Victoria Absoluta - Prédica
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Victoria Absoluta

Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” Romanos 8.37

Nuestra victoria absoluta es Cristo, lo cual quiere decir que toda enfermedad, tristeza, desánimo, y dolor fue vencido en la cruz del calvario.

Cuando Cristo resucitó, nos entregó al Espíritu Santo, y nos dio el poder de resurrección lo cual implica que tenemos seguridad de que pasaremos la vida eterna con Él.

Si hoy sentimos que no estamos viviendo en victoria, y estamos pasando por una serie de batallas – a nivel familiar, económico, físico (por enfermedad) – posiblemente hay en nosotros temor o inseguridad.

La historia de David y Goliat nos recuerda lo que El Señor hizo a través de las circunstancias de ese momento. David era un hombre lleno de defectos y problemas, con miles de situaciones con las cuales quizás muchos de nosotros nos podamos sentir identificados, pero según nos narra la palabra, él era un hombre conforme al corazón de Dios.

El Señor siempre está buscando a esas personas que tienen un corazón conforme a Él, que hayan dedicado sus días a orar, a buscar su rostro y a permanecer en su presencia.

En la historia de David y Goliat – la cual podemos leer en el libro de 1 Samuel 17 – , el ejército de los filisteos y el ejército de Israel estaban frente a frente. Había un hombre gigante que gritaba burlándose y desafiando a los ejércitos del Señor, y la gente empezó a escuchar lo que este gigante estaba declarando, entonces empezaron a esconderse, aterrados y perturbados profundamente por sus palabras.

1 Samuel 17:16 nos dice “Venía, pues, aquel filisteo por la mañana y por la tarde, y así lo hizo durante cuarenta días”

Ellos estuvieron una cuarentena escuchando como este gigante venía a burlarse, a desafiar al ejército del Señor, a poner en tela de duda lo que ellos creían y muchas veces escucharon esas palabras amenazantes. Cuantas veces nosotros permitimos que nuestro enemigo venga y empiece a lanzar palabras delante de nosotros, paseándose justo en frente de nuestras casas. Es como si nos llenáramos de temor y viéramos a nuestro enemigo deleitándose tranquilamente, en medio de nuestras propias vidas, en medio de nuestras propias batallas.

Relata la Biblia que David llevaba comida a sus tres hermanos quienes formaban parte del ejército, y que además él era uno de los ayudantes del Rey Saúl. Entonces él se acercaba al lugar de la batalla ocasionalmente, pues su compromiso principal era el de cuidar a las ovejas que su papá le había asignado.

Cuando David escuchó lo que está sucediendo con este gigante, le pareció inconcebible que este estuviese dando voces contra el pueblo de Dios, entonces empezó a preguntar sobre el proceder con dicho problema. A lo que le respondieron que la persona que derrotara a dicho gigante tendría la mano de la hija de Saúl. Entonces David empezó a ver la oposición de una forma diferente, viéndola como una oportunidad y no como algo a lo cual temer. David empezó a recordar las promesas y los resultados de Dios, y empezó a adorarlo en medio de su batalla y no en medio de su resultado.

Es muy fácil adorar al Señor en medio de la tranquilidad y cuando todo está en paz. Pero; ¿acaso la presencia de Dios deja de estar en medio de las batallas?

Como cristianos estamos siempre en constante batalla, en luchas, porque la lucha el Señor la utiliza para depurar el oro que Él puso en nosotros, y así sacar lo mejor de cada uno. Así mismo, esta situación de batalla fue una oportunidad que El Señor le dio a David (y por consecuencia a nosotros) para que él empezara a hablar las promesas de Dios.

Las promesas de Dios no llegan a cumplirse el día que la promesa se termina, la palabra de Dios es verdad absoluta, y el día que el Señor nos da una promesa, solamente es cuestión de tiempo para que esa promesa se cumpla.

David empezó a apropiarse de la promesa que había escuchado anteriormente, donde siendo el menor de los hermanos y donde su herencia sería seguir con el trabajo que su papá le había encomendado – pastorear a las ovejas – el profeta Samuel le hizo esta promesa:

“Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David. Se levantó luego Samuel, y se volvió a Ramá” 1 Samuel 16:12-13

La promesa de Dios era que David iba a ser rey. Ese gigante simplemente era un gran estorbo, y una gran oportunidad para que la promesa empezara a verse cumplida. El Señor iba a permitir que a partir de esa situación David ingresara a ser parte del linaje real, siendo yerno del rey. David decidió creer en la palabra que había salido de la boca de Dios.

¿Qué promesas nos ha hecho el Señor en medio de nuestras batallas? Él prometió que siempre iba a estar con nosotros, simplemente debemos sujetarnos a Él. Dios no nos va a dejar solos, solamente debemos afianzarnos a sus promesas.

David habló con Saúl y le dijo que él iba a derribar a ese gigante. Entonces Saúl le dijo a David que él era tan solo un muchacho. A veces nosotros mismos somos nuestro propio Saúl, y nos decimos: “soy muy joven, no tengo los recursos económicos, no sé como voy a hacer, qué pasará si viene una crisis económica», y muchas veces nos dejamos ministrar pensando que nuestra capacidad física es la que nos va a hacer salir de nuestra circunstancia.

