Nehemías – Reconstruyendo Muros: Celebración, Avivamiento y Gozo
Recordemos el punto de partida. Nehemías es un libro histórico que narra cómo Dios levanta a este hombre para reconstruir los muros de Jerusalén, pero conforme avanzamos en el estudio entendemos que su verdadera connotación es más espiritual que material. Nehemías 1:3 lo resume: el muro de Jerusalén estaba derribado y sus puertas quemadas.
La historia se ubica en uno de los momentos más tristes del pueblo de Israel: la diáspora judía, el tiempo del exilio y el cautiverio en Babilonia. Existían dos reinos, el del norte y el del sur; primero los asirios conquistaron el reino del norte y después Babilonia conquistó Asiria y finalmente el reino del sur. El rey fue tomado, sus hijos asesinados ante sus ojos y después le sacaron los ojos para que esa fuera la última imagen que viera. El pueblo fue exiliado y muchos terminaron esclavizados en Babilonia.
Después surgen Zorobabel, una figura militar, y Esdras, un sacerdote, a quienes el Señor envía a reedificar el templo que Babilonia había destruido. Ahí entra en escena Nehemías, usado por Dios para reconstruir los muros y las puertas quemadas. El pueblo estaba avergonzado y en su peor momento, y Nehemías llora y pide perdón, porque comprende que el problema no era solo militar o político, sino espiritual. Es el mismo patrón que se repite a lo largo de toda la Biblia: buscamos al Señor, Dios nos bendice, en la bendición lo olvidamos, hacemos lo malo ante sus ojos, viene el juicio, nos arrepentimos y el Señor, misericordioso y tardo para la ira, nos vuelve a recibir.
Nehemías pide perdón por él, por su pueblo y por sus antepasados, entendiendo que aquel juicio era, ante todo, un juicio divino. Después es perseguido por sus enemigos, enfrenta mucho trabajo y resistencia de las tribus, hasta que llegamos al capítulo 12 y todo cambia: los muros están reconstruidos, hay familias reunidas, sacerdotes adorando, instrumentos sonando, dos grandes coros sobre los muros cantando al Señor y una ciudad entera celebrando su bondad.
El libro comienza con un llanto y termina con una enorme celebración. Dios no solo nos acompaña en los momentos difíciles; también quiere estar con nosotros cuando lo reconocemos, le agradecemos y celebramos con Él. Hay personas que saben llorar delante del Señor, saben pedir, ayunar y clamar, pero cuando Dios responde no saben cómo celebrar con Él. Nehemías nos enseña que hay tiempos para llorar, para trabajar y para luchar, pero también tiempos para gozarse y celebrar con el Señor.
De ahí surgen siete puntos y lecciones, no solo del mensaje de hoy sino de toda la serie.
No olvides dónde comenzaste. Antes de llegar a la gran celebración de Nehemías 12, la ciudad estaba destrozada. Cuando Nehemías recibe la noticia dice:
“Cuando oí estas palabras me senté y lloré, e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos.” Nehemías 1:4 RVR1960
Comparemos: en el capítulo 1 Nehemías llora; en el capítulo 12 celebra. Entre medio, Dios fue fiel. No ocurrió de la noche a la mañana; hubo oposición, amenazas, cansancio, enemigos, problemas internos y momentos que parecían imposibles, pero Dios lo llevó de las ruinas a la restauración. Muchas veces no disfrutamos correctamente lo que Dios hace porque olvidamos de dónde nos sacó.
Normalizamos promesas que antes eran motivo de oración: personas por las que orábamos hoy caminan con el Señor, puertas que hoy están abiertas antes eran razón de clamor, batallas que apenas recordamos antes nos hacían llorar. Con quince años de pastorado en la iglesia, es triste ver a personas que recibieron casa, comida y trabajo de la congregación en tiempos difíciles y luego se fueron enojadas por algo pequeño, borrando todo el bien recibido. No olvidemos dónde comenzamos, porque recordar correctamente el pasado produce gratitud en el presente.
