El ciclo del perdón - Restaurar
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El ciclo del perdón – Restaurar

Para dar inicio a este mensaje sobre la restauración, vamos a comenzar con Mateo 5:23-26: Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.” Cualquier defensor de la teología de la prosperidad no quiere que sepamos sobre este versículo. Básicamente, lo que el texto dice es no vengamos a sembrar si tenemos un problema. Debemos entender por qué la Biblia lo dice, el Señor pone una restricción de lo que es una bendición (dar lo es) pero Él nos dice que no demos si tenemos algo contra alguien.

El versículo dice reconciliar, esa es la palabra clave. El ciclo del perdón se cierra con la restauración y la reconciliación. A modo de resumen, en los mensajes previos de esta serie hablamos de la confesión. Esta es fundamental porque estamos en medio de una sociedad donde le ponemos un sabor y una máscara de algodón de azúcar al pecado, al cual lo tenemos que llamar como tal. Si no hablamos del pecado como es nunca le vamos a dar al peso que tiene y si no se lo damos, no estamos poniendo la necesidad de que nuestra vida sea transformada a través de un Salvador. Necesitamos la salvación de nuestro pecado porque nunca vamos a encontrarla en nosotros mismos, ni podemos comprarla. Tenemos que ponerle el nombre que es.

Cuando las personas van a consejería dicen que cometieron un ¨errorcillo¨, que cayeron y ¨metieron las patas¨. Debemos decir las cosas como son porque cuando confesamos, eso nos tiene que llevar a reconocer nuestro error, a darnos cuenta de que estamos en el fondo y a poner nuestra mirada en Jesús. Solo Él nos puede sacar de esa condición y transformar nuestra vida. Es así como entendemos que lo que hicimos fue transgredir al Señor, actuamos en contra de Él, traicionamos al que ama nuestro corazón. Eso nos lleva a hacer conciencia, cambiar nuestra mente y arrepentirnos.

El arrepentimiento cambia nuestra mente porque solo Dios cambia nuestro corazón. Nosotros somos los que tenemos que cambiar nuestra mente. ¿Cómo lo hacemos? Yendo a las escrituras y memorizándolas. Cuando el Señor puso al hombre en el Jardín del Edén, este fue su plan desde el inicio. Él da una instrucción en Génesis 2:17: mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” Tenemos tres opciones en la vida: tomar decisiones por lo que creemos, por lo que sentimos o por lo que dice la Biblia. Si el corazón dice ¨¡entra!¨, la mente dice ¨¡entra!¨, pero la Palabra dice ¨¡sal de ahí!¨ y obedecemos a lo que está escrito, veremos a Dios y su sabiduría obrando en nuestra vida. Nosotros nos movemos por obediencia, no por emociones, ni por lo que creemos o nos parece más lógico. No tenemos la inteligencia ni la sabiduría del Padre. Es muy orgulloso de nuestra parte tomar decisiones según lo que creemos o sentimos que es mejor para nuestra vida y no acorde a lo que Él dice que es mejor para nosotros.

Recapitulando, la confesión cambia nuestra mente y nos hace entender que tenemos que vivir una vida diferente, con una mente renovada. Por consecuencia, esto nos lleva a perdonar porque vamos a tener una mente llena del Señor, de amor, que quiere soltar la situación, abrazar la paz, rechazar el odio, el enojo, el qué dirán y va a querer estar con Él. Esto a su vez nos lleva no solo a pedir perdón por nuestros pecados sino a perdonar a aquel que nos ha transgredido. Un perdón real nos impulsa a restituir y a restablecer. Restaurar no es perdonar. Nosotros como cristianos estamos obligados a perdonar siempre. Perdonar es obligatorio, es entender que la justicia está en las manos de Dios y no en las nuestras. Él se encarga, no sabemos cómo ni cuándo, pero sabemos que el Padre es un juez justo que va a tomar control y hacer lo que Él quiera hacer.

