Una familia que perdona conforme al corazón de Dios
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Una familia que perdona conforme al corazón de Dios

A mediados del año 2022 en nuestro país hubo una noticia sumamente dolorosa sobre el asesinato de un joven. A él lo mataron apuñalado para robarle en nuestra capital, en San José. A pesar de que, durante el asalto este muchacho entregó a los asaltantes todo lo que llevaba, uno de los jóvenes lo tomó del cuello y lo apuñaló en varias ocasiones con odio, ira, resentimiento y amargura.

Esto en lo personal me ha traído muchísimo dolor, ¿qué había en el corazón del joven que asesinó a este otro muchacho? ¿Qué vivía en su familia, tenía odio hacia su padre, qué lo impulsó a actuar con tanta violencia? Aparte obviamente del dolor de la familia del muchacho al que asesinaron.

Lo más impactante fue la respuesta de la familia de este joven mediante una carta escrita al presidente de Costa Rica:

“Como se podrá imaginar estamos sobrecogidos y devastados por esta pérdida tan dolorosa. Se quedan cortas las palabras, nada puede expresar lo que estamos viviendo. Sin embargo, Dios nos ha regalado la gracia de poder acoger el amor de tantísimas personas que nos alientan. Agradecemos su cariño y cercanía en estos momentos tan difíciles.

Nuestro país se caracteriza por ser un pueblo de paz, por eso nos sumamos al clamor de la gente de que esto nunca vuelva a pasar. Agradecemos todo lo que usted como presidente pueda hacer para proteger a nuestro pueblo, y para ello le pedimos que nos ayude a impulsar una corriente de amor y reconciliación.

Nosotros somos una familia misionera que pertenecemos a una Comunidad que se llama Ignis Mundi, de la que Marco también formaba parte vitalmente. Junto con él y nuestras hijas nos estábamos trasladando a vivir a Los Guido, para apoyar la misión que allí estamos realizando, decisión que por supuesto, no solo mantenemos, sino que ahora reforzamos.

Entre otras cosas, precisamente esta misión está orientada a que los jóvenes envueltos en un entorno de vulnerabilidad sean amados desde su infancia, dotados de estabilidad y las oportunidades necesarias, para que nunca tengan que sumergirse en la violencia.

El Amor es el Fuego que ilumina el mundo, y es el único capaz de vencer de raíz la violencia, el odio y la injusticia. Ayer pudimos ver las imágenes del terrible asesinato de nuestro hijo. Él recibió su “martirio” desde la fortaleza y la mansedumbre. Aún con nuestro corazón desgarrado, nos quedamos con su última mirada, que fue una mirada de misericordia, y esto queremos que sea un mensaje para el mundo.”

Solo Dios nos puede dar la fuerza para perdonar, solo Él puede quitar las raíces de amargura y violencia que podemos llevar.

Perdonar es difícil, y mucho más complicado es hacerlo con alguien que nos ha hecho un daño que no merecíamos: un padre que nos abandonó, una madre que nos hirió con palabras, o un hijo que nos ha decepcionado, o una infidelidad.

Todos tenemos enemigos y sufrimos. Lo importante es como vamos a canalizar ese dolor que hay en nosotros.

No hay fuerza más poderosa que el perdón; nada se asemeja más a estar cerca de Dios como cuando perdonamos.

Las personas hieren cuando son heridas y constantemente lo siguen haciendo.

Cuando damos perdón nos identificamos con Jesús al mirarlo en la cruz llevando nuestros pecados y pidiéndole al Padre “perdónalos porque no saben lo que hacen”. Cristo vino al mundo para liberarnos de nuestra deuda, de las cargas que llevamos y perdonar nuestros pecados. Jesús llevó nuestro castigo

Nos vamos a parecer a Jesús en el momento que perdonemos a las personas que nos han hecho daño.

