Nehemías – Reconstruyendo Muros: Integridad a Pesar del Conflicto

Nehemías – Reconstruyendo Muros: Integridad a Pesar del Conflicto

Una ofensa de un desconocido en la calle puede olvidarse en minutos, pero el agravio que proviene de un hermano, de un líder o de un familiar, deja huellas profundas.

La unidad no es simplemente una opción para la Iglesia; es el diseño original de Dios. Como bien se nos ha enseñado, “un reino dividido contra sí mismo no puede prevalecer” (Marcos 3: 24-26 RVR 1960)

El diseño de Dios es que caminemos en Unidad.  Por lo tanto, salvaguardar la unidad es fundamental para que cualquier proyecto que nazca en Dios y camine hacia su cumplimiento. Por lo tanto, salvaguardar la unidad es fundamental para que cualquier proyecto que nazca en Dios camine hacia su cumplimiento.

Nehemias 5:1-5, NTV

“En esos días, algunos de los hombres y sus esposas elevaron una protesta contra sus hermanos judíos. Decían: «Nuestras familias son tan numerosas que necesitamos más comida para sobrevivir». Otros decían: «Hemos hipotecado nuestros campos, viñedos y casas para conseguir comida durante el hambre». Otros más decían: «Para poder pagar los impuestos, tuvimos que pedir dinero prestado dando nuestros campos y viñedos como garantía. Pertenecemos a la misma familia de los que son ricos, y nuestros hijos son iguales a los de ellos. Sin embargo, tenemos que vender nuestros hijos como esclavos solo para conseguir lo necesario para vivir. Ya hemos vendido a algunas de nuestras hijas, y no hay nada que podamos hacer, porque nuestros campos y viñedos ya están hipotecados a otros”.

La reconstrucción de los muros de Jerusalén demandó un sacrificio extraordinario. Durante cincuenta y dos días, el pueblo abandonó sus campos, sus comercios y sus rutinas habituales para dedicarse a la obra. Esta entrega generó una escasez real que pronto se tradujo en una protesta social y espiritual.

El texto bíblico relata el clamor de los judíos.  El hambre no era una exageración; era la consecuencia de priorizar la visión de Dios por encima de la supervivencia personal.

Muchos habían tenido que hipotecar sus tierras y viñedos para comprar grano, mientras que otros se veían obligados a vender a sus propios hijos como esclavos para pagar los impuestos del rey Artajerjes.  En este contexto, observamos una distorsión del propósito divino: mientras unos trabajaban en el muro, otros nobles y funcionarios utilizaban la crisis para enriquecerse.

Frente a la injusticia, la reacción de Nehemías fue contundente: “Cuando oí sus quejas, me enojé muchísimo” Nehemías 5:6 (RVR1960). Es vital comprender que el enojo, en sí mismo, no es un pecado si está dirigido hacia la injusticia y la deshonra de Dios.

El apóstol Pablo nos instó: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo” Efesios 4:26-27 (RVR1960).

La diferencia entre el enojo santo y el pecado radica en cómo administramos esa emoción.

Porque un cristiano debería enojarse con la injusticia, enojarse con el pecado, enojarse cuando alguien lastima a otra persona, proteger al desvalido y proveer al que no tiene nada. Un cristiano tiene que levantar la voz cuando la injusticia se trata de imponer o cuando alguien intenta imponer algo que va contrario a la voz de Dios

Nehemías, a pesar de su indignación, no actuó bajo el impulso.  El texto aclara un paso fundamental: “Después de pensarlo bien” Nehemías 5:7 (NTV)

Este intervalo entre la emoción y la acción es lo que definimos como dominio propio. Nehemías se detuvo, meditó y seguramente consultó al Padre en oración antes de confrontar la situación. Él sabía que la queja constante tiene un efecto científico y espiritual en el hombre: reprograma el cerebro hacia la negatividad. La queja es, en esencia, una declaración de orfandad espiritual; es decirle al mundo que nuestro Padre Dios no es lo suficientemente bueno para proveer.

Cuando una persona vive en queja, antepone su bienestar temporal por encima de la gratitud por la gracia recibida. Nehemías entendió que no podía permitir que la amargura de unos y la avaricia de otros destruyeran el testimonio del Reino.

Una vez que el dominio propio gobernó su corazón, Nehemías procedió a la confrontación directa. En la cultura actual, solemos huir del conflicto o esconder los problemas debajo de la alfombra, creyendo que el silencio es sinónimo de paz. No obstante, el silencio ante el pecado solo genera rencor y división a largo plazo. Nehemías convocó a una reunión pública y denunció a los nobles:

Nehemias 5:7-13 (NTV) indica lo siguiente:

“Después de pensarlo bien, denuncié a esos nobles y a los funcionarios y les dije: «¡Ustedes perjudican a sus propios parientes al cobrar intereses cuando les piden dinero prestado!». Entonces convoqué a una reunión pública para tratar el problema. En la reunión les dije: Estamos haciendo todo lo posible para rescatar a nuestros parientes judíos que han tenido que venderse a extranjeros paganos, pero ahora son ustedes los que los someten a esclavitud. ¿Cuántas veces tendremos que redimirlos? Ellos no tenían nada que argumentar en su defensa. Entonces insistí: ¡No está bien lo que ustedes hacen! ¿Acaso no deberían andar en el temor de nuestro Dios para evitar que nos pongan en ridículo las naciones enemigas? Yo mismo, al igual que mis hermanos y mis trabajadores, he estado prestando dinero y grano al pueblo, pero ahora dejemos de cobrarles intereses. 11Devuélvanles hoy mismo sus campos y viñedos, sus olivares y sus casas. Además, devuelvan los intereses que cobraron cuando prestaron dinero, grano, vino nuevo y aceite de oliva. Entonces ellos respondieron: Devolveremos todo y no le exigiremos nada al pueblo; haremos como tú dices. Luego llamé a los sacerdotes e hice que los nobles y los funcionarios juraran que cumplirían su promesa. Sacudí los dobleces de mi manto y les dije: ¡Si no cumplen su promesa, que así los sacuda Dios de sus casas y de sus propiedades! Entonces toda la asamblea respondió: ¡Amén! Todos alabaron al Señor y cumplieron con lo prometido.”

