El Precio de la Comunión Parte 4: La Santidad
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El Precio de la Comunión Parte 4: La Santidad

Durante las últimas semanas estuvimos hablando sobre el tema “El Precio de la Comunión”. Si bien ya Cristo pagó el precio de nuestra salvación en la cruz con su muerte y resurrección – no por nada que hiciéramos sino por gracia, su favor inmerecido por nosotros – hay una evidencia, un fruto visible de esa salvación en la vida de un creyente.

Estamos llamados a mantener una relación cercana y continua con el Señor: una comunión, es decir una “común unión con Dios; y si nosotros tenemos una relación cercana con Él hay cosas que nosotros tenemos que hacer para sostener esa relación.

Primero; tenemos que ir a su palabra. Si decimos que conocemos al Señor; que realmente lo amamos entonces vamos a ser transformados y regenerados por el Espíritu Santo; vamos a atesorar la palabra de Dios porque a través de ella es que vamos a conocer al Padre y sus instrucciones, su actuar, su naturaleza. Vamos a amar el conocerle porque basta tener una relación donde Él nos ama y nosotros lo amamos a medida que obedecemos. ¿Si no conocemos lo que Dios ama, cómo vamos a obedecerle?

Un creyente genuino vive una vida agradecimiento constante. Si realmente conocemos al Señor no vamos a vivir quejándonos y reclamando; aunque estemos pasando en medio de la tormenta viviremos una vida de agradecimiento. Quien realmente conoce al Señor agradece y vive continuamente de esa manera.

Cuando conocemos al Señor, oramos. El Dios Eterno, el Todopoderoso, aunque es Universal es también personal y anhela tener intimidad con nosotros, conocernos y que lo conozcamos tal cual Él es. Cuando buscamos a Dios en oración, Él nos va a hablar, moldear, formar y llenar.

Parte de la naturaleza Dios es manifestarse a través de su santidad y un Dios Santo anda buscando un pueblo santo; gente que ame, atesore y busque la santidad del Padre. Y aunque esto es algo que se ha dejado de predicar; no puede ser más bíblico, real y vivencial: El Dios Santo anda buscando gente que ame la santidad.

El libro de Juan en el capítulo 2:13-22 dice:

“13 Se acercaba la fecha de la celebración de la Pascua judía, así que Jesús fue a Jerusalén. 14 Vio que en la zona del templo había unos comerciantes que vendían ganado, ovejas y palomas para los sacrificios; vio a otros que estaban en sus mesas cambiando dinero extranjero. 15 Jesús se hizo un látigo con unas cuerdas y expulsó a todos del templo. Echó las ovejas y el ganado, arrojó por el suelo las monedas de los cambistas y les volteó las mesas. 16 Luego se dirigió a los que vendían palomas y les dijo: «Saquen todas esas cosas de aquí. ¡Dejen de convertir la casa de mi Padre en un mercado!». 

17 Entonces sus discípulos recordaron la profecía de las Escrituras que dice: «El celo por la casa de Dios me consumirá».

 18 Pero los líderes judíos exigieron:

—¿Qué estás haciendo? Si Dios te dio autoridad para hacer esto, muéstranos una señal milagrosa que lo compruebe.

 19 —De acuerdo —contestó Jesús—. Destruyan este templo y en tres días lo levantaré.

 20 —¡Qué dices! —exclamaron—. Tardaron cuarenta y seis años en construir este templo, ¿y tú puedes reconstruirlo en tres días?

 21 Pero cuando Jesús dijo «este templo», se refería a su propio cuerpo. 22 Después que resucitó de los muertos, sus discípulos recordaron que había dicho esto y creyeron en las Escrituras y también en lo que Jesús había dicho.”

En el contexto del pasaje, se acercaba la fecha de la celebración de la Pascua judía. Acá es importante tomar en cuenta, que los discípulos tenían poco tiempo de conocer al Señor, pero ellos empezaron a seguirlo en una travesía. Pasaron del norte de Galilea y empezaron a subir a Jerusalén, haciendo un recorrido que no les tomó un día, sino muchos días. En ese proceso era el tiempo que tenían que conocer a Jesús.

