"Mensaje a las 7 Iglesias": Carta a Laodicea
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«Mensaje a las 7 Iglesias»: Carta a Laodicea

Este es el último mensaje a las Iglesias, escrito por el apóstol Juan. Retomando lo explicado en mensajes anteriores; Juan, había sido exiliado por el Imperio Romano en la Isla de Patmos. No obstante, esto no fue una limitación para que Dios siguiera usándolo para llevar un mensaje, como se ha dicho en este caso, a las Iglesias. Esto, es una muestra más de que independientemente de las circunstancias en que nos encontremos, el Señor nos dará la victoria contra el enemigo.

Apocalipsis 1:4-5 nos dice: “Yo Juan les escribo esta carta a las siete iglesias que están en la provincia de Asia. Gracia y paz a ustedes de aquel que es, de aquél que era y de aquel que aún habrá de venir: nuestro Señor Jesucristo y del espíritu de los siete aspectos que está delante de su trono, y de Jesucristo. Él es el testigo fiel, Él es de todas las cosas, Él es el primero en resucitar de los muertos, y el gobernante de todos los reyes del mundo”.  Toda la gloria sea para el Señor, para Jesús quien nos ama y dio su sangre por nosotros, para Aquél que nos perdonó todos nuestros pecados, a Él sea toda la gloria.

Él ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para Dios.  Por tanto, somos linaje escogido, nación santa, pueblo escogido para anunciar las virtudes de aquél que nos llamó de las tinieblas a la luz verdadera. Somos privilegiados, porque desde antes de la creación del mundo, Dios nos había escogido, nos puso un nombre y nos dijo: «mío eres tú, aunque pases por aguas no te vas hundir, aunque pases por fuego no te quemarás, porque mío eres tú, y yo estaré contigo». Así que es hora de levantarnos, pues el Señor ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes.

Y dice Juan: “Y miren: Él viene en las nubes del cielo, y todos lo verán incluso los que lo traspasaron. Y todas las naciones del mundo, se lamentarán por Él. Sí y amén. Yo soy el alfa y la omega, yo soy el principio y el fin. Yo soy el que es, el que siempre era y el que aún habrá de venir. El todo poderoso”. Apocalipsis 1:7

Este es el mensaje a la última iglesia. Y esta es la única iglesia a la que el Señor no tiene nada bueno que decirle. En este mensaje hay una advertencia. Recordemos que Apocalipsis significa la revelación. Es, la revelación de Jesucristo, para los tiempos finales.

El mensaje es, para los que están tibios.

Laodisea era una ciudad muy importante en Asia. Vecina de Colosas e Iriápolis. Era rica, tenía un centro financiero, moneda propia, y anfiteatros entre otros. En general, era una ciudad muy concurrida. En ella vivía una importante población de judíos que tenían libertad de movilización y de operación en los negocios.

Al igual que en las demás ciudades, había templos paganos dedicados al césar, y en particular destaca uno, al dios Esculapio (dios de la sanidad, vinculado a una escuela de medicina, muy reconocida por la producción de un colirio: ungüento especial para los ojos). Y tenía centros textiles (distinguidos por su lana de ovejas negras, bastante escasas).

Como dato curioso, sesenta años después de Cristo, un terremoto devastó completamente la ciudad. Y tan abundantes eran sus recursos que la reconstruyeron sin permitir la intervención romana, confiando en sus propios recursos.

Su riqueza y posicionamiento social, resultaba para ellos motivo de jactancia. Sin embargo, tenía un punto débil: no tenía agua. El líquido vital, debía ser acarreado desde las montañas cercanas a Colosas, a una distancia de más de quince kilómetros, por lo que, después de un trayecto tan largo, perdía su pureza y calidad.

Pero, ese no era el principal problema, sino, que el acueducto era fácilmente cortado por algún enemigo. Claramente, este era su punto débil, por lo que, procuraban mantener buenas relaciones con sus vecinos.

En este contexto de prosperidad, la iglesia de Laodisea, resultaba ser un centro social; y sus miembros: despreocupados por predicar y practicar las obras de misericordia. Indiferentes. Esta realidad, constituye para nosotros un motivo de exhortación, acerca de nuestra identidad como cristianos y como miembros de una iglesia.

