Jesús nuestro descanso - El modelo del descanso

Jesús nuestro descanso – El modelo del descanso

Vivimos en un mundo que ha convertido el cansancio en un estilo de vida. Una encuesta de Sic Gallup desarrollada en el 2023 reveló que, si en el 2013 un 42% de las personas afirmaba sentirse sumamente cansada, diez años después de esa cifra había subido a un 52%. En una década, el número de personas que se sienten abrumadas, cargadas y sin fuerzas creció un 25%.

Las razones que explican este fenómeno son, principalmente, tres: el exceso de trabajo, la creencia de que la única respuesta a la vida cara y demandante es producir más; las distracciones constantes que ofrecen el teléfono, el internet y las redes sociales, que además generan el fenómeno conocido como FOMO ( miedo a perderse , el temor a quedar fuera), producto de comparar la vida propia con la de figuras públicas que aparentan tenerlo todo; y, como consecuencia de ambos, el estrés, el desgaste emocional conocido como burnout , la ansiedad y, en última instancia, la depresión.

Frente a este panorama, la pregunta obligada es cómo ve Dios esta condición humana. Y la respuesta se encuentra desde el principio, en el diseño mismo de la creación. Este es el primer estudio de la serie “Jesús, nuestro descanso”, en la que durante las próximas semanas profundizaremos en lo que significa aprender a descansar a la luz de las Escrituras.

El libro de Génesis, cuyo nombre significa “principio” y “origen”, comienza con estas palabras: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” Génesis 1:1-2 (RVR1960) .

Desde este primer versículo, la Biblia utiliza para referirse a Dios la palabra hebrea Elohim , un sustantivo plural que revela la naturaleza trina de Dios desde el origen mismo de la creación. Esto contrasta con cualquier concepción de una divinidad creada o sujeta al tiempo: el Dios de las Escrituras es el creador del tiempo, no está regido por él. El texto original utiliza además la expresión Bereshit bará Elohim : “en el principio creó Dios”. La palabra bará , una diferencia de lo que los seres humanos llamamos “crear” —que en realidad es transformar lo que ya existe—, describe la acción de crear de la nada, un atributo que la Escritura reserva exclusivamente para Dios.

Este principio tiene una implicación práctica: sin importar la escasez o la crisis que se esté atravesando, Dios sigue siendo capaz de hacer surgir lo que no existe y proveer aun cuando parece que no hay recursos.

También conviene entender que la Biblia no es un libro que responde a cualquier curiosidad humana, sino el relato de la historia de la redención. Por eso no aborda temas como los fósiles o los dinosaurios: no fue escrita con ese propósito. El texto avanza de lo macro a lo micro, de la creación del universo en un solo versículo a la creación del hombre, a la que dedica varios capítulos, porque lo que a Dios le interesaba comunicar era precisamente el lugar central del ser humano en Su plan, un plan que ya contemplaba la provisión de salvación desde antes de la fundación del mundo.

Génesis 1:26-28 (RVR1960) relata: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creado; varón y hembra los creados. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra”.

Ser creados “a imagen de Dios” no describe una semejanza física, sino que Dios imprimió en el ser humano Su esencia: la capacidad de relacionarse, de amar y de reflejar Su bondad, atributos que posteriormente se verían afectados por la caída. El diseño divino demostró además la base de la sociedad: varón y mujer, unidos en matrimonio, como fundamento de la familia, con el mandato de multiplicarse para llenar la tierra de la gloria de Dios a través de las generaciones. Por último, Dios desarrolló al ser humano como autoridad sobre la creación.

Génesis 1:29-30 (RVR1960) añade un detalle relevante: “Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer. Y a toda bestia de la tierra, ya todas las aves de los cielos, ya todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que vida hay, toda planta verde les será para comer. Y fue así”. En el diseño original, tanto el ser humano como los animales fueron creados para alimentarse de plantas, no de otros seres vivos, lo cual tiene una implicación teológica importante: la muerte es resultado del pecado, no un mecanismo presente desde el origen de la creación. Sostener una postura evolutiva dentro de un marco creacionista carece de sustento bíblico, precisamente porque implicaría que la muerte existía antes de la entrada del pecado en la historia humana, algo que el diseño original de Dios no contemplaba.

Génesis 1:31 (RVR1960) concluye: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto” . A diferencia de los días anteriores, en los que el texto repite que lo creado “era bueno”, en este punto la Escritura afirma que todo era “bueno en gran manera”. Esta declaración revela el corazón de un Padre que, sin importar la falla o el pecado, siempre desea la restauración de la relación con Sus hijos.

Génesis 2:1-3 (RVR1960) relata la culminación de la obra creadora: “Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación”

Cabe preguntarse por qué Dios, siendo Todopoderoso, necesitaría descansar. La respuesta es que no lo necesitaba: descansó por diseño, no por necesidad. Pudo haber descansado en cualquier otro día de la creación, pero eligió hacerlo en el séptimo para establecer un modelo, del mismo modo en que un padre no actúa únicamente movido por la necesidad, sino para mostrar con el ejemplo el diseño correcto. Dios desarrolló así un patrón para que el ser humano lo siga.