El libro de Juan empieza el Ministerio de Jesús en una Pascua y termina también en una Pascua donde Jesús entregó su cuerpo como un sacrificio vivo. La Pascua representa la salida del pueblo de Israel de Egipto en camino a la tierra prometida, una fiesta que representaba libertad. Este era también un tiempo que los judíos usaban para limpiar sus propias casas pues representaba un tiempo de limpieza.

Estas personas iban a celebrar la Pascua en el templo sacrificando animales para el perdón de sus pecados como parte de la tradición judía.

Algunos historiadores como Flavio Josefo quien fue un historiador judeoromano del siglo I, registró muchas cosas de la obra de Jesús. Este hombre indicó que en ese tiempo habían aproximadamente trescientas mil personas habitando en Jerusalén, pero que en el momento de la Pascua se unía toda la gente que vivía cerca, quienes viajaban hacia una peregrinación para llegar al templo y hacer sus sacrificios. Este cálculo de Flavio Josefo lo hizo basado en la cantidad de sacrificios que se hacían. Si hablamos de manera conservadora, podríamos decir que habían alrededor de ochocientas mil a 1.2 millones de personas alrededor de esa ciudad.

El versículo 14 del pasaje dice que Vio que en la zona del templo había unos comerciantes que vendían ganado, ovejas y palomas para los sacrificios; vio a otros que estaban en sus mesas cambiando dinero extranjero.” ¿Qué era lo que sucedía? Para los peregrinos era sumamente costoso llevar sus sacrificios desde sus tierras, viajar durante varios días, quedarse en diferentes lugares y aparte de eso era muy caro alimentar a todos sus animales. Dependiendo del animal y según lo que decía la ley de Moisés, muchas veces ellos llegaban al lugar donde los animales era evaluados por el sacerdote, pero solamente aquellos que cumplían con ciertas características consideradas como perfectos eran aptos para el sacrificio.

Así que podían hacer toda la travesía, llegar al templo y los sacerdotes rechazaban el sacrificio. Entonces, era más fácil comprar el sacrificio allí, animales previamente evaluados y pasar a realizar el sacrificio. Lastimosamente el precio de cada uno estos animales era vendido hasta cuatro veces más alto a estos peregrinos.

El templo medía aproximadamente diez canchas de fútbol, era un lugar gigantesco con diferentes zonas y había un lugar en las afueras. Adentro estaba el lugar santísimo el cual era solamente para los judíos. Entonces, en la zona de afuera se convertía en un sitio con decenas de miles de personas, todos tratando de entrar al templo, donde en las afueras aparte de la multitud de gente había una gran venta de animales.

Esta zona externa, era el patio de los gentiles, y allí era donde los comerciantes habían puesto sus puestos de cambios de monedas, dónde también tenían el ganado para su sacrificio con todo preparado para la ofrenda que se necesitaba hacer. Había también cambistas, es decir gente que cambiaba monedas porque simplemente la moneda local no iba a servir de nada en otro lugar. Los mismos sacerdotes del templo tenían una moneda propia porque las monedas con imágenes no eran permitidas en el templo.

Ellos inventaron un sistema de cambio donde tenía sus propias monedas. Entonces, las personas tenían que cambiar el dinero, para ser estafado con el tipo de cambio, para luego ser re estafado en la compra del animal y finalmente tener que pagar el impuesto para poder entrar al templo y adorar a Dios.

La casa de oración, adoración y obediencia se había convertido en un mercado; un lugar donde se pegaban gritos, donde había animales y el excremento de estos.

Estamos viviendo tiempos difíciles, pero Dios nunca cambia, y con todo lo anterior vamos a hablar sobre un primer punto: la normalización. Esto no es un concepto aislado.

Si en este tiempo, hay personas que hay dejado de lado lo Santo de Dios, dejado de lado ir a Su casa, a buscar adoración al Dios Santo, no podría entender a qué “dios” adoran. Si en el momento donde tengamos la oportunidad de hacer algo, que el Señor nos encuentre en su casa adorando.

Y adoración a Dios no es levantar las manos, no es cantar, no es danzar. Lo involucra y son manifestaciones de un corazón que conoce a Dios; pero adoración primeramente es obediencia al Señor. Dios necesita una generación obediente, en el tiempo más difícil es cuando más se necesita una generación obediente.

