Jesús el que cambia paradigmas - De un lugar físico a habitar en sus hijos
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Jesús el que cambia paradigmas – De un lugar físico a habitar en sus hijos

Iniciamos una nueva serie: Jesús el que cambia paradigmas. Un paradigma es un modelo, un cuerpo de ideas o pensamientos que tiene una persona o un grupo de personas; es una mentalidad.

Muchas veces nosotros actuamos como nos dictan nuestros pensamientos. El hombre es lo que piensa, su carácter es la suma de todos sus pensamientos, y necesitamos estar vigilantes sobre cuales son nuestros pensamientos. Desde el punto de vista de iglesia necesitamos ser enseñados para poder confrontar nuestras convicciones y nuestras creencias con lo que la palabra de Dios dice.

Proverbios 23:7 dice: 

“por que cual es su pensamiento, en su corazón, tal es él.”

Podemos tener certeza de que nuestra manera de actuar nace de nuestros pensamientos.

Romanos 12:2 dice:

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”

El deseo de Dios es que su pueblo sea transformado por medio de la renovación de nuestro entendimiento. Tenemos que dejar pensamientos pasados que hemos heredado de nuestros padres, de la sociedad, de maestros, los cuales hemos venido arrastrando y hasta hemos inconscientemente incorporado en nuestro ser interior. Por lo tanto, es importante que descubramos qué pensamientos subyacen en nuestro interior, porque somos capaces de transmitir esas equivocaciones a nuestros hijos, y muchas veces enseñamos lo que no es bíblico.

Tal transformación de nuestro pensamiento sólo es posible por medio de Jesús, el que cambia paradigmas, el que transforma nuestro pensamiento y nos renueva.  Esto sólo puede suceder cuando el Espíritu Santo de Dios nos habla y nos transforma a través de Su Palabra.

Producto de esos paradigmas que subyacen en lo profundo de nuestro ser y esas creencias religiosas en las que alguna vez estuvimos involucrados, encontramos que en ocasiones venimos a la Iglesia para “encontrarnos con Dios”, y asociamos un espacio físico, un local de cuatro paredes, como un sitio para encontrarnos con Dios; estamos equivocados.  La iglesia no es este lugar físico de culto; la iglesia somos nosotros, somos la casa de Dios, somos la iglesia del Señor. Si hemos entregado nuestra vida a Cristo y hemos aceptado el sacrificio para perdón de los pecados, somos Iglesia. Donde sea que estemos, ahí está Dios con nosotros.

La Palabra de Dios no solo debemos leerla y escucharla. También tenemos que meditarla.

1 Corintios 6-19 dice: 

“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”

Dios no habita en lugares construidos por manos de hombres, sino que habita en nosotros.

Hechos 17:24 dice:

“El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas”

El Dios que hizo el mundo, en quien tenemos fe, no es un Dios falso. Adoramos al Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él. El Señor y amo del cielo y de la tierra no habita en templos hechos por manos humanas. Dios está con nosotros, él está acompañándonos, sus oídos están prestos para escuchar nuestras oraciones donde quiera que nos encontremos.

Decía Martín Lutero: “el corazón humano es una fábrica de ídolos”; idolatramos lugares, espacios físicos, pensamos que en la Iglesia debemos tener un comportamiento reverente, que no tenemos fuera de ella.  Tenemos que llevar a Cristo a nuestra casa, al trabajo, a la universidad. Jesucristo está en nosotros y somos un templo viviente. Dios mora en nosotros y siempre va a estar presente en nuestro día.

Tenemos confusiones mentales y pensamos que adorar es simplemente cantar, pero NO, adorar es obedecer, es sujetarnos y tener en cuenta la palabra de Dios. Tenemos un comportamiento en la iglesia y otro fuera de la iglesia, tenemos un lenguaje y una “cultura evangélica” aprendida para usar cuando estamos en la iglesia. Pero cuando no estamos en la casa de Dios, nuestro comportamiento es distinto, uno que no se ajusta a la palabra de Dios y que está lleno de pecado.

Tenemos que meditar, ¿estamos comportándonos como la Iglesia de Cristo?

Uno de los principales problemas de la iglesia en este siglo XXI es que tiene tanto acceso a la información, que lo que termina trayendo es confusión en el pensamiento.  Pero el Espíritu Santo de Dios quiere traer a su Iglesia, al cuerpo de Cristo, esa verdad de que somos Iglesia donde sea que estemos.

Lamentablemente hay personas en las iglesias que quizás llevan años de congregarse, pero no tienen un comportamiento de gente del reino de Dios. El Cristianismo se ha venido desvalorizando con el pasar de los años. Antes ser cristiano se asociaba a honor, honradez e integridad. Hoy en día parece que no. La religiosidad se ha metido en nuestro corazón.

Oseas 4:6 dice:

“Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos.”

Isaías 5:13 dice:

“Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed.”

La iglesia necesita volver a la palabra de Dios, apropiarnos de las verdades de Dios y entender lo que Dios hizo en la cruz, porque si no, podemos ser engañados, destruidos y llevados cautivos. Debemos de romper la indiferencia a la palabra de Dios, y volver a tener anhelo y hambre por Su Palabra, estudiarla, meditarla y aprenderla. La palabra de Dios no va a permitir que seamos cautivos y llevados a destrucción.

Aquellos que no buscan de corazón tener un conocimiento personal del Señor y no permiten que el Espíritu Santo les revele las verdades divinas, seguirán viviendo de verdades prestadas y de alimento liviano. Dios quiere levantar un pueblo maduro que sepa discernir lo bueno y lo malo. Pero a veces decimos que la palabra de Dios es aburrida porque escuchamos lo mismo a través de los años.  Para entender el sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario hay que estudiar la Biblia. Para apropiarnos de las promesas de Dios, y para poder limpiarnos de los vestigios religiosos que arrastramos inconscientemente, tenemos que conocer la palabra de Dios.

La palabra de Dios guiada por el Espíritu Santo, no nos va a engañar. Debemos escudriñarla día a día y pedirle al Espíritu Santo que nos ilumine, que nos de entendimiento.  Es una palabra viva. No podemos seguir tomándonos esa palabra con desidia. Necesitamos volver a ser asombrados, maravillados, agradecidos por la salvación tan grande. ¡Cristo dejó el cielo para venir a la tierra a salvarnos!

La palabra de Dios nos dice que Él no nos dejará, que no nos desamparará, que va a estar con nosotros hasta el fin de los tiempos. Dios nos dice que Él tiene pensamientos de Paz para darnos aquello que necesitamos. No olvidemos que la Biblia, desde Génesis y hasta Apocalipsis, es el plan de Dios para redimir al mundo a través de Jesucristo. Todo apuntaba a Cristo desde el Antiguo Testamento. Rindámonos en gratitud delante del Dios de los milagros. No olvidemos adorar a Dios; levantémonos dando gracias a Dios por que son nuevas sus misericordias, porque tenemos un Dios cercano que está a favor nuestro. Compartamos y prediquemos de Él.  Él es quien nos ha dado la posibilidad de vivir.

Salmo 119:18 dice:

“Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.”

Con esta oración pidamos a Dios que abra nuestros ojos, que quite toda ceguera espiritual, la negligencia, la pereza, la dureza de espíritu. Demos Gracias a Dios porque por gracia y misericordia estamos aquí como iglesia de Dios. Agradezcamos nuestra Salvación y la gracia infinita de nuestro Señor.

Juan 4:23 dice:

“Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.”

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