Hay tiempo para construir y tiempo para celebrar. Eclesiastés 3 nos recuerda que hay tiempo para todo: reír, llorar, construir, destruir. Nehemías fue un constructor; todo el libro respira trabajo, edificación y defensa del muro, hasta que en el capítulo 12 llega la gran celebración.
“Para la dedicación del muro de Jerusalén buscaron a los levitas de todos los lugares para traerlos a Jerusalén, a fin de hacer la dedicación y la fiesta con alabanzas, con cánticos, con címbalos, con salterios y con cítaras.” Nehemías 12:27RVR1960
Dios no solo estaba interesado en que construyeran el muro; también quería gozarse y celebrar con ellos. Algo semejante aparece en la Santa Cena, que celebramos cada principio de mes. Antes de instituirla, Jesús dijo:
“¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta Pascua antes de que padezca!” Lucas 22:15 RVR1960
Así como en tiempos de Nehemías Dios tuvo un tiempo para celebrar con su pueblo, quinientos años después el Dios Todopoderoso, horas antes de ser entregado a la muerte, quería celebrar con un montón de pecadores. Algunas personas viven pensando permanentemente “¿y qué sigue?”: terminan un proceso, alcanzan una meta, ganan una batalla, reciben una respuesta a una oración de años, y nunca se detienen a disfrutar, agradecer o celebrar.
La vida no puede convertirse únicamente en una lista interminable de problemas sin resolver; hay momentos para detenerse y decir: “qué bueno ha sido el Señor”, aun en medio de las dificultades.
El gozo verdadero nace de reconocer a Dios en todo lo que hacemos. Nehemías 12 describe una fiesta con oración, alabanza, acción de gracias, sacrificios, instrumentos, sacerdotes, levitas y familias enteras. Ellos construyeron el muro con sus propias manos, pusieron las piedras, organizaron a las familias y enfrentaron a los enemigos, pero entendían que detrás de todo estaba la mano del Señor. Nehemías lo reconoce desde el inicio de su travesía:
“…Y el rey me lo concedió, según la benéfica mano de mi Dios sobre mí.” Nehemías 2:8 RVR1960
Se puede hacer lo mismo por orgullo o por gratitud: como el fariseo que ora “gracias porque soy tan bueno”, o reconociendo “mira lo que Dios me permitió hacer”. Quien entiende esto crece cada día en humildad; quien no, crece cada día en orgullo. Así reaccionaron Bernabé y Pablo en Hechos 14, cuando la gente quiso adorarlos como a Zeus y Hermes: rasgaron sus vestiduras y dijeron que eran solo hombres, porque todo se trataba de Dios.
Aprende a celebrar antes de que todo esté perfecto. El muro quedó terminado, pero la historia de Israel iba a continuar; en el capítulo 13 todavía aparecen problemas y luchas por corregir. Eso no significa que no fuera tiempo de celebrar. A veces pensamos que disfrutaremos lo que Dios ha hecho cuando el proceso termine, cuando consigamos el trabajo, cuando los hijos estén en los caminos del Señor, cuando el problema se resuelva o venzamos aquel gigante. Pero mientras seamos de carne y hueso siempre habrá desafíos y tentaciones.
La vida nunca será perfecta, y el gozo del cristiano no depende de que todo lo sea, sino de saber que Dios sigue siendo Bueno a pesar de cualquier cosa. El mayor gozo es el de la salvación, el de tener a Cristo, quien no nos debe nada porque ya nos lo dio todo, hasta su última gota de sangre. Nuestro mayor gozo es saber que tenemos vida después de la muerte; teniendo a Cristo no necesitamos nada más.
El gozo debe involucrar a todo el hogar. El versículo 43 dice que “se alegraron todas las mujeres y los niños”. No fueron solo Nehemías, sus líderes y los jefes de familia quienes celebraron; celebraron todos. En la tradición judía normalmente los hombres celebran abajo y las mujeres arriba, pero aquí todos celebraron juntos.