Cuando perdonamos podemos experimentar genuinamente el amor de Dios derramándose sobre nosotros y sobre la persona que nos lastimó. Nos conectamos a Jesús con ese acto de perdón sincero y podemos sentir una gran libertad de ese peso que cargábamos.

A veces oramos para que el Señor nos lleve a una relación más íntima con Él, a madurar, a crecer, a servirle más y ser usados. Y lo que Dios hace se enviarnos a una persona difícil para probarnos y así examinar lo que está en nuestro corazón.

Cuando nos sentimos dañados, debemos comprender que esas heridas son viejas y se encuentran están en el alma, sin embargo, Dios nos ama tanto que envía este tipo de situaciones para sanarnos y llevarnos a madurez espiritual.

La cima espiritual no es predicar, ser misionero, ministrar u orar por una persona. Todas estas cosas en sí mismas son buenas, pero no implican madurez espiritual necesariamente. La cima espiritual es cuando amamos, oramos y bendecimos de corazón a quienes nos han lastimado. Ahí es cuando hay más poder, autoridad y gloria de Dios en nuestra vida. Cuando reconocemos nuestro pecado y perdonamos al que nos ha hecho daño.

Jesús dice en Mateo 5:43-48 “Han oído la ley que dice: “Ama a tu prójimo” y odia a tu enemigo. Pero yo digo: ¡ama a tus enemigos! ¡Ora por los que te persiguen! De esa manera, estarás actuando como verdadero hijo de tu Padre que está en el cielo. Pues él da la luz de su sol tanto a los malos como a los buenos y envía la lluvia sobre los justos y los injustos por igual. Si solo amas a quienes te aman, ¿qué recompensa hay por eso? Hasta los corruptos cobradores de impuestos hacen lo mismo. Si eres amable solo con tus amigos, ¿en qué te diferencias de cualquier otro? Hasta los paganos hacen lo mismo. Pero tú debes ser perfecto, así como tu Padre en el cielo es perfecto.”

El Señor dice: ama, bendice y ora.

Cuando bendecimos a los que nos han hecho daño las demás personas pueden ver que realmente somos hijos de Dios. Así como Jesús nos perdonó, nos saldó la deuda y no nos juzgó así debemos hacer nosotros con los demás.

Todos hemos pecado, y cuando tenemos odio juzgamos, condenamos y le echamos la culpa a los demás. Nos llenamos de orgullo y esperamos que las personas que nos lastimaron vengan a nosotros a pedirnos perdón.

El Señor quiere que guardemos una vida sin mancha para cuando Él regrese. Si Jesús nos perdonó ¿Quiénes somos nosotros para no hacerlo?

Dios quiere que mediante nuestras acciones demostremos que realmente somos hijos de Dios.

Mateo 18:21-22 dice “Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.”

Había una ley judía que permitía perdonar una, dos hasta tres veces, pero ya la cuarta vez no se podía perdonar. Se podía seguir con rencor contra esa persona.

Lo que Jesús le estaba diciendo a Pedro es que tenía que perdonar siempre. Perdonar es infinito, sin límites, no es algo negociable. Es un mandato de Dios.

La parábola de los dos deudores habla sobre un rey (Dios) que llamó a su siervo pues este le debía muchos denarios para ponerse a cuentas. El hombre no podía pagar, entonces el rey le dijo que debía entonces vender sus hijos, su esposa como esclavos para pagar la deuda. El deudor le rogó para que por favor tuviera misericordia de él, que le diera un poco más de tiempo para cancelarle lo que debía.

El rey movido a misericordia lo perdonó y le dijo que no le debía nada.

Sin embargo, luego este mismo hombre – a quien se le había perdonada la deuda – vio a otra persona quien le debía dinero a él. Entonces, lo tomó del cuello y le exigió que le pagara lo que le debía que era solamente cien denarios. El deudor también le suplicó para que le diera más tiempo, pero el hombre se negó y lo mandó a encarcelar para que fuese torturado.

