Parábolas de Jesús: Los talentos
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Parábolas de Jesús: Los talentos

Hace algunos años trabajaba en una empresa, en la que me percaté que siempre mi jefe salía tarde. Un día le consulté que si podíamos colaborarle en algo para que no tuviera que quedarse más tiempo del regular a lo que me respondió que para hacerlo era necesario que yo me quedara también un par de horas adicionales para aprender lo que ella hacía.

Empezó a enseñarme una tarea, donde a principio yo realizaba cierto proceso, luego otro y finalmente ella me delegó al 100% dicha labor. Pero estaba sucediendo algo que mi persona desconocía en ese momento: mi jefe en ese momento estaba aplicando un puesto diferente en la empresa. Como al mes le dieron la posición a la que estaba participando y quedó su vacante; apliqué y me quedé en el puesto.

Al consultarles la razón por la cual me habían elegido, me dieron una respuesta interesante: “que de todos los participantes yo había resultado ser el menos malo”. Esa fue la motivación con la que entré a un nuevo puesto.

Debemos aprender que todo esfuerzo que hacemos trae recompensa.

Dice Mateo 25:14-30

Porque el reino de los cielos es como un hombre que, yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes.  A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos.  Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos.  Así mismo el que había recibido dos, ganó también otros dos.  Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor.  Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos. Y, llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos.  Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.  Llegando también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros dos talentos sobre ellos.  Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.  Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo.  Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí.  Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses.  Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos.  Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Otras versiones de la Biblia, dice que, en vez de talentos, a estos hombres se les entregó bolsas de plata. Un talento equivale a 34 kilos, es decir a quien le dio 1 talento le dio 34 kilos de plata lo cual equivale en la actualidad a $832 dólares. Si lo multiplicamos por 34 equivale a $28,288. Aproximadamente 12,900.000 de colones al que tenía 1 talento.

El que recibió un talento, no recibió poca cosa, recibió algo muy valioso. Esto nos confronta con algo, todos independientemente del tiempo que tengamos de conocer al Señor, Él nos dio un talento, a otros dos, a otros cinco.

Algunas personas creen erróneamente que los talentos son para quienes predican, los que sirven en alabanza o quienes oran por otros; pero esto es un error. Todos tenemos un talento que podemos poner al servicio del Señor, sea en su familia, trabajo, universidad.

Hace algunos años tuve la oportunidad de servir con varios misioneros en zonas rurales de Costa Rica; se hacía obra social y mientras ayudábamos compartíamos el Evangelio con las personas del lugar. En cierta ocasión estando en una feria de salud en uno de estos lugares con algunos doctores de Estados Unidos, de repente un médico empezó a llorar. Cuando le preguntábamos que le sucedía nos respondió que el viaje le había costado $4000 dólares, pero que eso era el precio para darse cuenta de que mediante su carrera le podía servir a Cristo. Este hombre se dio cuenta que a través de su profesión podía servirle al Señor.

¿Cuánto nos va a costar a nosotros entender que lo que Dios nos ha dado lo podemos poner a su servicio?

No debemos anhelar el don de los demás, sino más bien anhelar multiplicar el que Dios nos ha dado y hacer Su voluntad.

Si podemos afirmar que Cristo nos compró con Su sangre, estamos diciendo que Él es nuestro Señor. Siendo así, ¿qué vamos a responderle a Jesús cuando regrese y Él como nuestro Señor nos pregunte qué hicimos con los dones que nos dio?

Tenemos dos opciones: o le entregamos el talento multiplicado, o le mostramos nuestras manos llenas de tierra por lo que excavamos en el suelo para sacar el don que escondimos.

El siervo que tenía un solo don no lo desperdició ni lo malgastó, simplemente no lo multiplicó.

Podemos tener un don y quizás decir que no hemos hecho nada malo con él, sin embargo, lo que dice la palabra de Dios es que si no lo multiplicamos somos siervos negligentes.

¿Cómo multiplicamos el don? No se hace enterrándolo como una semilla que se siembra, es una semilla que se pone en acción. Esto se logra cuando se pone el talento al servicio de Dios, del reino, de los demás. Y debemos tener claridad que los dones no es un fruto para nosotros, sino para el reino de los cielos.

Si no ponemos el don en acción, cuando el Señor regrese no vamos a recibir recompensa. No importa la cantidad de dones, sino lo que hacemos con ellos.

¿De quién estamos buscando aceptación? ¿Del mundo, de nuestros amigos o de nuestro Señor? Cuando buscamos la recompensa de Dios, nunca vamos a recibir la aceptación del mundo. Nadie nos va a agradecer. Cuando nos enfocamos sobre quién es el dueño del talento, no importa que lo que hagamos nadie lo agradezca, pues al fin y al cabo lo vamos a hacer para quien nos dio todo, para nuestro Señor.

La persona que recibió solo un don sabía quién era su señor. Pero para justificarse le da la excusa perfecta de temor diciéndole que él no segaba donde sembraba y que recogía donde no esparcía. Muchas veces nosotros ponemos excusas similares para no poner al servicio de Dios los talentos que Él nos dio.

¿Cuántas veces no decimos cosas como no tener tiempo, que el servicio que debemos dar es a horas muy tempranas, que no tenemos cierta habilidad, entre otras excusas? Pero dice un famoso dicho que el que no arriesga, no gana. Debemos arriesgarnos, aunque las personas nos rechacen y se burlen de nosotros; y así darnos cuenta de lo que Dios quiere hacer a través del servicio que ofrezcamos para Él. Cuando somos débiles y creemos que no podemos es cuando Él se glorifica. Pero si no decidimos tomar acción, nada va a pasar.

Cuando ponemos el talento que Dios nos dio a Su servicio, somos bendecidos.

Si nos plantearemos la siguiente pregunta y respondiéramos con sinceridad ¿qué diríamos? ¿pasamos más tiempo en el gimnasio, viendo películas, trabajando o sirviéndole al Señor? Si al poner la balanza, esta no se inclina hacia el lado de Dios, algo estamos haciendo mal.

No estamos diciendo que debamos dejar todo, sino preguntarnos quién es la prioridad en nuestra vida.

Esta parábola nos enseña que los tres siervos anhelaban la venida de su señor, pero solo dos trabajaron conscientemente en multiplicar lo que él les dio. Así que no es suficiente con anhelar el regreso de Cristo, debemos esforzarnos en hacer crecer lo que Él nos dio al ponerlo a su servicio sin excusas ni temores.

Un don sin carácter es un camino al fracaso. Si no tenemos disciplina, si no nos sujetamos a nuestro Señor, si no le creemos ni le conocemos realmente, no vamos a poder formar carácter; y este solo lo vamos a poder tener en Cristo. Si no miramos la cruz todos los días y nos damos cuenta de que ese talento no es de nosotros sino de Jesús, que no nos pertenece y que quien se tiene que llevar la gloria es Él y no nosotros; vamos a tener grandes problemas pues nos vamos a dar el mérito de algo que no nos pertenece.

¿Qué estamos haciendo con el talento que Dios nos dio? ¿Lo estamos negociando, lo tenemos en el banco, o lo tenemos enterrado? Que el Señor nos confronte con nuestra realidad de vida y entendamos todo lo que Él nos ha dado.

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