Nuestros hijos necesitan ver algo más que padres preocupados: necesitan ver padres que confían en el Señor, aunque la respuesta no haya llegado todavía, que hablan de agradecimiento, que celebran lo que Dios hace, aunque la respuesta aún no esté ahí, porque confían en que el Dios que no miente cumplirá lo que promete. Necesitan escuchar los testimonios de cómo Dios ayudó, no solo conocer las batallas de sus padres sino también sus victorias, y así construir memoria espiritual: saber que el Dios del que les hablamos es real porque lo vieron en nuestra propia vida.
El gozo de Jehová es nuestra fortaleza. Este es uno de los textos más importantes de toda la serie:
“Y Nehemías el gobernador, y el sacerdote Esdras, escriba, y los levitas que hacían entender al pueblo, dijeron a todo el pueblo: Día santo es a Jehová nuestro Dios; no os entristezcáis ni lloréis, porque todo el pueblo lloraba oyendo las palabras de la ley.” Nehemías 8:9-10 RVR1960
Al terminar de construir el muro, Nehemías trae a Esdras, el sacerdote, y ocurre algo histórico: es la primera vez registrada en que alguien sube a un púlpito a predicar la ley ante el pueblo. Muchos habían nacido en la diáspora y nunca habían escuchado la ley; eran judíos esclavos que por primera vez oían lo que el Señor les había mandado, y eso trajo una tristeza profunda, porque la palabra del Señor, cuando se expone, primero trae arrepentimiento.
Algo semejante vivió Savonarola, el “profeta del Renacimiento”, que predicaba arrepentimiento pueblo tras pueblo dejando tras de sí un llanto profundo, hasta morir como mártir. Lo mismo le ocurrió a Josías, quien siendo niño llegó a ser rey, restauró el templo y, al encontrar la Torá y leerla, rasgó sus vestiduras, se arrodilló y se arrepintió por lo que habían hecho sus antepasados; fue uno de los reyes más bendecidos. En la escena de Nehemías, Esdras predica y el pueblo se entristece, pero Nehemías les dice que no es momento de llorar sino de comer, beber, compartir y celebrar, porque el día es santo para el Señor:
“Luego les dijo Esdras: Id, comed grosuras, y bebed vino dulce, y enviad porciones a los que no tienen nada preparado, porque día santo es a nuestro Señor; no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fortaleza.” Nehemías 8:10 RVR1960
El gozo bíblico no significa que nunca vayamos a llorar, que no tengamos problemas ni que todo vaya a salir bien. Nehemías lloró y tuvo muchísimos problemas. Significa que, aunque las circunstancias cambien, Dios no cambia; su amor y lo que dijo de nosotros permanecen firmes, y ese es nuestro mayor gozo.
Tu gozo puede ser un testimonio para alguien. Llegamos a una de las frases más hermosas de todo el libro:
“Y el alboroto de Jerusalén fue oído desde lejos.” Nehemías 12:43 RVR1960
Dos enormes grupos de personas cantaban sobre los muros, y quienes pasaban cerca escuchaban una gran fiesta: sacerdotes, trompetas, instrumentos, familias enteras, niños gritando, gente cantando, la ciudad completa celebrando desde lejos.
Y aquí llega tal vez la pregunta final de este mensaje y de toda la serie: ¿qué está escuchando la gente de nosotros como cristianos? ¿Solo nuestras quejas, problemas, preocupaciones, miedos y pesimismo, o también nuestra gratitud? Toda persona que ha entendido la gracia del Señor tiene algo que celebrar; aunque hoy no se tenga nada más, tener a Cristo ya es suficiente razón para celebrar.
De las ruinas al gozo: el muro comenzó destruido y termina con un alboroto que se oía desde lejos. Primero lágrimas, oración y arrepentimiento; después trabajo duro, esfuerzo, oposición, perseverancia, restauración y, finalmente, gozo y celebración. Ese es el resumen del libro.