Los amigos de este hombre le contaron al rey, quien molesto le dijo “siervo malo, te perdoné una gran deuda, pero tú no hiciste lo mismo”.

¿Quiénes somos en esta historia? ¿El rey que perdonó o el deudor que aún teniendo una cuenta saldada que debía no quiso actuar de la misma forma con el otro hombre?

Muchas veces no percibimos la gracia de Dios porque vivimos en cárceles donde nosotros mismos somos prisioneros por no perdonar. En estas circunstancias nos cuesta ir a la presencia de Dios, nos sentimos estancados porque estamos en prisiones de oscuridad.

Cuando no perdonamos los demonios nos atormentan. Un gran porcentaje de personas que vienen a consejería y que se sienten presionadas por presencias demoníacas, se debe a que tienen raíces de falta de perdón.

Perdonar no es olvidar, es buscar a la persona que nos hizo daño e intencionalmente remitir la deuda y así salir de la oscuridad que nos estanca.

Mateo 6:14-15 dice: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.”

Cuando no perdonamos empezamos a caminar en ira, en odio, en resentimiento y amargura; y esto es lo que vamos a empezar a modelarle a las personas más cercanas: nuestros esposos, esposas, hijos, amigos, novios.

La amargura es un veneno. La palabra de Dios dice “enojense, pero no pequen”. Que el enojo no pase hasta el otro día. La amargura trae enfermedad emocional y física.

Hebreos 12:15 “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que, brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados”

Es muy difícil arrancar la raíz de amargura. Esta da fruto malo. Es como por ejemplo cuando una raíz empieza a crecer en una construcción, esta planta empieza a destruir la obra. Se empieza a levantar el piso, a dañar las paredes, etc. Sucede lo mismo en nuestro corazón cuando no hemos podido perdonar a alguien, tenemos que sacar esa raíz porque sino vamos a destruir nuestra casa, nuestra familia, nuestros hijos.

La amargura es un veneno que mata el alma, el cuerpo y el espíritu, sin embargo, hay solución en Cristo, ya que Él vino para traernos libertad.

Cuando no perdonamos es como si fuésemos asesinos, literalmente estamos matando a la otra persona. Tenemos tanto rencor, odio, resentimiento que desearíamos ver a esa persona muerta. Esa amargura es un veneno que cuando lo tomamos nos va a hacer morir poco a poco.

Podemos verlo mediante un ejemplo de una persona que es un asesino y otra persona es la víctima. Cuando odiamos mucho a una persona (la víctima) no nos la podemos sacar de la mente, nos acostamos y nos levantamos pensando en esa persona (nosotros somos los asesinos).

Nos sentimos atados a quien odiamos. Esa persona empieza a ser como un muerto, como una carga que llevamos a todo lado, empieza a ser un gran peso en nuestra vida. Con nuestras actitudes y pensamientos matamos a la persona y la gente cuando muere empieza a sacar olores, a descomponerse, a pudrirse.

Cuando odiamos es como quedarnos pegados a un alambre de púas, empezamos a sangrar y no lo soltamos porque creemos que estamos haciendo daño al otro, pero realmente nos estamos lastimando a nosotros mismos. La víctima empieza a contaminarse con nuestro odio y se empieza a envenenar todo el ambiente por nuestra propia amargura.

Podemos morir espiritual y físicamente.

Sin embargo, tenemos a nuestro Dios, a nuestro Señor y Salvador Jesucristo quien vino a traernos libertad, a perdonarnos hasta el último pecado. El Señor ya no nos quiere ver en esa condición de amargura, Él nos llama para que corramos a la cruz y salgamos del odio, del rencor, de la falta de perdón, del dolor y el sufrimiento.

Jesús vino a traernos libertad y a quitar esa carga que llevamos, corramos hoy a sus pies pues Él ya nos perdonó mediante su sacrificio perfecto en la cruz del calvario, y de esa manera nos demostró cuánto Él nos ama.

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