Por otra parte, la restauración no es obligatoria para el creyente, pero para el que ama a Dios es altamente sugerida a través de la Palabra. Si tenemos un perdón real vamos a buscar restauración, el cual es el fruto del arrepentimiento de la otra persona. Cuando el ofensor se arrepiente genuinamente, nuestro deber delante del Padre es restaurar la relación. Por lo general, nos hieren y es muy sencillo irnos de la iglesia, del trabajo, divorciarnos, entre otros, pero no buscamos restaurar y quizás en la otra persona hay un arrepentimiento genuino.

A veces disfrazamos la falta de restauración de un perdón que quizás fue hecho de una forma lógica, obligada, pero nunca sanó nuestro corazón. Entonces, como no hemos perdonado genuinamente, no buscamos arrepentirnos porque estamos heridos, no queremos la relación ni intimar más con esa persona. Esto no quiere decir que tenemos que restaurar una relación con una pareja agresora, a menos de que muestre arrepentimiento real, tenemos que restaurar mientras esta persona deje ver que desea cambiar. No podemos quedarnos ahí sufriendo si esa persona está mal, si es una pareja que nos está dando vuelta y no quiere volver o si es un amigo traicionero o chismoso que habla mal de nosotros. En esos casos, no tenemos que seguir intentando restaurar esa relación.

Tenemos que perdonar muchas veces, la Biblia dice que hasta setenta veces siete, pero no menciona de qué tamaño es la ofensa. No tenemos que restaurar puesto que eso está asociado a la condición de la otra persona. Pero, si el otro se arrepiente y realmente ha cambiado su vida, la invitación siempre es a restaurar, a buscar la forma y encontrar el terreno para perdonar y sanar. La última vía es desprenderse, pero hay casos de casos.

El perdón verdadero

El pecado es una deuda tan alta que no podemos pagarla. Nosotros no solo transgredimos a una persona imperfecta que también comete sus errores y se enoja, traicionamos probablemente todos los días porque pecamos, sino que transgredimos al Dios santo sin lugar para imperfección. Cometimos el pecado que podemos considerar más insignificante, el chismecito del que nadie se dio cuenta, la palabrita que nadie vio, el pensamiento impuro que nadie supo. Eso que argumentamos que no le hizo daño a nadie, es una traición total delante del Señor y produce separación en nuestras vidas. Tiene un precio tan alto nuestra transgresión que es imposible de pagar. Él mismo, a través de la muerte de Cristo en la cruz, nos abrió las puertas sin importarle lo que hayamos hecho, qué tan malos hayamos sido, sino que nos perdona, limpia, restaura, sana y ama. Ese es el amor de Dios.

Si entendemos la dimensión del amor de Dios sobre nuestras vidas, comprendemos que la deuda (por nuestros pecados) era grande y Él la paga para que la paguemos adelante. Perdonados para perdonar. No es que el perdón del Señor sea condicional, porque Él nos perdona a pesar de que no perdonemos a nadie. Ese es el amor tan grande y lindo que el Padre provee, pero si Él nos ha dado esa muestra de amor y nos dice ¨prueben lo que es ser perdonados a pesar de que no lo merezcan¨, es nuestro deber. La deuda de cualquier persona no tiene comparación con lo que le hacemos al Señor, por más que digamos que lo que nos hicieron no tiene nombre, nos robaron la infancia, nos abandonaron y agredieron nuestro lugar secreto. Si se nos perdonó tanto tenemos que perdonar y hacerle frente. Nada que alguien nos pueda hacer es tan grande y ofensivo como nuestros pecados hacia el Dios santo. Entonces, si empezamos a digerir eso, le damos el peso correcto que deberían tener el pecado y, por lo tanto, el perdón.

¿Qué no es el perdón?