¿Estaremos pensando hoy, que, con el simple hecho de congregarnos y alzar las manos en alabanza, tenemos salvación garantizada? Lo cierto es que no todo el que asiste a una congregación es salvo. La salvación es exclusiva para aquellos que han entregado su vida a Jesucristo, haciéndolo su Señor y Salvador, y que han sido sellados y viven para Jesús.  La lamentable realidad es que entre nosotros hoy, hay muchos tibios, como los había en Laodisea.

Vale decir al respecto, que Pablo era también conocedor de la realidad de esta Iglesia. Así lo manifiesta en su carta a los Colosenses: “Quiero que sepan cuanta angustia he sufrido por ustedes y por la iglesia de Laodisea, y por muchos otros creyentes que nunca me conocieron personalmente, quiero que ellos cobren ánimo y estén bien unidos con fuertes lazos de amor, quiero que tengan la plena confianza de entender el misterioso plan de Dios que es Cristo mismo” (Col: 2, 1).

Era constante, la oración de Pablo. Porque sabía que en la iglesia había personas desobedientes, engañadas y que no le conocían.

Volviendo a Apocalipsis, Jesús mismo se presenta: “Escribe al ángel de la iglesia de Laodisea: he aquí el Amén” Amén significa así es, hecho está, y Jesús nos dice que Él es el que nos da las promesas y todas las promesas son en Él; son sí y son amén. Dios nos da promesas para su gloria y si Él nos da promesas, lo que dice lo cumple, no lo cambia.

Y Jesús es el testigo fiel y verdadero, quien nos garantiza que va venir por su iglesia. Y dice “Yo soy el alfa y la omega” el principio y el fin, el que está en todo y, sobre todo, porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en el cielo y en la tierra, lo visible e invisible.

Y continúa Juan: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitare de mi boca.  (Apocalipsis 3:15-16). En este punto es preciso hacer una breve interpretación del significado de frío y caliente en este contexto.

A diferencia de otras interpretaciones de frío y caliente, en donde lo primero se asocia a estar alejado de Dios, y lo segundo se asocia a llenura del fuego de Dios; en este caso, se establece una relación directa con el agua que llegaba por el acueducto a Laodisea, que era tibia. Esto la diferenciaba del agua fría que se disfrutaba en Colosas, la cual era buena para quitar la sed y de las aguas termales que había más adelante en el trayecto de dicho acueducto, que eran, naturalmente curativas.

La metáfora del agua fría o caliente nos lleva a una reflexión acerca de nuestro estado espiritual. Hilvanando otros pasajes bíblicos en los que se presenta a Cristo como agua viva. Ello aparejado a la pregunta de ¿cuál agua estamos tomando? ¿el agua fría, que restaura y vivifica, o el agua caliente que sana?

La Iglesia de Laodisea, no solo tenía que consumir, literalmente agua tibia, sino que, además, estaba en un estado de tibieza en el plano espiritual.

El texto nos exhorta acerca de nuestra actitud en la búsqueda de esa agua viva que es Cristo. ¿Lo buscamos para saciar nuestra sed espiritual, para tener vida, y para ser sanados de nuestras enfermedades, pecados y flaquezas? ¿o, vivimos en estado de tibieza, liviandad, pecado, y religiosidad vacía?

Es preciso acudir al Señor para saciar nuestra sed y recibir sanidad para poder crecer espiritualmente, de lo contario, viviremos en un estado de tibieza; y este estado, es caldo de cultivo para Satanás. Judas Iscariote es un ejemplo de tibieza. La iglesia debe ser ese espacio para el encuentro con Jesús, recibir su perdón, su gracia y su favor.

Nuestra actitud debe ser transformada a la luz de este mensaje y nuestra congregación no puede bajar la guardia. Debemos ser obedientes, santos y temerosos de Dios y consecuentes entre nuestras palabras, acciones y testimonio, en todos nuestros círculos sociales.

Es preciso que nos examinemos: ¿Somos consecuentes como Iglesia? ¿Caminamos por convicción en nuestra vida cristiana? ¿Honramos nuestro lugar en nuestra Iglesia? ¿Vivimos en idolatría?, ¿Somos cristianos auténticos? ¿Somos inconstantes, de doble ánimo?

Es vital que busquemos incansablemente la comunión con Dios, con nuestros hermanos y con nuestro prójimo. El Señor vendrá por una Iglesia santa sin mancha, con vestiduras blancas y tenemos que disponernos por completo para ser transformados.

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