La confrontación debe ser un acto de valentía y, sobre todo, un acto de amor. Confrontamos no para destruir al hermano, sino para rescatar su espíritu.

Si un problema no se confronta en las primeras 24 horas, la herida se infecta y da lugar al enemigo.  Según el principio bíblico “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo” Efesios 4:26 (RVR1960)

Una iglesia sana no es aquella que no tiene conflictos, sino aquella que sabe resolverlos mediante el perdón y la verdad. Si no hay perdón y confrontación sana, las cosas no funcionan.

La integridad exige que la verdad sea dicha, sin importar el cargo o la posición de quien ha fallado.

Proverbios 6:16-19 (RVR 1960) nos dice:

“Seis cosas aborrece Jehová,
Y aun siete abomina su alma:
Los ojos altivos, la lengua mentirosa,
Las manos derramadoras de sangre inocente,
El corazón que maquina pensamientos inicuos,
Los pies presurosos para correr al mal,
El testigo falso que habla mentiras,
Y el que siembra discordia entre hermanos”

La confrontación se tiene que hacer directa con los problemas. Esa es la manera correcta de resolverlo. Con valentía, sin cobardía.

Nehemías no solo fue un gran administrador de muros, sino un modelo de mayordomía e integridad. Él reconoció su propia parte en el sistema y propuso una solución

Aquí radica la esencia de la madurez espiritual. Hay cosas que pueden ser legales o permitidas, pero que no son íntegras ni edificantes para el rebaño. El verdadero líder es aquel que está dispuesto a sacrificarse y a vivir con austeridad para no ser una carga para los más débiles. La integridad se evalúa en lo que hacemos cuando nadie nos ve, o en lo que decidimos no tomar cuando tenemos el poder para hacerlo. El testimonio de Nehemías silenció a sus opositores porque su vida respaldaba sus palabras.

“¡No está bien lo que ustedes hacen! ¿Acaso no deberían andar en el temor de nuestro Dios” Nehemias 5:9 (RVR1960)

El eje central de todo el capítulo 5 se resume en una frase: el temor a Dios.

El temor a Jehová no debe confundirse con el miedo al castigo de un juez severo. Dios es un Padre que nos ama y tenemos que aprender a conocer a Dios como ese Padre que nos ama.

El temor bíblico es una reverencia interna, de respeto; es valorar tanto nuestra relación con el Padre que nos aterra la idea de herir Su corazón.

Salomón lo definió como el principio de la sabiduría, porque es fundamental tener temor a Jehová.

Nehemías cuenta un testimonio de cómo él servía, pero a pesar de que tenía derecho a muchas cosas, se abstenía solo por temor a Jehová.

Nehemias 5:15 (RVR 1960) nos dice:

“Los gobernadores anteriores, por contraste, impusieron pesadas cargas al pueblo, al exigir una ración diaria de comida y vino, además de cuarenta piezas de plata. Hasta sus ayudantes se aprovechaban del pueblo. Sin embargo, como yo temía a Dios, no actué de esa manera”

Si pudiéramos definir “temor a Jehová”, podríamos decir que es una reverencia interna que produce sujeción a Dios.

Podemos ilustrar la relación con Dios a través de la metáfora

Vivir en el mundo, apartado de Dios, de Sus principios, es como caminar bajo una tormenta incesante de problemas, deudas y amargura. Al regresar a Su presencia, entramos bajo un “paraguas” de protección. “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente” SalmoS 99:1 (RVR1960). Aunque a veces, en nuestra desobediencia y naturaleza pecaminosa, damos un paso hacia afuera y volvemos a mojarnos con la queja o el egoísmo, el Padre siempre nos invita a regresar al abrigo del Altísimo.

Cuando priorizamos nuestra relación vertical con Dios, todas nuestras relaciones horizontales; porque cuando estamos bien con el Señor, entramos en Su descanso, en Su refugio, en Su protección y en Su bendición.

El texto termina enseñándonos tres personas:

La primera persona, la que se queja, y la queja quiebra el corazón de Dios (nos quejamos mucho y agradecemos poco). La segunda persona, el oportunista, el que siempre se quiere poner por encima de los demás, el que prioriza su bienestar por encima del bienestar de los demás. La tercera persona, el temeroso de Dios, la persona que tiene reverencia a Dios y que lo prioriza a Él.

¿Cuál de esos tres eres hoy? ¿El de las quejas, el oportunista o el que realmente tiene temor de Dios?

Que hoy podamos examinarnos delante de Dios y preguntarnos con sinceridad qué hay en nuestro corazón. Que no seamos personas que viven en la queja ni buscando únicamente nuestro propio beneficio, sino personas que reconocen a Dios, lo honran y deciden ponerlo a Él en primer lugar.

Que podamos escoger cada día vivir con un verdadero temor de Dios, con un corazón agradecido y dispuesto a obedecerle, entendiendo que nuestra vida no se trata de nosotros mismos, sino de Él.

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