Parábolas de Jesús: Los dos deudores
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Parábolas de Jesús: Los dos deudores

¿Hasta cuándo se puede perdonar?

El Evangelio de Mateo, capítulo 18, versículo 21 en adelante, nos presenta quizás la más importante parábola sobre el perdón. En la versión Nueva Traducción Viviente dice:

“Luego Pedro se le acercó y preguntó: ¿Cuántas veces debo perdonar a alguien que peca contra mí?, ¿Siete veces?”

Jesús estaba dando un discurso acerca de cómo se ve el carácter de la persona que está en el Reino de Dios, y el impulsivo Pedro, interrumpe el discurso del Señor, con la pregunta: ¿Cuántas veces debo perdonar? Esta, era una pregunta afín a la tradición de los religiosos de la época, apegados a la ley, tendientes a estandarizar. Para el caso del perdón, la cuota era perdonar tres veces.

Pero Pedro, con gran inquietud y recelo, levanta la barda, como quién se luce de muy piadoso, y dice: ¿hasta siete veces? La respuesta de este conocido pasaje es: “no te digo hasta siete, sino setenta veces siete”. Las interpretaciones teológicas concuerdan en que Jesús no habla de un número, como 490 veces (algo imposible de contabilizar y de alcanzar) sino que la enseñanza es, perdonar siempre. Esta pregunta, sirvió como preámbulo para lo que el Señor quería enseñarles ese día. En el versículo 23 continúa el relato:

“Por lo tanto el reino de los cielos se puede comparar a un rey que decidió poner al día las cuentas con los siervos que le habían pedido prestado dinero”.

Siguiendo con el relato bíblico, un día el rey decide pedir cuentas; en el proceso le trajeron a uno de sus deudores que debía diez mil talentos (haciendo la traducción al día de hoy, la deuda de este hombre podía ser desde 12 millones hasta un billón de dólares), era una deuda impagable (es importante también, analizar cómo este hombre representa a quien se endeuda de manera progresiva tomando lo que no le corresponde). Cuando llegó el momento de pedir cuentas, el relato dice que el rey ordenó que le vendieran como esclavo, junto con su familia y todo lo que poseía para pagar la deuda.

La Biblia dice que Dios es tardo para la ira, pero rico en misericordia. Solemos ser de memoria corta y selectiva, pero es importante recordar de dónde Dios nos sacó (no por una decisión nuestra, sino por su gracia). En este sentido, debemos tener siempre presente, que si bien, Dios es tardo para la ira, no significa que esta nunca llegará. Y esto significa, que no podemos desentendernos de nuestra responsabilidad, apelando despreocupadamente a la misericordia de Dios como mecanismo de solución automática, porque un día, el Señor va a venir a pedirnos cuentas de lo que estamos haciendo.

Si se considera que el valor de mercado de un esclavo rondaba un talento; claramente, con su deuda, este hombre había comprometido a sus generaciones. Trayendo esta parábola a nuestra realidad, resalta en primera instancia, el hecho de que, cuando cometemos un error, las consecuencias recaen de inmediato sobre nuestra familia. Este hombre cayó de rodillas ante su amo y le imploró paciencia para poder pagarle. Pero lo cierto es que, esta, era una deuda impagable;  mas el amo sintió compasión por él y se la perdonó.

Haciendo una interpretación de los personajes, como en todas las parábolas, cada vez que se hace referencia al rey se alude a Jehová, y los siervos en este caso, nos representan a nosotros. Así, tenemos la representación una deuda que no podemos pagar, y se llama pecado. Porque desde el estándar de la palabra de Dios, hemos transgredido todo, fallado en todo. Solo tenemos una alternativa, se llama gracia.

Siguiendo con la parábola, cuando el hombre salió de la presencia del rey, fue a buscar a un compañero, también siervo, que le debía unos pocos miles de monedas de plata (que equivalía a tres meses de salario). Al hallarlo, lo tomó del cuello y le exigió que le pagara de inmediato. Aquel, cayendo de rodillas ante su acreedor le rogó que le conceda un poco más de tiempo, con la promesa de pagar.

La súplica empleada, es la misma que su acreedor, en tanto deudor, había empleado ante el rey; pero, pese a que la deuda de este último era muchísimo menor y completamente pagable, a diferencia del rey, este hombre que acababa de ser perdonado, envió a la cárcel a su deudor, hasta que le cancelara la deuda.

Acontecido esto, otros siervos informaron al rey sobre lo sucedido, quien de inmediato hizo llamar al siervo a quien había perdonado su gran deuda, para confrontarlo. Así dice el relato:

“Entonces el rey llamó al siervo al que había personado y le dijo: ¡siervo malvado! te perdoné esa tremenda deuda porque me lo rogaste, ¿no deberías haber tenido compasión de tu compañero así yo como yo la tuve de ti? Entonces el rey enojado, envió al hombre a la prisión para que lo torturaran hasta pagar toda la deuda. Esto es lo que les hará mi padre celestial a ustedes, si se niegan a perdonar de corazón a sus hermanos”

Esto no es un tema de cumplir reglas, sino de la actitud de nuestro corazón. Varias moralejas nos deja esta parábola:

  • La falta de perdón produce una cárcel de tortura.
  • A veces creemos que los otros no merecen ser personados, sólo nosotros; porque nos creemos buenos, o nos creemos mejores.
  • El perdón no debe estar relacionado a merecimiento, sino a la obediencia a Cristo.
  • El perdón no necesariamente cambia a los otro. Perdonamos, porque el perdón nos cambia a nosotros. El problema con el otro, no nos corresponde a nosotros, le corresponde a Dios.

Es sorprendente la cantidad de casos de personas, que con el pasar de los años cargan con un enorme peso por no haber personado a otros, en particular a los padres. Tenemos una deuda imperdonable y guardamos rencor por lo que otros nos han hecho, muchas veces pequeñeces; pero independientemente de la magnitud del daño, el Señor puede sanar todas nuestras heridas del pasado, sólo tenemos que entregarle todo. Y disponernos a perdonar, de todo corazón.

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