Entonces es cuando David le contó su testimonio a Saúl y le dijo: “yo puedo ser un pastor y este gigante talvez ha pasado años formándose para la batalla, pero cada vez que ha venido un león o un oso y han intentado robar mis ovejas, he ido a luchar contra ellos y el Señor me ha librado de sus garras”. David entendía que de su lado tenía que hacer lo que le correspondía, él era el pastor de esas ovejas y tenía que salir al rescate de ellas y cada vez que lo hacía, sabía quién era su Dios, y en quién había confiado.

Este es un tiempo para recordar nuestros testimonios. Cuantas veces dijimos cosas como que jamás iríamos a una iglesia, que nuestra familia jamás se convertiría al Señor, o cuando nos resentíamos y decíamos que el Señor nunca pondría su mirada en nosotros, o decíamos que no valíamos nada, o que éramos imperdonables. Hemos puesto muchas veces este tipo de excusas al Señor. Después de que una vez dijimos que nunca nos íbamos a casar, Dios nos regaló un matrimonio hermoso y fortalecido en Él, después de un dictamen donde dijeron que nunca íbamos a poder tener hijos, hoy Dios nos ha regalado el don de ser padres.

Cada uno de los que conocemos a Dios sabemos que Él nos ha librado de situaciones imposibles de donde jamás pensábamos que fuese posible, y que hasta el día de hoy Él nos ha sostenido.

Continuando con la historia de David, él se encontraba delante de la batalla, donde empezó a acordarse de cada uno de los testimonios que el Señor le permitió vivir. Era necesario que estos le confirmaran que estaba parado frente al gigante para darle total claridad de que la victoria era suya pues Dios ya le había dado una promesa de que él iba a ser rey sobre una nación.

¿Qué testimonios ha hecho el Señor en nuestra vida? ¿Cómo te libró el Señor de las garras de la drogadicción, del alcoholismo, de la pornografía, del temor, de la inseguridad, de la crisis económica? Él sigue siendo nuestro Dios.

En las manos de David solo había una onda y una vara para enfrentar a un gigante armado y experto en batallas, pero para el Señor estos elementos eran los únicos que necesitaba. El Señor sólo necesita que tengamos harina para empezar a producir queques y salir a venderlos. Sólo es necesario lo que tenemos en nuestra casa, no mucho capital. Sólo es necesaria la sabiduría del Señor, que tengamos confianza en Él y que sepamos que los talentos que nos dio, Él los utilizará para librarnos de las circunstancias.

David estaba entendido de que no necesitaba más capital, sabía que ya Dios había ganado la victoria por él, porque ya había una promesa hacia su vida. Y Goliat salió a su encuentro y le dijo:

“Y dijo el filisteo a David: ¿Soy yo perro, para que vengas a mí con palos? Y maldijo a David por sus dioses. Dijo luego el filisteo a David: Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo.” 1 Samuel 17:43-44

Muchas veces, nosotros creemos esa última palabra, porque ya cuando estamos en el campo de batalla el enemigo va a intentar hacer lo que pueda, sacar estadísticas, números, noticias, lo que sea para asustarnos y que echemos para atrás y empecemos a ser negativos. El enemigo sabe que su hora es corta y que necesita amedrentarnos para que retrocedamos.

David en medio de la batalla, declaró la gloria a Dios, aún antes de pelear y de obtener la victoria, él dijo:

Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado” 1 Samuel 17:45

Creámos esa palabra y hablemos al gigante que ha venido con mentiras a nuestra vida. Mentiras como que el dinero no va a alcanzar y que de esta situación no vamos a salir. Sin embargo; no estamos aquí por nuestras propias capacidades, estamos aquí en el nombre del Señor de los Ejércitos, a quien nuestro enemigo ha desafiado pero tenemos la seguridad y certeza que nuestro Señor ya le venció. Este es el Dios que está a nuestro lado.

El mismo Dios de David, el mismo que ya nos ha librado de situaciones difíciles, y que hoy también nos va a volver a librar. El no ha cambiado, es el Eterno, el Alfa y el Omega, el Principio y el Fin, el mismo Dios hoy nos va a librar de las garras de nuestro enemigo.

“Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré, y te cortaré la cabeza, y daré hoy los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel” 1 Samuel 17:46

En medio de esta batalla es tiempo de que el mundo sepa que hay un Dios en nuestra vida, en nuestra casa, un Dios que nos da victorias, que nos ha permitido vivir sus testimonios. El mundo se dará cuenta de quien es nuestro Dios, cuando en medio de la batalla, podamos adorarlo, gozándonos en Él, deleitándonos en el Señor, teniendo paz que sobrepasa todo entendimiento.

Las personas se preguntarán, ¿por qué no tenemos temor?, ¿por qué no estamos preocupados? ¿por qué estamos tan tranquilos en medio del tiempo de crisis? Y nuestra respuesta siempre será, porque nuestro Dios es el mismo, ya nos dio la victoria, porque Él no ha cambiado, y así el mundo va a empezar a conocer que El es el Dios en nuestra casa, en nuestra nación, en nuestra tierra.

Lo que el mundo ve como una necesidad de hacer ajustes, nosotros lo vemos como una oportunidad de que las naciones de la tierra vean que Jesucristo es el único y verdadero Dios.

¡La victoria ya nos fue dada! ¡En Cristo está nuestra victoria absoluta!

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