No debemos tener miedo de lo que mata el cuerpo sino lo que toca y te mata en el espíritu.

Normalizar quiere decir: “volver algo normal que no es lo normal”

No es normal cuando se viene un evento mundial y esa pasión por el Evangelio, por Jesús y esa adoración que veníamos continuamente dando los domingos comienza cambiarse por paseos, por comodidad, empieza a cambiarse por películas; empieza a cambiarse por lo que es más fácil y dejams de un lado lo que realmente es importante y eterno.

Empezamos a normalizar quedándonos en la casa escuchando la prédica mientras cocinamos teniendo la oportunidad de asistir a congregarnos. ¿“Es normal” que en medio de la alabanza, adoración y la palabra estemos viendo redes sociales o haciendo otras cosas? No puedo imaginar que hagamos esto en la casa de Dios, en el templo de Dios, pues en el momento que empezamos a normalizar es cuando estamos vendiendo lo santo, lo apartado…

Cuando Dios nos eligió, perdonó, salvó, reconcilió, nos apartó para Él. Pero entonces, ¿qué estamos haciendo con los recursos que Dios nos dio, el llamado que Él nos dio, el discipulado que puso en nuestras manos, los hijos qué Dios nos dio? ¡Él nos hizo responsables de todo ello! Quizás eres el único cristiano en la casa, eres el único responsable de llevar el evangelio a tu casa, eres responsable de lo que Dios te dio, pero hemos empezado a verlo todo “normal” y actuar en liviandad y descuidamos lo realmente importante.

En el texto de lo que sucedió en el templo, todo lo que estaba pasando parecía razonable: vender animales y cambiar las monedas.

Si leemos quien era Jesús desde su infancia dice que Él frecuentaba el templo cuando era niño, a Jesús le gustaba ir a la casa de su Padre a adorarlo.

Y volviendo al pasaje, varios teólogos e historiadores afirman que a la gente en ese momento les parecía razonable vender allí los animales y pensaron que estaban “facilitando la adoración”. Era razonable que ellos realizaran todo lo que estaban haciendo adentro del templo; involucraron la religión en el negocio y lo metieron en el templo lo cual era un estorbo para la adoración al Padre y ¡Jesús no pudo tolerar esto! Si queremos ver el enojo del Señor; seamos irreverentes con Dios, si queremos ver el enojo Dios nada saca ni levanta más a Jesús en su enojo que la irreverencia con lo santo.

Para los padres cristianos en sus casas: ustedes son los facilitadores de que el evangelio llegue a su casa. ¿Está usted facilitando el evangelio o más bien está siendo un estorbo? Quizás ahorita está controlado por el temor o simplemente la comodidad, pero ustedes son los facilitadores de que sus hijos y su generación vayan al Señor o por el contrario, más bien hayan sido un estorbo.

Al Señor lo que le molestó fue ese estorbo; profanaron el lugar Santo de Dios.

El versículo 15 y 16 habla del primer milagro público de Jesús, y fue que con tan sólo una cuerda y el poder de su boca arrojó todo afuera y dijo: “dejen de convertir la casa de mi Padre en un mercado”. Con sólo un látigo y unas palabras de su boca sacó afuera a miles de personas que estaban alrededor del templo. El Señor agarró todo lo que estaba podrido, todo lo que estaba corrupto y lo sacó en perfecto orden.

No tomemos esto a la ligera, pues hubo muchas revueltas en templo anteriormente donde hubo derramamiento de sangre, sin embargo; de la forma que lo hizo el Señor nadie salió herido. El Señor llegó a limpiar su casa.

Si hoy nos sentimos “sucios”, en odio, en pecado, sólo necesitamos una palabra de la autoridad de la boca de Dios. Sólo necesitamos creer que una palabra de la boca del Señor nos limpia totalmente. El Señor vino a perdonarnos, a amarnos y a darnos la oportunidad de ser salvos pero contra un sistema religioso corrupto y enfermo. Y el juicio del Señor se tiene que responder en obediencia y en temor a Dios.

Los evangelios dicen que “convirtieron la casa de mi Padre en cueva de ladrones”.