Para quienes están comenzando en el Señor: si estás llorando, ora; si estás construyendo, trabaja fuerte; si enfrentas oposición, permanece firme porque el Señor está contigo; si Dios ya te respondió, agradece y entiende que nada fue obra tuya, sino que el Señor estuvo contigo; y cuando llegue el momento, celebra con Él, aprende a gozarte con el Señor. El gozo no significa que no haya ruinas; significa que las ruinas no tuvieron la última palabra, y el gozo del Señor es nuestra fortaleza.
Hace ya ocho años tuve la oportunidad de estar en la ciudad vieja de Jerusalén, en Israel. Queriendo aprovechar al máximo esos días, estudié arqueología e historia con una misión concreta: saber cuál era el lugar más exacto del Gólgota. Nadie puede saberlo con certeza, pero en esa búsqueda descubrí otras cosas que el Señor quería enseñar.
Los muros de la ciudad han cambiado a lo largo de los siglos. Los muros del tiempo de Nehemías, unos 475 años antes de Cristo, son distintos de los muros del tiempo de Jesús, y estos a su vez son distintos de los muros actuales, que hoy encierran también a la Iglesia del Santo Sepulcro, aunque en tiempos de Jesús esa zona quedaba fuera de la ciudad.
Casi quinientos años después de Nehemías, Jesús descendió del monte de los Olivos para hacer su entrada triunfal a Jerusalén, y frente a Él estaba el mismo lado de la ciudad que siglos antes Nehemías había trabajado para restaurar. Los muros cambiaron con el tiempo, pero en la zona de la puerta oriental el fundamento sigue siendo, en buena parte, el mismo que Nehemías puso allí. Él nunca lo supo, pero Dios lo usó no solo para construir un muro, sino para preparar el escenario donde siglos después caminaría el Mesías.
Nehemías se convierte así en lo que la teología llama un tipo de Cristo, una semejanza. Cuando Nehemías escuchó que las murallas estaban destruidas, se sentó y lloró (Nehemías 1:4). Quinientos años después, Jesús vio desde el monte de los Olivos esa misma ciudad, sus muros y su templo, y: “Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella.” Lucas 19:41 RVR1960
Nehemías lloró porque los muros estaban destrozados; Jesús lloró porque los muros estaban levantados pero el corazón del pueblo seguía destruido, lejos de Él. Nehemías 3 narra el comienzo de la reconstrucción de las puertas, empezando por la puerta de las Ovejas; siglos después, junto a esa misma puerta, Jesús sanaría enfermos (Juan 5) y diría de sí mismo: “yo soy la puerta”, “yo soy el buen pastor”. Dios usó a Nehemías para restaurar la ciudad y las calles por las que siglos después caminaría Jesús, enseñaría, haría milagros, lloraría y finalmente moriría fuera de los muros, entregando su vida por nosotros.
Nehemías dejó su comodidad como copero del rey para ir a hacer la obra del Señor; Jesús dejó la gloria junto al Padre para venir a morir por un montón de pecadores. Nehemías lloró por un pueblo derribado; Jesús lloró por un pueblo perdido. Nehemías enfrentó oposición para cumplir su misión; Jesús soportó la cruz para cumplir la voluntad del Padre. Nehemías vio la restauración de una ciudad entera; Jesús vino a restaurarnos a nosotros.
Cuando decidimos dejar de pensar solo en nuestras preocupaciones, deseos, sueños y comodidad, y nos enamoramos de la obra del Señor, de lo que Él realmente ama y de lo que es eterno; cuando decidimos restaurar a alguien, bendecir a alguien, levantar al que está caído, luchar por nuestra familia, perdonar a quien nunca pidió perdón, servir a la iglesia y trabajar por su obra, estamos haciendo Su voluntad y no solo la nuestra.
Ese es el privilegio más grande que existe, el gozo más grande que cualquier persona puede tener. En medio de nuestra imperfección y de tantos errores, por un instante podemos parecernos a nuestro Señor Jesucristo, y no hay mayor gozo que ese.
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