Parábolas de Jesús: La oveja perdida
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Parábolas de Jesús: La oveja perdida

Concluimos la serie “Parábolas de Jesús” con esta undécima predicación, la cual, trata acerca de la parábola de la oveja perdida. Es una de las tres parábolas con las que Jesús responde a las preguntas que los fariseos le planteaban (las otras dos analizadas fueron la del hijo pródigo y la del tesoro perdido).

Para el Señor hallar lo perdido es importante. Jesús no quiere que nadie se pierda y que quién le pertenece, permanezca en Él. Leamos, Lucas 15: 1-7.

“Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: este, a los pecadores recibe y con ellos come [Jesús, en respuesta dice] ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió hasta encontrarla? Y cuando la encuentra la pone sobre sus hombros gozoso, y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos y les dice: gozaos conmigo porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así, habrá más gozo en el cielo, por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento”.

En esta historia, aparecen dos tipos de personas al inicio: los escribas y fariseos, y los religiosos. Los fariseos, son los que ponían los estándares morales más allá de la Biblia; bajaban o subían la barda, según su conveniencia; estaban en la cúspide de la jerarquía social del pueblo judío; tenían entre sus virtudes, un total conocimiento de la Biblia; y procuraban una vida que agradara Dios; pero vivían bajo una justicia de obras humanas. Y rechazaron a Cristo, porque no se amoldaba a la concepción de Dios que tenían ellos.

Luego aparecen en el relato los cobradores de impuestos (eran odiados no solo porque les quitaban el dinero, sino porque el producto de su gestión servía para financiar el sistema autoritario y de opresión romano sobre su nación, así como las crucifixiones).

Por último, se destaca los pecadores y marginados (pobres, mendigos, prostitutas, y sobre todo, los leprosos).

Los fariseos, se consideraban a sí mismos, los puros y a todos estos marginados, como impuros. Por eso, para ellos era irracional, que un rabino, estando en la cúspide, y viviendo una vida de “pureza”, se relacionara con los últimos. Estos, a quienes ellos no se dignaban a hablarles, se acercaron a Jesús, y Él les acepta. Pero un detalle interesante es que, este acercamiento, no se da en sus términos, sino en los términos de Jesús. El maestro, se juntó con ellos, no para igualarse a ellos, sino para atraerles a conversión.

Es importante detenerse a analizar los personajes de esta parábola (el pastor, la oveja perdida, las noventa y nueve, y los amigos del pastor).

Comenzaremos con la oveja perdida. Hay posturas teológicas que afirman que la oveja perdida representa a las personas del mundo. En nuestro caso, creemos que la oveja representa al que se ha escapado del abrazo del padre, al salirse del redil. Es una parábola para aquellos que hemos aceptado a Cristo y que por alguna razón nos hemos ido al mundo.

La oveja es un animal muy dócil y dependiente, lejos de su pastor está totalmente desorientada y a expensas de cualquier peligro; a diferencia de otros animales, no tiene instintos de defensa ni de supervivencia, no sabe buscar agua ni alimento.

Algunos detalles curiosos acerca de la oveja: su raíz etimológica del griego significa caminar en una sola dirección. La oveja no sabe el camino de regreso a casa. Y cuando tiene una enfermedad se aparta del rebaño y se sale del corral. Traslademos esto a nuestro plano espiritual… ¿hacemos lo mismo que la oveja?

En este caso, la oveja perdida lo estaba a los ojos del pastor, no a los ojos de las demás ovejas, lo que significa, que no nos corresponde a nosotros como ovejas juzgar quién está perdido y quien no. Sí bien, los frutos de una persona pueden ser indicadores de ello, no podemos determinarlo. La última palabra la tiene Dios y tampoco somos salvadores de nadie. A nosotros nos toca orar, dar testimonio y confiar, porque es el Espíritu Santo quién hace la obra.

En este punto, debemos examinar en qué medida estamos siendo envueltos en un “espíritu fariseico”. Cuando avanzamos en la vida cristiana y empezamos crecer en lectura de la  Biblia y en disciplina, y nos integramos en actividades de la iglesia, puede suceder que empecemos a relacionarnos sólo con nuestros hermanos en Cristo y cerremos nuestros círculos sociales y lleguemos incluso a sentir repulsión por otras personas que no son como nosotros. Es aquí cuando debemos detenernos y reflexionar acerca de nuestro actuar.

Si bien, conviene que seamos celosos de nuestros círculos íntimos y de nuestra casa, eso no significa, que debamos aislarnos del mundo, pues nos estaríamos perdiendo del llamado que tenemos como hijos de Dios, que es ir en busca de los perdidos y llevar las buenas nuevas. Otro de los riesgos de este que hemos llamado “espíritu fariseico”, aparte de impedir que cumplamos con el mandato de Cristo; es que podemos empezar a sentir rechazo por las personas “del mundo”, a quienes podríamos etiquetar simplemente de pecadores, cuando en realidad nosotros también lo somos, y que empecemos a jactarnos de nuestra santidad; esto tienen como agravante de que el día que nos equivoquemos y caigamos en un pecado mayor, nos sentiremos indignos de Dios.

En idioma hebreo la palabra pastor significa el buen amigo. En Juan 10: 11-12, Jesús dice: “yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. El asalariado de quién no son propias las ovejas, ve venir al lobo, y deja las ovejas y huye. Y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa”.

Jesús es el buen pastor, el que dio la vida por sus ovejas. Sus misericordias son nuevas cada mañana y su amor es irracional, nos busca a donde quiera que estemos y nos trae de nuevo al redil, una vez y otra vez; y siempre.

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