Los peligros de este siglo: Conociendo la verdad en el origen
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Los peligros de este siglo: Conociendo la verdad en el origen

Todo hombre tiene un vacío conforme a la forma de Dios.

Fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios:

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza […] Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Génesis 1, 26-27.

El hombre estaba unido a Dios, pero cuando pecó, se separó de Él. Y a través de la historia, podemos entender como el hombre se ha ido separado cada vez más de Dios; asimismo, la sociedad, se ha ido conformando al margen de la Palabra de Dios. A la luz de la Biblia, nuestra identidad debe estar asentada en nuestro origen, en la verdad de Dios. Y en este sentido, se hace inminente nuestro deber cristiano de resguardar ese principio, en nuestras vidas y en nuestros hijos, así como ser ejemplo y luz para con nuestro prójimo.

En el interior del hombre hay un lugar que debe ser plenamente ocupado por la plenitud de Dios, pues desde nuestra creación, Dios dispuso ese espacio para Él, pues, es su voluntad ser parte integral de nuestra vida. Pero el hombre, por su soberbia, se ha apartado deliberadamente del plan de Dios; e históricamente, ha ido conformando su identidad, al margen de la aspiración de Dios; y en esta sórdida realidad, en su devenir, se ha visto en la imperiosa necesidad de llenar con cosas mundanas, el enorme vacío existencial que produce en el hombre, la falta de Dios. En otros términos, todo hombre tiene un vacío conforme a la forma de Dios.

Así, cuando el hombre saca a Dios del centro de su vida, el vacío que queda es enorme, y entra en un gran estado de ansiedad, porque necesita desesperadamente llenar ese vacío existencial, a como dé lugar. Y lo hace con placeres y cosas materiales, y una vez hecho esto, necesita revestirse con nuevas identidades acordes a sus nuevos valores mundanos. Esto constituye una enorme tarea intelectual, movida por Satanás.

Como sociedad, nos hemos cargado sexismo, en todos los ámbitos, y se ha normalizado cualquier desviación sexual, legitimada como un componente identitario.  Pero que, a la luz de la Palabra de Dios, es simplemente, una decadencia moral. Así lo señala Pablo, en su carta a los romanos: “Pero habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios”. Romanos 1, 21-22. Este pasaje ha sido usado tradicionalmente para referirse a la homosexualidad, pero lo cierto es que este capítulo no se ensaña contra este tipo de pecado, sino que lo que quiere revelar es la culpabilidad del hombre, que se ha desviado de Dios, y ha desechado a Dios, y tomado otros rumbos y hundiéndose en el pecado.

Esta realidad descrita por Pablo en el libro de romanos se replica en el actual contexto de la postmodernidad, en el que impera el hedonismo, el culto a la imagen y la sobrevaloración de los sentimientos; y en este contexto, un rasgo distintivo, es la emergencia de una multitud de géneros. Estamos en una sociedad que, al tiempo que se vanagloria de sus avances, descarta la sexualidad natural y la re-elabora intelectualmente como una construcción social.

Y en pro de estas tendencias, tenemos hoy día, proyectos como por ejemplo una clínica en Inglaterra en la que se le da tratamientos hormonales para cambio de sexo a niños de tres años, como si un niño de esa edad pudiera definir su sexualidad…

No hay duda de que la verdad de Dios está bajo ataque: el matrimonio, la familia, la paternidad. A inicios de este año el primer ministro de Canadá decretó una pena de cárcel a todo el que implemente cualquier terapia de conversión de identidad sexual. Pero esto no aplica exclusivamente al empleo métodos violentos, lo cual sería loable, aplica inclusive para la educación familiar o la consejería pastoral.

Históricamente, la decadencia moral está ligada al fracaso, y esto alcanza inclusive a los imperios como Roma. Y nosotros hoy día como sociedad, estamos viviendo una debacle moral. Homosexualidad, desviación de género, pornografía, adulterio, fornicación, así como un amplio espectro de connotaciones, derivadas del vocablo bíblicamente empleado como “inmundicia”, son parte nuestra cultura hedonista.

Este mal, enquistado y normalizado socialmente, expone diariamente a los niños, al sexismo y la pornografía, por medio de la televisión y las redes sociales. Sumado a esto, hoy día, las teorías de género postmodernas están impactando las aulas. Este fenómeno ideológico, fue impulsado por familias millonarias en los Estados Unidos, en la década de 1970, como reacción ante las proyecciones demográficas que apuntaban a un crecimiento “indebido” de la población para las próximas décadas.

En este sentido, la promoción de la homosexualidad servía como mecanismo indirecto para reducir la natalidad; uno de los “mayores problemas” de los Estados Unidos y el mundo. Sin embargo, como mecanismo directo, el aborto ha sido el más importante. Solamente en los Estados Unidos, desde que se aprobó la ley que lo permite, se han exterminado dieciocho millones de niños negros.

Irónicamente, en los Estados Unidos se valora más al águila calva que a los nonatos; pues mientras que los niños se abortan por miles; dos años de prisión y diez mil dólares de multa, es la pena por el asalto a un nido de aquella emblemática ave. Así, «profesando ser sabios, se hicieron necios», justificando su pecado.

Esta realidad nos plantea una enorme exigencia como cristianos; y en este punto es preciso señalar, que al decir esto, no estamos en una campaña de persecución, de señalamiento o estigmatización de un pecado en particular, porque bíblicamente, tan abominación es para Dios la homosexualidad como la mentira, y, ¿cuántos de nosotros hemos mentido? Esto es una campaña de amor, porque como cristianos tenemos el deber de llevar el amor de Dios a todas las personas que no le conocen, indistintamente de su pecado.

En este sentido, es menester atender la fuerte exhortación de Pablo en su carta a los Corintios:“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.”

Notemos que el apóstol, no se ensaña con el señalamiento de un grupo específico de pecados, sino que hace una amplia advertencia a una iglesia que él conocía muy bien. Y más adelante el texto nos presenta el más poderoso mensaje: “Y esto erais algunos; más ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del señor Jesús y por el espíritu de nuestro Dios” 1 Corintios 6, 9-11.

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