Nosotros estamos llamados a perdonar aunque la otra persona no se arrepienta. Tenemos que hacerlo aunque no lo sintamos, ni tengamos ganas, o aunque nunca se nos acerquen a pedir perdón. Una vez más, debemos perdonar no porque eso tenga que ver con la otra persona, sino porque esto es sanidad para nosotros, libertad. Necesitamos perdonar rápido. El versículo inicial de este mensaje dice pronto, porque sino va a venir amargura, ira, dolor y debemos evitar que el enemigo empiece a hacer meollo en nuestras vidas. Perdonar no es olvidar. Hay personas que dicen que Dios borra el registro cuando nos perdona. Él todo lo conoce, no se le va la memoria y hace un reset. Lo que quiere decir el texto es que Él nunca nos va a sacar en cara lo que hicimos y cuando nos perdona es como si nunca hubiese pasado. Así de grande es su amor para nosotros, pero eso no quiere decir que el perdón nos lleva a olvidar.

Es más, es bueno que recordemos a quien ofendimos y quien nos ofendió porque nos hace crecer en el carácter de Jesús, madurar en la forma en cómo establecemos relaciones. Perdonar es poder recordar la situación sin que nos duela, soltar a la persona y decirle que ya no tiene control de nuestro recuerdo, de lo que nos hicieron, ya no nos duele. Esto empieza con una decisión. Todo pecado debe ser perdonado, pero solo cuando hay un arrepentimiento real debe haber restauración. Nosotros que estamos en Cristo, principalmente con nuestras relaciones en la iglesia, deberíamos encontrar en todo lado perdón y arrepentimiento, y reparar todas las relaciones porque restaurar es volver al diseño original de lo que estaba quebrado. ¿Él quiere relaciones quebradas, su cuerpo (iglesia) lacerado, familias donde haya raíces de amargura y miembros que no se pueden dirigir la palabra? Dios no quiere eso, por eso estableció unidad, perdón y arrepentimiento.

El Señor sabe que como seres humanos vamos a cometer errores y tener que pedir perdón probablemente todos los días, pero Él quiere que tengamos la capacidad de volver a lo original. La restauración es un proceso, pero el perdón tiene que ser inmediato. Gradualmente va a traer sanidad, pero la restauración cuesta más. Volver al lugar correcto empieza con un corazón de entendimiento y termina con una relación sana, incluso mejor que la anterior. Toma tiempo porque hay heridas muy profundas, dolores sumamente complicados y a veces tenemos que ir restaurando en un proceso donde en ocasiones nos siguen ofendiendo.

¿Cómo se ve una persona arrepentida?

Esto es fundamental porque nosotros tenemos que ser agentes de restauración. ¿Cómo se ve esa persona?

  1. Una persona arrepentida acepta la responsabilidad. Asume el acto que hizo, entiende que cometió una falta y dice: ¨Yo fui. Necesito cambiar¨.
  2. Una persona arrepentida deja de herir. Cambia su actitud, cambia su corazón hacia la ofensa y deja de cometer la misma falta. Si alguien habla con una palabra denigrante, no solo deja de hacer eso sino que cambia su actitud para que todo a su alrededor procure un ambiente donde la relación y ambas personas puedan sanar. No hace sentir al otro como menos ni le dice ¨qué exagerado, eso nada que ver o siempre con lo mismo¨. Cambia la ofensa y la actitud hacia el otro, quita el estereotipo y la etiqueta que le puso.
  3. Una persona arrepentida muestra genuina sinceridad en sus palabras, discurso y forma de ser. Nosotros como los ofendidos, si fuera el caso, tenemos que darle la oportunidad a la persona de que sea honesta.
  4. Una persona arrepentida genuinamente tiene que dar la oportunidad de restituir, lo cual es una acción.

