Jonás, el amor de Dios para los perdidos – El amor de Dios y el nuestro.
El libro de Jonás trata sobre un profeta rebelde, a quien Dios envió un mensaje para Nínive, pero él huyó hacia Tarsis. Durante el viaje, Dios lo confrontó con diversas situaciones que lo llevaron al arrepentimiento y a pedir perdón. Gracias a la gracia de Dios, Jonás finalmente viajó a Nínive, predicó un mensaje de arrepentimiento y provocó el avivamiento de toda la ciudad, y así su gente se volvió al Señor.
Al final de la historia, vemos la diferencia entre el amor de Dios y el nuestro. En Jonás 3:9-10, se muestra a un Dios misericordioso y piadoso que observa la conversión de la gente y detiene el castigo que había anunciado. En contraste, Jonás, aunque había vivido todo el proceso, mantuvo su enojo y terquedad – Jonás 4:1-3 – mostrando su naturaleza humana de rebeldía.
Cuando la Biblia habla del “arrepentimiento de Dios”, utiliza un recurso llamado antropomorfismo, asignando cualidades humanas a lo divino para ayudarnos a comprender el corazón de Dios. Esto no contradice Números 23:19, que dice que Dios no es hombre para mentir ni arrepentirse; Él es inmutable, siempre fiel a su voluntad. Desde la perspectiva divina, Dios ya conoce el resultado: sabía que Nínive se arrepentiría y, por eso, no necesita cambiar ni arrepentirse; su plan de misericordia siempre estuvo presente.
Desde nuestra perspectiva humana, Dios nos moldea a través de las circunstancias, enseñándonos su naturaleza divina y misericordiosa para que aprendamos a amarlo y confiar en Él. Aunque a veces el pecado trae consecuencias, Dios, en su soberanía, lo permite como una forma de instrucción sobre lo que le agrada o no.
Podemos pensar que Jonás se enojó porque la profecía de destrucción de Nínive no se cumplió (Jonás 3:4). Sin embargo, el objetivo principal del mensaje de Dios era llamar al arrepentimiento: “conviértanse y no serán destruidos”. La ciudad respondió y se arrepintió, aunque más tarde volvió al pecado durante 150 años, hasta que finalmente la ira de Dios se cumplió, como lo profetizó Nahúm.
Dios es consistente entre lo que dice y hace. Jeremías 18:7-8 nos recuerda que Él no busca destruirnos, sino guiarnos hacia el arrepentimiento y la restauración, porque en su presencia encontramos amor, paz y vida.
En Jonás 4:4, Dios confronta directamente a Jonás: “¿Haces tú bien en enojarte tanto?” Esta pregunta nos confronta a todos los que nos llamamos cristianos pero seguimos actuando mal, usando malas palabras, guardando rencor o incapaces de perdonar.
Jonás huyó no por miedo, sino porque quería que los ninivitas no se salvaran; prefería que murieran antes de recibir gracia. Su enojo y resentimiento nos muestran cómo, a veces, también deseamos que otros sufran en lugar de ser bendecidos. Jonás incluso se sentó a esperar la destrucción de la ciudad (Jonás 4:5), reflejando un corazón lleno de odio y resentimiento. Esto nos confronta, porque muchas veces preferimos que otros reciban mal, en lugar de bendición de Dios, cuando no siguen nuestros consejos o creemos que no merecen gracia.
Quienes luchamos contra el enojo debemos reconocer tres señales: primero, dejamos de servir a los propósitos de Dios; segundo, nos aislamos creyendo que eso nos traerá sanidad; y tercero, nos convertimos en espectadores críticos, esperando lo peor de los demás e incluso atacando a nuestra familia o iglesia.
Jonás olvidó todo lo que Dios había hecho por él. Aun sin merecerlo, Dios lo rescató del mar, lo restauró y le dio otra oportunidad de predicar. Sin embargo, volvió a su rebeldía y enojo, deseando mal a los demás. Pero Dios, en su gracia, lo confronta nuevamente: le provee la sombra de una calabacera, un gusano y un viento recio, todo para enseñarle algo valioso.
En Jonás 4:9, Dios le pregunta: “¿Tanto te enojas por la calabacera?” y Jonás responde: “Mucho me enojo, hasta la muerte”. Esto nos recuerda que Dios nos pone pruebas repetidas para que aprendamos y crezcamos.
El contraste entre el amor de Dios y el nuestro es evidente en Jonás 4:10. Jonás se enfureció por una planta que creció y murió en una noche, mientras que Dios muestra misericordia a toda la ciudad de Nínive, con más de ciento veinte mil personas y muchos animales. Esto nos confronta: a menudo nos enojamos por cosas superficiales y dejamos de servir al Señor, mientras ignoramos la necesidad de misericordia hacia otros.
Debemos reflexionar sobre cómo tratamos a las personas a nuestro alrededor. A veces dedicamos más amor y cuidado a nuestras mascotas que a quienes realmente necesitan de Cristo, incluyendo familiares y compañeros difíciles. Jesús nos enseña que el verdadero reto es amar a quienes no son nuestros amigos, a los incómodos o difíciles, porque ellos son los que más necesitan recibir el amor y la salvación de Dios.
El libro de Jonás nos muestra varios errores que también podemos cometer: primero, olvidar de dónde nos sacó Dios y la obra redentora que hizo en nosotros. Hubo un tiempo en que estábamos necesitados de Su gracia y, sin embargo, hoy podemos creernos superiores a otros, señalando a quienes consideramos menos merecedores, sin reconocer que en algún momento estuvimos en peores condiciones.
