Parábolas de Jesús: La semilla de mostaza
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Parábolas de Jesús: La semilla de mostaza

Este año un ave hizo nido en la ventana de mi cuarto; mientras observaba su comportamiento con sus pichones – ella salía a buscar el alimento y les enseñaba a volar aún en medio de la lluvia – medité en cómo el Señor muchas veces nos permite pasar por situaciones y pruebas pero que en medio de ellas Él siempre nos acompaña y nos está formando en carácter.

Pero lo que más me llamó la atención fue, que aún habiendo tantísimos árboles alrededor, esta ave escogió un lugar específico para hacer su nido. Y esta parábola tiene relación a lo anterior: al lugar que las aves escogen para construir su casa. Este pajarito sabía que ese iba a ser un lugar seguro, donde iba a estar protegido del clima y de otros animales, donde podía proveer el alimento a sus polluelos.

El reino de los cielos es ese lugar seguro donde nos sentimos protegidos, amados, donde podamos sentir esa paz y esa tranquilidad que tanto anhelamos en un hogar.

“Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas” Mateo 13:31-32

El reino de los cielos no es comida ni bebida; es paz, justicia y gozo. Es el reino cuyo Rey es Jesucristo, donde Él no solo quiere darnos paz, protegernos, cuidarnos, darnos seguridad, sino también quiere libertarnos, sanarnos transformarnos y liberta

¿Por qué el Señor compara este reino de gloria, de poder, de dominio, un reino que durará para siempre con algo tan pequeñito e insignificante como el grano de una mostaza?

Esta semilla – la cual era muy común en Israel – tiene el tamaño de la cabeza de un alfiler. Y es importante hacer énfasis en esto a pesar de su tamaño llega a convertirse en una hortaliza que puede crecer entre dos a cinco metros de alto.

Esta semilla tiene un gran secreto: aún a pesar de ser tan pequeñita lleva en sí misma lleva el potencial para crecer de esa manera.

Hay cosas muy pequeñas que parecen insignificantes a nuestros ojos, pero que pueden convertirse en algo grande. El nacimiento más importante de la humanidad se dio en un pequeño pesebre, quizás mal oliente, lejos de ser algo deslumbrante, en un lugar humilde, el cual Dios usó lugar para traer un niño que cambiaría la historia y el tiempo de la humanidad, donde los romanos no tomaron en cuenta que ese bebé era el Mesías, el Salvador del mundo.

Los seguidores de Jesús fueron pocos, personas que inclusive los traicionaron y lo negaron, débiles en la fe; sin embargo, el Señor escogió a esas personas… tan pequeñas con un grano de mostaza. Jesús decidió usarlos a pesar de ser personas tan normales como usted y como yo. Pero ¿Por qué el Señor los escogió? Porque vio en ellos el potencial, no vio su pecado, ni su debilidad, ni la duda que ellos tenían, sino que Jesús vio en ellos a las personas que Él mandaría para hacer discípulos suyos.

Cuando Jesús fue crucificado en la cruz del calvario, los discípulos empezaron a desanimarse, a desmoronarse, corrieron y se escondieron. Ellos no pensaban en la salvación y mucho menos en resurrección; aun cuando el Señor les había dicho que Él sería el Salvador del mundo.

Pero algo sucedió más tarde: aun cuando ese acontecimiento se veía tan insignificante y pequeño como la semilla de mostaza; Jesús resucitó al tercer día tal cual lo había prometido. Y cuando el Señor se levantó de los muertos y sus discípulos vieron que estaba vivo, empezaron a verlo real en su vida. Fue en ese momento cuando ellos comenzaron a cambiar: pasaron del temor a creer en fe con un potencial que fue activado por el poder de la resurrección.

El poder de la resurrección es el estandarte de nuestra fe.

Podemos leer en la Palabra, como Pedro – unos de los discípulos de Jesús – quien estaba abatido, y lo había negado, después de ver a Jesús resucitado, predicaba el Evangelio con tanto poder que tres mil personas llegaron a convertirse en uno de sus discursos acerca del Señor y el reino de los cielos.

Santiago quien era escéptico, se convirtió en uno de los pastores de una de las iglesias más grandes en ese momento.

Pablo quien mató a miles de cristianos, llegó a ser un seguidor de Cristo y a convertirse en el apóstol más grande, predicando también con poder el evangelio en muchas regiones.

Leemos también sobre un puñado de hombres que antes se escondían y ahora predicaban en las plazas, sanaban a las personas y estaban llenos del Espíritu Santo.

Este es el reino de los cielos: un reino de poder.

Así como Jesús fue fiel con ellos lo será con nosotros. Muchas personas hemos negado nuestro llamado, por temor, o porque nos rendimos en la primera prueba. Sin embargo, sabemos en el fondo de su corazón que Dios nos escogió. Aunque muchas veces hayamos pensado que no somos suficientes o que aún somos muy inmaduros, el Señor vio en nosotros potencial para predicar las buenas nuevas de la misma manera que lo hizo con sus primeros discípulos.

El Señor quiere capacitarnos, cuando empecemos a hacer lo que Él nos llamó a hacer veremos Su gloria. y Su poder en nuestra vida. Busquemos primeramente el reino de Dios y su justicia y Él nos dará todo lo que necesitemos.

Todo se trata del Señor. Hagamos todo para la gloria de Dios, aunque el servicio que demos parezca pequeño, no busquemos una posición o ser vistos porque no se trata de nosotros, se trata de Él. Y lo que parece más insignificante como la semilla de mostaza, puede producir un fruto tan grande como el árbol que se llega a medir hasta cinco metros.

Muchas personas quieren ser vistas, venir a la iglesia a presidir, a predicar, a estar en alabanza, a orar al frente… pero la palabra de Dios dice que “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán” Salmos 126:5-6

Las personas que han llegado hasta allí no lo hicieron de la noche a la mañana, fue porque un día sembraron la semilla, y Dios dio el crecimiento, Él los puso ahí. Estas personas un día decidieron pagar el precio, sacrificarse, esforzarse. Pagar ese precio involucra pasar pruebas, momentos difíciles, sintiéndonos rechazados pero el Señor va a utilizar todo ello para transformarnos.

Dios nos pone a sembrar para Su reino. Dice Gálatas 6:7-9 “No se dejen engañar: nadie puede burlarse de la justicia de Dios. Siempre se cosecha lo que se siembra. Los que viven solo para satisfacer los deseos de su propia naturaleza pecaminosa cosecharán, de esa naturaleza, destrucción y muerte; pero los que viven para agradar al Espíritu, del Espíritu, cosecharán vida eterna.  Así que no nos cansemos de hacer el bien. A su debido tiempo, cosecharemos numerosas bendiciones si no nos damos por vencidos.”

El que siembra para su pecado, el que siembra chisme, murmuración, división, contienda, envidia, odio, falta de perdón, eso cosechará: recogerá para muerte y destrucción. Porque nadie puede burlarse de Dios.

Pero el que siembra para el espíritu: paz, gozo, paciencia, mansedumbre y todo lo que sea fruto del espíritu, cosechará vida eterna.

¿Sembramos para agradar al Espíritu o sembramos para agradar a los hombres?

¿Queremos que la gente nos vea o queremos que sea Dios quien nos vea y nos recompense?

Lo que sembremos, cosecharemos. No nos cansemos de sembrar para bien, porque con el tiempo recogeremos para bendición: salvación para nuestro hogar, paz, gozo, unidad y todo aquello que nuestra alma ha estado anhelando.

Es nuestra responsabilidad sembrar, pero el crecimiento; solo Dios lo va a dar.

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