Por ejemplo, David fue ungido como rey y estableció el gobierno de Dios después de Saúl (este último era quien el pueblo quería, mientras David era el que el Señor preparó). En medio del reinado de Saúl, David llegó a estar en el palacio debido a sus logros. Por su parte, Saúl intentó matarlo en diversas ocasiones, incluyendo lanzarle una flecha. David salió huyendo y Saúl lo persiguió por un período prolongado. Él se escondió en cuevas, pero Saúl era el rey de todo ese lugar y tenía todos los espías. Imaginemos la vida de David, y aún así él nunca deshonró al rey, no pudo hacerlo, incluso pudo haberlo matado y no lo hizo. Dijo, ¨Dios guarde tocar al ungido de Jehová, por más mal que esté¨. Tengamos mucho cuidado con tocar a la gente del Señor por más mal que estén. Sus errores no les quita la condición de que sean personas de Dios. David entendió eso y nunca lo hizo.

En ocasiones, cuando tenemos un problema con alguien, incorrectamente proyectamos ese problema con toda la gente que está alrededor de esa persona. David pudo haberse enojado con Jonatán (hijo de Saúl y el mejor amigo de David) y preguntarle: ¨¿cómo permites que tu papá haga esto y me busque para matarme?¨ Él pudo haberse puesto en esa posición, pero él muestra su corazón perdonador. Más adelante, Saúl muere y su hijo Jonatán también y David continúa mostrando su corazón perdonador.

Una de las primeras cosas que establece David es preguntar si hay alguien de la casa de Saúl a quien él le pueda hacer un bien. Solo había uno, el hijo de Jonatán llamado Mefiboset. David manda a traer a este hombre a palacio y en 2 Samuel encontramos que llega temblando de miedo ya que David era el nuevo rey y pensaba que iba a vengarse de él. En esa época, las dinastías aniquilaban a todo el linaje de un mandatario para eliminar la posibilidad de que alguien viniera a vengar a sus antepasados. David llama a este hombre liciado a que venga a su casa y le dice que no tema, que lo fue a traer porque de ahora en adelante su acción de perdón y arrepentimiento con él iba a permitirle que viviera ahí, comiera y disfrutara con él. Eso es glorioso porque es la misma historia de lo que el Señor hace con nosotros, nos llama, nos trae y nos coloca en lugares de honra a pesar de nuestra infidelidad. ¿Quién somos nosotros para no hacer lo mismo, restaurar y arrepentirnos realmente?

¿Qué ocupamos para restituir?

