca y contemplamos como todo el resto de la gente. El pueblo de Dios alaba, predica y sirve; si somos de aquellos que solo contemplan, preocupémonos en saber si el Espíritu está en nosotros.
El Espíritu Santo viene a habitar en nosotros también para llevarnos al propósito, hacia la misión de Cristo Jesús; no solo para tener sus beneficios, sino para ser parte de su llamado. Hoy corremos también el riesgo de contemplar aquello que Dios está haciendo sin involucrarnos activamente en ello.
¿Cuánto tiempo tenemos en la iglesia y no nos hemos involucrado? Hemos sido llamados a que nuestra lámpara esté llena de aceite y estar involucrados totalmente en el propósito de Cristo Jesús, siendo testigos de Él.
Sobre el Dunamis, el poder de Dios: el Espíritu Santo fue dado también para que sus hijos vivan como testigos poderosos de Él. Estamos tan preocupados por tantas cosas… eso nos distrae, nos aleja de lo que realmente fuimos llamados a ser y hacer.
Que hoy nuestra oración para el Señor sea quien ponga compasión en nosotros por los demás, que ponga fuego en nosotros y que queme todas nuestras excusas de hablar a los demás y ser testigos de su poder.
No se trata de qué tan buenos somos usando versículos o hablándole a alguien. Se trata de que somos tan imperfectos y necesitamos que el Espíritu Santo trabaje en nosotros; que haya valentía en los corazones para no ser simples espectadores, y tomar la misión de involucrarnos y hablar a otros de tu palabra.
Que tú seas nuestra prioridad siempre en el nombre de Cristo Jesús. Amén.
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