Jonás se amaba demasiado; solo mostró alegría cuando la calabacera lo cubrió, es decir, cuando la gracia lo protegía. Es triste cuando no nos alegramos por las bendiciones de otros, creyendo que solo nosotros las merecemos. Esta actitud refleja orgullo, falta de amor a Dios y baja disposición para compartir Su gracia.
El segundo error de Jonás fue usar la gracia a su conveniencia: fácil con los que amaba, duro con los que despreciaba. Profetizar a Israel era cómodo porque era su pueblo, pero predicar a Nínive, una ciudad pagana, le resultaba imposible, hasta deseando morir. Esto nos confronta: muchas veces sentimos superioridad y evitamos mostrar compasión a quienes más lo necesitan.
Debemos aprender a tener amor, piedad y empatía por quienes atraviesan situaciones difíciles, sin juzgar ni despreciar. Solo cuando comprendemos que podríamos estar en su lugar, actuamos con verdadero compromiso y esfuerzo para ayudar.
Nada nos hace inherentemente mejores que los demás; todos estamos sujetos a caer en pecado, crisis, enfermedades o tentaciones. La única diferencia es la gracia de Dios. Por eso, necesitamos humildad y compasión, enfocándonos más en nuestros propios errores que en los de los demás.
Nínive era una ciudad pecaminosa e ignorante de Dios, mientras que Jonás, quien conocía la Palabra, actuó sin misericordia, lleno de ira y orgullo. Esto nos enseña que, a veces, quienes reciben más gracia somos nosotros, porque aun conociendo a Dios, nuestra necesidad de Su misericordia puede ser mayor que la de aquellos que no lo conocen.
A la luz de todo lo anterior, podemos destacar tres enseñanzas principales del libro de Jonás.
Primero, podemos leer, estudiar y profundizar en la Palabra de Dios, incluso formarnos bíblicamente, y todo eso es valioso. Sin embargo, de nada sirve si ese conocimiento no nos transforma por dentro y no nos hace más parecidos a Jesús: misericordiosos, humildes, generosos y llenos de amor por los demás. Cuando la Palabra no produce transformación, corremos el riesgo de volvernos críticos, indiferentes y de guardar silencio ante quienes están perdidos. No estamos llamados a sentarnos con los brazos cruzados, juzgando y diciendo: “Se lo merecen”, sino a agradecer por la diversidad de personas que Dios ha puesto a nuestro alrededor, entendiendo que esa diversidad nos edifica como iglesia y refleja el amor de Dios.
Segundo, Dios inevitablemente confrontará nuestros prejuicios para transformar nuestro carácter. Así como usó a Jonás para confrontar el pecado de una nación, también lo procesó para tratar su pecado interno. De la misma manera, Dios usa circunstancias para moldearnos: puede permitir crisis, escasez, enfermedad o cambios inesperados, no para destruirnos, sino para arrancar el orgullo, enseñarnos misericordia, gratitud y compromiso. A veces, incluso, vacía nuestra agenda para que no tengamos excusas para servirle.
Tercero, Jesús nos ha dado una gracia que debemos reconocer y vivir. No estamos cerca de Dios porque decidimos seguirlo, sino porque Él, en su gracia, nos sacó de donde estábamos. No merecíamos estar aquí ni servirle; merecíamos la cruz, pero Él nos dio perdón y bendición tras bendición. Por eso, cuando negamos gracia a otros y decimos que “no la merecen”, olvidamos lo que nosotros mismos recibimos y actuamos en contradicción con Cristo.
Nuestras ofensas contra un Dios Santo son mucho más graves que cualquier herida que hayamos sufrido, y aun así Él nos ofrece perdón, restauración y salvación cuando hay arrepentimiento. Si realmente conocemos la gracia, no podemos seguir guardando rencor. La gracia nos llama a perdonar, a soltar el enojo y las heridas, y a extender a otros lo que Dios nos dio primero.
Hoy es tiempo de soltar, sanar y volver a vivir en el gozo de la gracia del Señor.
Oración:
¡Señor Jesús, perdónanos! Tal vez hemos guardado rencor hacia nuestros padres por lo que no hicieron o no hicieron como esperábamos. Quizás aún estamos heridos por la iglesia, nuestras exparejas o incluso nuestros hijos, y ese enojo nos ha alejado de tu paz.
Es tiempo de cerrar esas heridas, pedir perdón y permitir que tu gozo y paz, que sobrepasan todo entendimiento, inunden nuestras vidas. Señor, ¡heme aquí!
Perdónanos por sentirnos superiores y despreciar a otros, por guardar odio o rencor hacia compañeros de trabajo, familiares o personas que creemos que “no merecen” acercarse a Ti. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y negar tu gracia?
Padre, ayúdanos a aprender de tu amor, que eres pronto para perdonar y misericordioso, aun cuando podrías castigarnos. Perdónanos por nuestra arrogancia, prejuicios y facilidad para odiar.
Transforma nuestros corazones, Señor, para que sean más como el tuyo: agradecidos, generosos y semejantes a Jesús. Que esta oración no sea solo palabras, sino un acto intencional de transformación. Señor, transfórmanos, porque queremos ser más como tú.
En el nombre de Jesús, amén.
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