  1. Entender que la restitución es la voluntad de Dios y se ocupa humildad para eso. Es entregar el control total de nuestra circunstancia al Señor, porque a veces intentamos hacer justicia en nuestras fuerzas, a nuestra manera, decimos: ¨yo no puedo, no quiero, no me gusta, no encuentro el espacio¨ y ponemos todas las excusas para dejar de restituir, pero la voluntad del Padre es restaurar relaciones que habían sido quebradas, no es mantener la herida abierta. Se ocupa humildad porque cuando estamos heridos el orgullo genera una capa que hace que no actuemos, pensemos ni hagamos bien las cosas.
  2. Ocupamos honestidad para hablar y entendimiento. A veces no le damos la oportunidad a la persona de hablar todo lo que necesita. Queremos decir tanto, prontos para hablar, tardos para escuchar. Tenemos que ser prontos para escuchar, dejemos que saque todo, se exprese, diga, entendamos su posición, dolor, heridas, enojo, deseo y seamos entendidos. Efesios 4:26-27 dice: Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo.” Cuando no restituimos, damos lugar al enemigo, a que venga con ese sentimiento cuando vemos a la persona que nos cae mal, nos choca, que no hemos terminado de restaurar, a sentirnos mal, perder la paz, tener un pésimo día. No demos lugar a satanás. ¿Qué bien nos hace guardar enojo?
  3. Cuando restituimos somos fortalecidos en el Señor. Lucas 6:28 dice: Bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.” Nos damos cuenta que hemos perdonado genuinamente a alguien porque tenemos la capacidad de orar por esa persona, no pidiéndole a Dios que la cambie, sino pidiendo para que Él bendiga sus finanzas, matrimonio, vida, le dé largos años, transforme lo que tenga que transformar y que lo pueda conocer en su amor. Cuando podamos orar por alguien como si hubiéramos orado por nosotros mismos o nuestros hijos, realmente podemos decir que tenemos un corazón de restitución.
  4. Debemos tener una expectativa realista. La restitución toma tiempo y quizás tenemos a alguien en nuestra vida ahorita que nos ha pedido perdón y que no queremos perdonar o pensamos que ya nos lo ha hecho muchas veces. Ante esto, si hubo arrepentimiento, celebremos el pequeño cambio y no metamos el dedo en la llaga en todo lo que le falta. Quizás empezaron en cero, si hoy están en uno, es la mano de Dios operando y gocémonos porque Él está trabajando. A veces la gente dice ¨invité a alguien a la iglesia y no vino¨. Si por lo menos nos dio la oportunidad de predicar el evangelio, ¡gocémonos! Si vino y no recibió, al menos vino, ¡deleitémonos en eso! Démosle la oportunidad a la persona, en el tiempo de Dios esa semilla producirá fruto.
  5. Por último, el capítulo de Romanos 12 empieza diciendo que no nos conformemos a los pensamientos de este mundo, sino que renovemos nuestra mente, nos arrepintamos y cambiemos nuestra forma de pensar (metanoia). Necesitamos una mente transformada con ese pensamiento, necesitamos la mente de Cristo que nos lleva a nacer de nuevo y a pensar de una forma diferente. Lo que vamos a leer a continuación es sobre una mente renovada, lo que hace el arrepentimiento, el perdón y el proceso de restauración de Dios.

Romanos 12:14-21 dice: Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis. Gozaos con los que se gozan (no con el amigo, sino cuando veamos al enemigo gozándose); llorad con los que lloran (cuando veamos al enemigo en el problema). Unánimes entre vosotros (en medio de las diferencias y el conflicto); no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión (no nos quedemos con lo que creemos). No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres (esforcémonos todo lo que podamos por restaurar). No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza (nuestro enemigo no va a entender, va a preguntarse ¿por qué esa persona a la que yo le hice tanto daño me trata así? Y pueden pasar dos cosas: las ascuas lo consumen o lo llevan a Cristo). No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.

Reflexión

Quizás tenemos a alguien a quien le debemos o quien nos ha dañado y no hemos podido perdonar. Esa persona abusiva, que nos agredió, ofendió, ese padre que nos abandonó, esa mamá que nunca nos comprendió, aquel que agarró nuestro corazón y lo menospreció. Pongamos a esa persona en una balanza, podemos haber dicho ¨no puedo, no quiero, nunca lo quiero volver a ver¨y tal vez esa persona se ha acercado con arrepentimiento y quizás ni siquiera lo hemos perdonado.

Por otro lado, pongamos todas las ofensas que le hemos hecho al Señor, palabras, pensamientos inadecuados e inmundos, traiciones, pecados, chismes y todas las veces que hemos rechazado al Dios santo. Jesús viene y quita de la balanza todo ese peso diciendo: ¨Yo quiero traer paz a tu vida, perdona.¨ Respondamos con: ¨lo perdono y si en mí está restaurar, dame la fuerza para poder hacerlo¨.

Si somos los que hemos ofendido, pidamos perdón, tomemos una acción hoy que diga que estamos genuinamente arrepentidos. Igual que Zaqueo cuando dijo en Lucas 19:8: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.. Quizás es nuestra pareja o alguien de la iglesia, busquémoslo pronto, no dejemos que el sol se ponga bajo el enojo ni que la herida se vuelva callo. Que hoy genuinamente podamos decir ¨quiero irme en paz¨, una paz que no se puede comprar. ¡Que esa paz que sobrepasa todo entendimiento guarde y sane nuestro corazón hoy!

 

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