Leamos esto como si fuera para nosotros y no para alguien más. No nos dejemos engañar ni creamos que nunca tendremos que sufrir. Es una mentira, ¿de verdad pensamos que podemos robar, matar, cometer adulterio, mentir, hablar mal de un hermano y luego presentarse delante del templo de Dios a repetir: “soy salvo”? ¿Creemos que podemos ir afuera y vivir una vida de pecado, de libertinaje, fornicación, viendo pornografía, en pecado sexual, destruyendo y venir a la casa de Dios, levantar las manos y decir soy salvo?

El Ministerio Dios empieza con una limpieza de su casa y aunque mi corazón anhela que muchos de quienes están en sus casas, estuviesen hoy con nosotros, entiendo que muchos se van a quedar ahí y no van a volver. A mayor la oposición los débiles van a salir huyendo, pero los fuertes, la iglesia, los valientes, los entendidos se sostienen y crecen en la prueba y se desarrollan en ella. Y esta prueba se llama normalización.

Nosotros no fuimos llamados a normalizar lo que está pasando en el mundo a la iglesia; fuimos llamados a llevar lo que está pasando en la iglesia al mundo, a cambiar aquella normalidad de acciones indebidas de dolor, a que esa realidad sea transformada por su iglesia

¿Y quién compone su iglesia? No es el que dirige o compone alabanza, somos usted y yo. No necesitamos ninguna capacidad, necesitamos poder. La Biblia dice que recibiremos poder cuando haya venido el Espíritu Santo sobre nosotros, así que sólo lo necesitamos a Él, necesitamos una salvación genuina para ir y orar; necesitamos ir al lugar de Dios pero todo esto viene precedido por un celo por la santidad.

Para terminar con el pasaje, los hombres vinieron y le preguntaron a Jesús que con qué autoridad hacía lo que estaba haciendo. Para ellos era una herejía que Jesús llamara a Dios: “mi Padre” (con lo cual ya estaba manifestando Su Deidad). Jesús era – y es – Uno con el Padre y había hecho un milagro ordenadamente: había sacado todo lo sucio del templo. Esa era una labor imposible para un solo hombre; y en instantes había limpiado el templo de animales, de desorden, de suciedad, de mugre.

Seguidamente estos hombres le dijeron “muéstranos una señal milagrosa que lo compruebe.”

Y Jesús respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo levantaré.

 Lo que el Señor estaba diciendo era que la vida y la muerte le respondían a Él. La vida y la muerte no era algo que controlara el mundo, Él tenía y tiene el control de la vida y de la muerte, ¡esa es Su autoridad!

Como iglesia hemos empezado a normalizar nuestra circunstancia a normalizar él estar lejos de Dios, a normalizar y ponerlo en segundo lugar.

Para que haya una transformación tiene que haber un celo por lo Santo. La palabra dice que nuestro cuerpo templo del Espíritu Santo. Somos aquello por lo cual debemos tener celo. Esta generación no necesita gente perfecta porque sólo Cristo es perfecto; pero personas que el día que cometan un error vayan al Padre y con un clamor de su corazón le pidan perdón, se arrepientan y le digan que quieren volver a Él. Y recordemos que el arrepentimiento no es un sentimiento, es una acción concreta.

Necesitamos una generación por temor por lo Santo, por la casa de Dios. Por temor por Su Templo, por lo apartado, por su ministerio, por su iglesia. No andar hablando mal de la iglesia, no andar chocando contra el ministerio, no andar hablando mal de los otros hermanos, dejar de juzgarnos a nosotros, nosotros vamos a combatir al mundo no entre nosotros y tenemos que empezar a tener celo por lo santo, este debe ser un tiempo donde la iglesia se tiene que unir.

La iglesia primitiva vivía día y noche pensando que en cualquier momento venía el Señor por ellos y esto tiene que cambiar nuestra forma de pensar: quizás mañana sea el último día ¿qué es lo que nos va a encontrar haciendo el Señor?

El día que tengamos celo y hambre y actuemos con esa ira santa del Señor para con la suciedad que hay en nosotros mismos es donde el avivamiento va a empezar en nuestra vida. Yo creo, oré y clamé para que ese día sea hoy.

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