El texto define el descanso como un regalo: un día apartado y santificado, en el que el ser humano no está llamado a trabajar eternamente, a producir sin descanso o afanarse sin tregua. Para comprender la naturaleza de este descanso, es necesario observar los tres verbos que utilizan la Escritura.

El primero es acabar . Dios concluye la obra antes de descansar, lo cual enseña un principio práctico: es necesario definir metas alcanzables, completar los procesos y cerrar las tareas antes de entrar en el descanso. No hay nada más valioso que llegar al final de una etapa y poder decir: “terminé”.

El segundo verbo es reposar, que implica detenerse, agradecer y descansar. El reposo de Dios no consistió en la inactividad, sino en dedicarse a lo relacional: a Adán, a Eva, a contemplar lo que había hecho. El verdadero descanso no siempre se encuentra en dormir, sino en las relaciones, el disfrute genuino del tiempo compartido y la comunión con otros, pues “no es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18 RVR1960).

El tercer verbo es bendecir, que implica recordar la gloria de Dios en medio de todo lo que se hace. El día de descanso está diseñado para recordar, proclamar y vivir conectado con el Creador, reconociendo Su gloria, Sus promesas y todo lo que ha dado.

La primera verdad es que descansar básicamente es importante, aunque no es lo más importante. El descanso permite reparar músculos y tejidos, fortalecer el sistema inmune y regenerar la mente. La falta de sueño adecuado incide directamente en la salud física y cognitiva, y también en el rendimiento y la productividad.

La segunda verdad es que descansar es confiar. No saber descansar es, en el fondo, una declaración de que todo depende de uno mismo. Creer que la vida propia, la de los hijos o el trabajo del ministerio depende enteramente del esfuerzo personal es una forma de incredulidad. Aprender a descansar implica reconocer que hay límites en lo que se puede controlar y que la confianza debe estar puesta en Dios, no en el esfuerzo propio. La pereza es condenada con claridad en las Escrituras, pero la incapacidad de descansar es, en la misma medida, una falta que revela dónde está depositada realmente la fe.

Es útil recordar el peso que representaba la vida bajo el sistema del Antiguo Testamento, donde cada falta requería un sacrificio para acercarse a Dios: nunca existió un verdadero descanso, porque siempre había algo que hacer para comprar el favor divino. Jesús vino a pagar esa deuda, liberando al ser humano de la carga del cumplimiento constante. Por eso, cuando alguien se encuentra con Cristo, no comienza a descansar únicamente al morir, sino desde ese mismo momento, pues la reconciliación con Dios elimina el peso de tener que ganarse la salvación.

La tercera verdad, la más importante, es que el verdadero descanso se encuentra en Jesús. El séptimo día, el sábado, conmemora al Dios creador y la perfección de Su obra. El primer día, el domingo, celebra al Dios de la salvación: aquel que estuvo muerto y resucitó al tercer día, recordando que en Él siempre hay un nuevo amanecer y una nueva oportunidad.

El sábado representaba, además, la señal del pacto entre Dios y el hombre. Así como el arcoíris fue la señal del pacto con Noé y la circuncisión la señal del pacto con Abraham, el día de descanso fue la señal del pacto entregada a través de Moisés, y cada una de estas señales apuntaba hacia Jesús. El descanso prometido anunciaba a Aquel en quien sería posible depositar todas las cargas, con la certeza de que Su obra, al igual que la obra de la creación, es perfecta.

La parábola del sembrador, registrada en Mateo 13, describe cuatro tipos de terreno donde cae la semilla de la Palabra. Jesús mismo la explica a sus discípulos: “Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino. Y el que fue sembrado en pedregales, este es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza el que fue sembrado entre espinos, este es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa y deja de dar fruto. Mas el que fue sembrado en tierra buena, este es el que oye y entiende la palabra, y da fruto y produce un ciento, a sesenta, ya treinta por uno” (Mateo 13:18-23 RVR1960) .

Muchos han recibido la Palabra con gozo, pero el afán del mundo, las distracciones, el temor a quedar fuera y la comparación constante han terminado por ahogar ese fruto, dejando un terreno seco, cansado y cargado. Frente a esta condición, la invitación de las Escrituras es a salir del terreno lleno de espinos hacia la tierra fértil que Dios ofrece: no se trata de necesitar más descanso físico, sino de abrir el corazón y reconocer que la verdadera fuente de restauración se encuentra en la relación con Dios . Ese es, en definitiva, el regalo del descanso: no una ausencia de actividad, sino la certeza de que las cargas pueden depositarse en aquel cuya obra ya fue consumida por completo.

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